Cuando desaparece la noche: el impacto de la luz artificial

Justo delante de la ventana del dormitorio hay un farol: dormir sin cerrar las cortinas es imposible. Pero, gracias a su luz, encontrar la cerradura de la puerta de entrada resulta fácil. Este ejemplo ya muestra algo evidente: la luz artificial es indispensable en muchos aspectos de nuestra vida, pero también genera problemas.

Y hay muchísima luz artificial a nuestro alrededor. Según un estudio reciente de Estados Unidos, las emisiones globales de luz aumentaron un 16 por ciento entre 2014 y 2022. También se ha incrementado la intensidad de la iluminación artificial en un nueve por ciento en promedio.

Por qué la luz artificial puede perjudicarnos

Algunas fuentes de luz podemos apagarlas nosotros mismos: computadoras, celulares, televisores o lámparas. Otras no dependen de nosotros, como el alumbrado público y las luces de los autos, la iluminación de vidrieras, obras en construcción, paradas de transporte, estacionamientos, canchas y estadios deportivos, monumentos, lámparas y guirnaldas en jardines y balcones, o luminosos publicitarios. Estos últimos, por cierto, fueron una de las razones por las que surgió la iniciativa Berlin Werbefrei («Berlín libre de publicidad»).

Si estamos demasiado expuestos a la luz artificial y eso altera nuestro ritmo natural de sueño y vigilia, pueden producirse cambios hormonales y aumentar el riesgo de enfermedades metabólicas como la diabetes. También puede incrementarse la probabilidad de sufrir depresión y obesidad. Cuanto más fría sea la luz —es decir, más blanca y azulada—, más se parece a la luz del día y más inhibe la producción de melatonina, la hormona que nos ayuda a sentir sueño por la noche.

Cómo la contaminación lumínica daña el medio ambiente

Ninguna otra variable ambiental ha permanecido tan inalterada durante millones de años como la luz natural del sol, la luna y las estrellas. Todos los seres vivos están adaptados a ese ritmo. Más de la mitad de las especies son nocturnas. Y puede tener consecuencias graves que las noches se vuelven cada vez más luminosas.

Las aves migratorias se orientan mediante la luz natural, como la de la luna. La luz artificial las confunde y las desvía de sus rutas, obligándolas a realizar agotadores caminos alternativos. Otras aves, debido al exceso de luz artificial, comienzan a poner huevos demasiado temprano. Pero cuando los polluelos nacen antes de tiempo, suele suceder que todavía no hay suficientes insectos para alimentarlos.

Foto de la tierra tomada de noche por un satélite, se ve el brillo de la luz artificial.
La Tierra de noche, fotografiada por satélites de la NASA.Imagen: Michala Garrison/NASA Earth Observatory

También los insectos voladores nocturnos utilizan la tenue luz de los astros para buscar alimento y pareja. Pero las fuentes de luz artificial brillan mucho más y los atraen inevitablemente. El problema es que alrededor de faroles o lámparas no pueden reproducirse, poner huevos ni encontrar comida. Mariposas nocturnas, escarabajos y otros insectos giran alrededor de las luces hasta quedar completamente exhaustos y morir: miles de millones cada año.

Mamíferos nocturnos como los erizos o los murciélagos, en cambio, evitan las zonas iluminadas. Cuanta más luz hay, más se reduce su hábitat. Y para algunas especies de peces, la luz artificial representa una barrera imposible de atravesar. Cuando, por ejemplo, la iluminación de un puente se refleja en el agua, las anguilas pueden ser incapaces de cruzar esa barrera luminosa, y eso es especialmente problemático durante la migración para desovar.

Fulda, la «ciudad de las estrellas»: pionera en Alemania

En Alemania todavía no existe homogeneidad normativa contra la contaminación lumínica, aunque actualmente se está modificando la Ley Federal de Protección de la Naturaleza para reducirla.

El estado federado de Baden-Wurtemberg ya ha aprobado leyes que prohíben iluminar las fachadas de los edificios entre el 1 de abril y el 30 de septiembre.

La ciudad alemana de Fulda ha desarrollado además varias ideas innovadoras para manejar la iluminación. Por ejemplo, la catedral ya no brilla con reflectores, sino con un sistema de iluminación puntual mediante una plantilla especial. Los caminos peatonales y ciclovías fuera de la ciudad se iluminan solo al 20 por ciento de su capacidad. Cuando alguien pasa, sensores de movimiento elevan temporalmente la intensidad al 100 por ciento.

«Las trampas para insectos instaladas antes y después de esta medida demuestran que en las nuevas luminarias mueren un 90 por ciento menos de insectos», explica a DW Marcel Ciré, de la Oficina de Planificación y Desarrollo Urbano de la ciudad.

El camino a seguir es claro: la luz debería iluminar únicamente aquello que es necesario, y ese no es el caso del cielo nocturno.
DW

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