Peligro por falta de puente en Las 800 junto a aguas negras y basura en cañada

Pasadas las doce del mediodía, el sol incandescente de la capital dominicana no perdona. Golpea con una furia desmedida las casuchas de zinc que se agolpan a orillas de la  cañada Las 800, en el empobrecido sector del mismo nombre en Los Ríos.

El aire caliente se vuelve casi imposible de respirar en esta hondonada del Distrito Nacional. Un hedor penetrante a materia fecal e inmundicia sofoca los pulmones de quienes habitan el lugar y de quienes recorremos esta herida abierta de la ciudad.

Puente o trampa mortal sobre la inmundicia

Caminar por el tramo que une a Las 800 con el barrio vecino es adentrarse en una ruleta rusa. Decenas de residentes, acompañados de indefensos niños con uniformes escolares, deben cruzar a diario un desvencijado puente peatonal improvisado, que más que una solución parece una trampa.

Esta precaria estructura fue montada hace años directamente encima de un corroído tubo cloacal. La madera cruje, los alambres ceden y aguas infectadas acechan debajo con cada posible paso en falso de los transeúntes.

El dulce trinar de los pájaros queda sepultado por el rugido estridente de una cascada de aguas cloacales que brota de una tubería de 15 pulgadas de la CAASD. El torrente, de engañosa apariencia clara pero impregnado de un hedor putrefacto, cae sin tregua sobre el afluente, afectando bajo una podredumbre viscosa el irónico verdor del entorno.

“Creo que esta petición no ha llegado a Carolina, que es la única que siempre está atenta a nosotros. La CAASD tiene años trabajando en la zona y nunca termina. Desde que se desborda la cañada vienen, hacen un allante y luego se van hasta el próximo desastre”, dijo Efraín Sosa, residente allí.

Es el latido nauseabundo de una barriada empobrecida que sobrevive bajo el peso de la indiferencia institucional y el temor constante ante el próximo aguacero.

Este plano  muestra a dos niños cruzando por el peligroso

Este plano  muestra a dos niños cruzando por el peligroso «puente». Abajo las aguas negras y basura. Jorge González

El clamor angustioso de una comunidad

Los moradores gritan por ayuda antes de que la estructura ceda por completo y ocurra una desgracia irreparable. Exigen a gritos que la CAASD y las autoridades municipales reparen de inmediato este cruce vital para la movilidad diaria.

La trampa mortal en el fondo

Desde la escalera alta de una vivienda observo un panorama desgarrador. Una corriente de agua mansa pero densa avanza lentamente entre desperdicios y una vegetación mutilada por el paso de las recientes vaguadas.

Resulta indignante constatar que la culpa no recae solo en el abandono del Estado. Muy a pesar de que el Ayuntamiento ha colocado decenas de tanques plásticos para la recogida de desechos en las calles principales, la cañada de Las 800 sigue funcionando como un vertedero insalubre.

Fundas plásticas y toda clase de desperdicios son arrojados al cauce sin el menor remordimiento por los propios vecinos.

La cañada es el depósito de basura del lugar. Los lugareños prefieren tirar los desperdicios en el cauce a pesar de lo regular de la recogida por parte del ADN.  Jorge González

La cañada es el depósito de basura del lugar. Los lugareños prefieren tirar los desperdicios en el cauce a pesar de lo regular de la recogida por parte del ADN. Jorge González

La voz amarga del testimonio

“Con la gente de aquí no hay quien pueda, ellos saben lo que pasa cuando llueve”, confiesa con impotencia Alexis Puello, un indignado comunitario de la zona.

Puello señala hacia la cañada mientras denuncia la falta de educación ambiental de sus propios vecinos: “Siguen tirando la basura en la cañada por no caminar dos o tres minutos a donde están los tanques que recoge el camión”, recrimina desalentado.

En este sector el agua ya ha alcanzado niveles de hasta siete pies de altura en tormentas pasadas, destruyendo hogares y arrastrando vehículos. Sin embargo, la memoria de la barriada parece ser trágicamente corta.

Cada objeto arrojado al cauce es un segundo que se le descuenta a esta bomba de tiempo. Cuando caiga el próximo torrencial, los mismos que hoy ensucian correrán el riesgo de volver a perderlo todo.

Esta mujer y tres niños cruzan como si nada por el lugar, deben hacerlo varias veces al día. Jorge González

Esta mujer y tres niños cruzan como si nada por el lugar, deben hacerlo varias veces al día. Jorge González

Cien minutos de desgarradora realidad

En alrededor de dos horas de recorrido inmerso en las entrañas de este barrio, presencié de primera mano el dramatismo de las carencias extremas. Familias enteras viven aferradas a cimientos de concreto en la orilla que desafían la gravedad para no caer al abismo.

Las viviendas tiemblan al borde del colapso mientras la contaminación y las moscas dominan cada rincón de los hogares.

El peligro en Las 800 asecha con una paciencia gris y amenazante. Mientras el puente oxidado cruje bajo las pisadas de los niños y la cascada cloacal sigue alimentando el hedor, la comunidad aguarda por una mejoría en el entorno.

La naturaleza no perdonará la indiferencia gubernamental ni la complicidad del vecindario. La próxima gran tormenta decidirá si el barrio aprendió la lección o si repetirá su trágica historia de destrucción y damnificados.
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