Del dolor no se sale solo llorando

En la lógica de toda transformación es paso obligado inconformarse, protestar. Al ascender sus fases de desarrollo hacia la práctica, todo proceso tiende a modificarse, tensionado por la dialéctica que ya no permite a lo anterior permanecer en pie, mientras lo naciente no termina de incorporarse. Es de tal magnitud y complejidad dinámica el proceso que ocurre permanentemente en todo lo que vemos y vivimos, en lo particular y en lo colectivo. Es la vida misma.

Ese enjambre permanente de «transiciones» ocurre con la música que alguna vez nos gustó y ahora no tanto; pasa con las comidas, con las relaciones humanas, con los atuendos, con los afectos y con los pensamientos. Nada se detiene, aunque lloren los conservadores. Algunos han fundado, incluso, corrientes «filosóficas» para oponerse a los «cambios», han inventado religiones y también sectas. Han ideado trucos y emboscadas para el engaño con lo «quieto» y han prohijado movimientos políticos especializados en producir «cambios» falaces… para que nada cambie. Algunos se reconocen como reformistas o «gatopardos».

En algún momento se puso de moda el lamento como fin último. Se le usó como sustituto de la acción, como acto suficiente que garantiza la inmutabilidad de las cosas. A diestras y siniestras, comenzó una moda (o pose) basada en quejarse, denunciar, criticar y vociferar inconformidades de todo y por todo. Incluso comenzó a parecer muy «progresista» el culto a la protesta. Hubo canción, teatro, cine, danza y un sinnúmero de expresiones que transitaron la realidad incomodando a la tranquilidad burguesa y también al conservadurismo que, a su vez, nunca abandonó su propia forma de protesta contra los cambios. Protestar, en más de un caso, también se convirtió en mercancía, muy rentable.

Quejas por aquí y quejas por allá, proliferaron al calor de una emboscada ideológica que logró organizar actos masivos de protesta que luego mandaban a las masas «a casa», ya relajadas, tras la catarsis de su inconformidad reducida a solo gritos. Hay, incluso, leyes y reglamentos que los estados burgueses elaboraron para «encauzar» las protestas como un «derecho» civil que acompaña a la «libertad de expresión», y como una forma del «poder» ciudadano que debe expresarse ¡civilizadamente! en los límites jurídico-políticos del sistema. Todo listo para que la queja se institucionalice y sirva como analgésico de sus propios dolores.

Bajo el capitalismo, la protesta se metaboliza de manera conservadora. Se profesionaliza, se legaliza y se difunde en los medios de masas. Quejas salariales, urbanas, éticas o morales. Todo entra en el reino de la protesta mientras no se convierta en fuerza transformadora. Los umbrales entre un salto cuali-cuantitativo están celosamente custodiados con lebreles ideológicos y policías del conservadurismo. Y carros antimotines. Hay antídotos para disuadir a los quejosos de querer convertir sus inconformidades en revoluciones. Especialmente aquellas inconformidades que no puedan ser convertidas en negocios. Represión se llama llanamente. Especialmente contra las formas de la queja, o de la protesta social organizada, que han desarrollado un plan que no se ahoga en lágrimas de plañideras y que asciende como lucha, fundamentada en la emancipación económica e intelectual de los pueblos. Esa, deja de ser queja celebrada por el sistema para convertirse en sublevación, según ellos, y sacan a sus perros a las calles.

No deja de ser cierto que hay iniciativas rebeldes sanas, de origen social legitimado por consenso y lucha, que arrastran los vicios o las esquirlas de la metralla ideológica cotidiana en nuestros cuerpos, nuestras cabezas y nuestros corazones. No deja de ser cierto que muchos buenos movimientos se estancan en la lloradera permanente y no logran dar el salto de calidad organizativa que la realidad reclama. Van y vienen muchos magníficos luchadores y dirigentes, cargados con sus amarguras, de un lado al otro, sin lograr salir de la trampa plañidera que imposibilita la organización e intoxica la interlocución. Hay casos muy severos.

No faltan los oportunistas que navegan, vidas enteras, en las aguas de las lágrimas ajenas. Son capitanes diestros pilotando trasatlánticos de burocracias variopintas que llevan por nombre o emblema una batalla, una tragedia o un apelativo tomado del sufrimiento social. Usurpación simbólica convertida en negocio. Lenin propuso la pregunta: ¿qué hacer?, y toda la secuencia de respuestas que, de él y de miles, han surgido, no alcanzan aún para construir, en la praxis, el gran movimiento humano organizado que permita derrotar a todas las calamidades que nos asfixian. Convertir las lágrimas en tareas, las quejas en acciones y los pretextos en movilizaciones. Mientras el inventario de las excusas sea mayor que el de las luchas, seguiremos trabajando para el conservadurismo. Tributaremos garantías de sobrevida al capitalismo.

Marx dio una clave que se concentra en la última palabra del manifiesto escrito con Engels: uníos. Y acaso una buena primera tarea para salir del plañiderismo tóxico sería organizarnos. Es decir, poner el trabajo organizativo como agenda de primer orden en toda agenda de lucha y, por lo tanto, impulsarse desde las protestas, no quedarse en ellas para ir hacia los programas deseables, posibles y realizables. Como lo plantea Sánchez Vázquez, orientarse hacia la organización, pero no la organización de ínsulas, sino la organización de organizaciones, con un programa de unidad, no de uniformidad.

Si pudiésemos obtener un resumen de todo lo aprendido en las fauces del quejumbrismo, rescataríamos miles de aportes humanistas muy específicos y valiosos, pero, justamente por su valor y abundancia, es injusto no saber aprovecharlos para pasar a la acción planificada por consensos… y es injusto no lograr conducir objetivamente la fase de transición, con un programa de transición en lucha permanente; devolverles la dialéctica a las penurias para que florezcan en combates; respetar el derecho a sus etapas incluyendo el derecho a superarlas; sanar las penurias con la dialéctica de las luchas y ascender a lo realizable.

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