El cambio climático, elemento recurrente en crisis históricas
El cambio climático es «un elemento recurrente» en diferentes episodios históricos, aunque «hay momentos en los que una sociedad enfrenta una crisis climática y no colapsa» y, en otros, «cuando llega, ya se estaba desmoronando», afirma en entrevista con EFE la periodista Lizzie Wade, que publica ‘Apocalipsis’ (GeoPlaneta) en España.
La autora norteamericana, corresponsal de la revista Science y cuyos artículos han aparecido en distintas publicaciones de EE. UU., desmonta la visión catastrofista asociada al título de su libro para mostrar, a través de elementos históricos, arqueológicos y climáticos, que los colapsos en realidad nunca fueron finales absolutos, sino puntos de inflexión para reorganizar el mundo.
De acuerdo con sus conclusiones, los apocalipsis históricos «fueron procesos de transformación social, más que de destrucción total», señala, y le sorprendió que el clima fuera «un factor muy grande en tantos de ellos», si bien para comprender lo ocurrido «hay que examinar no solo la realidad ambiental, sino la evolución de la sociedad a la que impactaron».
De hecho, «ningún apocalipsis se puede explicar por una sola causa» y, a pesar de ser «una conversación necesaria y determinante» en la actualidad ante el inestable panorama mundial, es preciso tener en cuenta que el colapso de una sociedad «no pasa únicamente por el cambio climático», sino por una interacción de factores, insiste.
Estrategias y adaptación
Para Wade, los fenómenos naturales actúan más como detonantes que como causas únicas, tal y como sucedió por ejemplo durante el desmoronamiento del Antiguo Egipto, la mayor civilización de la que existe constancia oficial, porque “cuando la crisis ambiental llegó, la sociedad ya estaba en una situación muy mala para reaccionar”.
Desde la desaparición de los neandertales al colapso de la cultura maya o el horror de la Peste Negra en Europa, cada sociedad ha desarrollado distintas estrategias de respuesta porque siempre hay «elecciones y estrategias para desarrollar la capacidad de adaptación humana frente a una crisis» y por ello busca enfocarse en «las personas y su resiliencia: cómo se adaptaron, se movieron, cambiaron y siguieron adelante».
Un apocalipsis «siempre golpea a los puntos más débiles» de una sociedad, indica, y las estructuras rígidas «suelen ser más vulnerables ante cambios bruscos» mientras que las flexibles tienden a adaptarse con mayor rapidez planteando respuestas que puedan fortalecer la organización social.
Según la autora, uno de los ejemplos más claros sobre los cambios políticos derivados de grandes transformaciones -ecológicas o de otro tipo- es el de la cultura maya clásica, «un proceso prolongado en el que se sucedieron varias crisis al mismo tiempo» en un escenario movedizo que combinó «conflictos, sequías e inestabilidad regional».
El resultado no solo fue un abandono formal de sus ciudades como Tikal, Palenque o Copán, sino una transformación que generó «una política más descentralizada, más colectiva, de lo cual se deduce que estos procesos pueden entenderse también como formas de reorganización social».
Ayer y hoy
Wade encuentra paralelismos entre las crisis del pasado y las contemporáneas y por ello su mayor preocupación es la fragilidad humana, ya que además no se ha distribuido el riesgo «de una manera justa» como en otras épocas y, además, «hay muchos negacionistas del cambio climático».
En su opinión, la humanidad puede estar viviendo en este mismo momento el inicio de un importante proceso de transformación pero «estamos al principio de esa transición y no creo que vayamos a saber cómo termina», manifiesta.
Pese a todo, la periodista apuesta por la esperanza, pues se puede usar esa energía transformadora para mejorar muchas cosas y, empleando la resiliencia, la creatividad y la compasión, reconducir el mundo hacia un futuro más halagüeño.
EFE

