Crisis de la autoridad nostálgica y la superficialidad social

Cándido Mercedes.

Prudencia y equilibrio son vitales, empero, el miedo es de los cobardes, que solo ven y atinan a la coyuntura de la superficialidad en una crisis de autoridad nostálgica, que envuelve y recubre la migraña que le obstaculiza ver lo estructural, que es el grito de la transformación.

“En los seres humanos, las prácticas culturales, las convenciones y las instituciones van cambiando a medida que las soluciones a los problemas sociales se vuelven más complejos. Esas prácticas pueden ser muy explicitas, como aprender a no lamer un cuchillo en la mesa, o más implícitas, como aprender las formas aceptables de abrazar y besar a su prole. Los seres humanos son extraordinariamente buenos aprendiendo, pero aún son mejores imitadores. A veces, sin darnos cuenta, copiamos gestos, estilos, tecnologías y simbolismo grupal”.  (Patricia S. Churchland: El cerebro moral).

Cuando Aristóteles nos hablaba de un sentido común básico, o lo que es lo mismo un raciocino moral, es hoy lo que llamamos la renovación moral que no es si no, vislumbrar siempre el bien común. Esto es, los intereses corpóreos de la sociedad como un conjunto. Es la posibilidad construida de una especie de catarsis del deseo del bien. Es empujar para que el desdoblamiento y la simulación no encuentren el espacio del protocolo institucional, labrado y gravado en los hechos.

Somos una sociedad marcada por la tolerancia más feroz frente a las inconductas de cara al fraude social. Un cuerpo social matizado por la aceptación social de lo que debería ser controlado y regulado. Un tejido social tan amorfo que la impunidad nos cubrió tan extensamente e intensamente que validamos, en la praxis, la anormalidad con pasaporte de normalidad.

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