Cuba está lista para caer, anuncia el Emperador

Por José Ernesto Nováez Guerrero

Desde la agresión contra Venezuela este 3 de enero de 2026, el presidente de los Estados Unidos y sus acólitos no han parado de hablar de Cuba, lanzando amenazas y declaraciones en contra de la isla, que han sido ampliamente ventiladas y algunas de ellas hiperbolizadas por la prensa corporativa.

La contrarrevolución y el influyente lobby cubanoamericano de La Florida han hecho su parte, llevando adelante un conjunto de acciones que pretenden forzar un desenlace violento contra la isla y, al mismo tiempo, una especie de guerra sicológica dirigida a sembrar miedo y confusión dentro del país.

Resulta útil hacer un resumen de las principales declaraciones de Trump sobre la isla en estos meses, para intentar entender cuáles son las principales líneas de mensaje que ha intentado colocar en el discurso público y aventurar algunas conclusiones útiles para el futuro inmediato.

El 11 de enero, en su red digital Truth Social, Trump afirmó: “Cuba ha vivido, por muchos años, de grandes cantidades de petróleo y dinero de Venezuela… pero no más”. También ese mismo día, en una conversación con periodistas a bordo del Air Force One, afirmó:“Cuba luce como que está lista para caer” y agregó “No sé si van a aguantar, pero Cuba ahora no tiene ningún ingreso”. Comenzaba a hacerse evidente que la política de “máxima presión” contra la isla estaba entrando en una nueva fase, determinada por el éxito de su incursión en Venezuela.

El 2 de febrero, en declaraciones a periodistas desde su residencia en Mar-a-Lago, afirmó: “Creo que vamos a hacer un trato con Cuba” y agregó que Estados Unidos estaba en contacto con “altas autoridades” cubanas para negociar un acuerdo. A lo largo de todo el mes de febrero numerosas “filtraciones” llegaron a los medios sobre supuestos diálogos entre el secretario de Estado Marco Rubio y una persona cercana al General de Ejército Raúl Castro. Esto fue negado por Cuba en sucesivas oportunidades, pero la negación cubana no impidió que el rumor continuara circulando.

El 29 de enero Trump firmó la Orden Ejecutivaimponiendo sanciones a todos los países que directa o indirectamente vendieran petróleo a Cuba. En la práctica representó una casi total detención de los envíos de petróleo al país. Aunque no se declaró un cerco naval, si se ha documentado la detención por parte de Estados Unidos de al menos un buque, el tanquero Ocean Mariner, con bandera de Liberia, que supuestamente se dirigía con petróleo de Colombia a La Habana.

El 5 de marzo, en una entrevista con el medio Político, al ser preguntado sobre la situación en la isla, Trump reconoció su responsabilidad: “Bueno, es a causa de mi intervención, intervención que está ocurriendo. Obviamente, de otra manera ellos no tendrían este problema. Cortamos todo el petróleo, todo el dinero, … todo lo que venía de Venezuela, que era su única fuente”.

El 6 de marzo, en entrevista telefónica con CNN, Trump volvió a afirmar: “Cuba va a caer muy pronto. (…) Ellos quieren hacer un trato desesperadamente” y agregó que pondría a Marco Rubio en esa tarea. En esa misma entrevista, Trump sugirió la posibilidad de una “toma amistosa”, sin precisar en qué consistiría dicha toma. El 7 de marzo, en el evento Shield of the Americas, donde reunió solo a aquellos gobiernos de la región afines o que le rinden pleitesía, Trump volvió a insistir que Cuba está al final de la línea y que el gobierno cubano buscaba negociar directamente con él y con su secretario de Estado.

El 9 de marzo, en comentarios públicos recogidos por Reuters, afirmó que la isla está con “problemas profundos” sobre una “base humanitaria” y volvió a insistir en la idea de una posible “toma amistosa” aunque agregó que tal vez no.

Adicionalmente, en esas mismas fechas, USA Today publicó un extenso reportaje, sobre la base de “filtraciones”, donde se adelantaba un posible plan que estaría manejando la administración sobre Cuba. Un plan donde, para cólera del lobby cubanoamericano, se dejaba en un segundo plano el cambio inmediato de régimen y se ponía el foco en la apertura económica, por supuesto en el sentido de reformas capitalistas, se relajaban restricciones de viajes de cubanos a la isla impuestas por Estados Unidos y se negociaba la sustitución del presidente Díaz-Canel por otra figura dentro de la estructura del gobierno.

Este 13 de marzo, el gobierno cubano anunció oficialmente el establecimiento de una mesa de diálogos con el gobierno norteamericano. Al momento del cierre de este comentario, aún no se habían divulgado quiénes son los negociadores por cada uno de las partes ni los principales puntos de la agenda de negociación.

De modo general, este resumen configura al menos tres directrices fundamentales del discurso trumpista hacia Cuba entre enero y principios de marzo:

1) la narrativa del colapso inminente del gobierno cubano;

2) las negociaciones como resultado de la presión económica, con imposición de términos por parte de Estados Unidos y

3) la posibilidad de un acuerdo, de una intervención política o de una intervención militar.

Es evidente que el tema Cuba está más presente para esta administración, en este momento, de lo que ha estado en momentos anteriores, incluyendo la primera vuelta de la administración Trump. Lo ocurrido en Venezuela les ha confirmado que pueden apelar a casi cualquier recurso para llevar adelante su agenda sin que haya prácticamente ninguna reacción de parte de los Estados que componen la llamada “comunidad internacional”. Además, Trump y el lobby cubanoamericano, representado por Rubio en esta administración, parecen estar convencidos de que Cuba está lista para llevar adelante algún tipo de operación de cambio de régimen, sea inmediato o a través de un más o menos dilatado proceso de cambios impuestos.

Sin embargo, las declaraciones parecen dejar claro algo, al menos al momento de escribir estas líneas: todo pareciera indicar que, si bien se manejan diversas opciones de cómo llevar adelante la agenda contra la isla, aún no hay una decisión definitiva tomada por el presidente. De ahí los diversos giros semánticos de su discurso, dentro de las líneas de mensaje recurrentes. Por supuesto, esto puede cambiar en cuestión de horas o días. Basta que los servicios de inteligencia encuentren alguna fisura aprovechable o alguno de los asesores, departamentos o lobbystas seguramente involucrados en este tema logre imponer su agenda.

Tres escenarios parecen posibles, muy grosso modo. El primero es que no haya ningún tipo de entendimiento. Esta situación es posible sobre todo por el hecho de que, viendo negociaciones estadounidenses anteriores, sobre todo con Venezuela e Irán, se hace evidente que Washington se acerca a la mesa de diálogo con demandas que no son aceptables para los países sin comprometer su soberanía. Además, como estos dos ejemplos demuestran, negociar con Washington no evita que agredan arteramente en cualquier momento. Es posible que, de darse este escenario, la suerte de Cuba sea la misma, aunque no podamos definir la dimensión de la agresión, que puede ir desde algo a la escala de lo ocurrido en Venezuela, hasta un despliegue masivo como en Irán.

El segundo escenario posible es que Cuba acepte a algún tipo de acuerdo para preservar la paz y su sistema político, aunque implique una serie de cambios económicos y políticos en lo inmediato. Aunque tiene un costo simbólico alto, sobre todo de cara a los sectores que más firmemente defiende la soberanía y autodeterminación como elementos claves, evitaría el costo humano de la guerra.

El tercer escenario posible es que Estados Unidos comprenda la bomba demográfica que constituye desestabilizar un país tan cercano a sus fronteras, acepte al gobierno cubano como el colaborador serio que ha sido en numerosos temas de seguridad regional y acepte un diálogo respetuoso, aunque lo venda mediáticamente como una victoria. Cuba ha declarado, en numerosas oportunidades, estar dispuesta a dialogar. Y la etapa Obama demostró la disposición al intercambio económico y la apertura a la inversión norteamericana. Este escenario, por mucho el más racional y deseable de todos, cuenta con la firme oposición del lobby cubanoamericano, más interesado en la revancha que en la construcción de vínculos mutuamente provechosos con el país de origen de sus ancestros.

Esto tiene mucho que ver con la naturaleza constitutiva del propio lobby cubanoamericano. Nacido de la confrontación entre ambos países y nutrido del anticomunismo de la guerra fría, la organización se encargó de gestionar el odio con fines políticos y obtener, por esta vía, jugosos presupuestos federales para la subversión en Cuba. Un cambio en las relaciones en el sentido del entendimiento y un diálogo progresivo iría en contra de su propia naturaleza y pondría en peligro los fondos y su peso político, a pesar de ser una minoría frente a otros grupos de origen latino en los Estados Unidos.

Aunque el momento es sumamente peligroso, no podemos perder de vista que este no es el primer gobierno decidido a acabar con la Revolución cubana. Hoy el pulso es entre la disposición de lucha y la voluntad de soberanía del pueblo cubano y la agenda imperialista rearmada de la actual administración. Confío en que Cuba y su pueblo saldrán victoriosos.

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