La metáfora arquitectónica, “El país de cuatro pisos” de José Luis González

Por Miguel Ángel Fornerín

Puerto Rico, la Isla de San Juan, su paisaje, su proceso político deben sus figuraciones en gran manera a variadas metáforas que, a lo largo del tiempo, han venido construyendo sus pensadores e intelectuales. Unas veces desde el romanticismo, otras desde el jibarismo o la cultura popular. La hermenéutica literaria no termina de sacar a flote las figuras de un vocabulario retórico que da base a narraciones, exposiciones y afirmaciones. Estas parten desde la imagen de la isla vista por un navegante; desde la barca perdida en la blanca espuma; la nave que surca con destino a una patria-vergel; para llegar a la isla cautiva, al desencanto… y a otras figuraciones particulares.

En los años de 1980 aparece uno de los libros más emblemáticos de la interpretación sociocultural de Puerto Rico: “El país de cuatro pisos”. La metáfora no iba a referir la isla como un barco al garete, en Pedreira, ni pondría en función la imaginería romántica, ni la retórica de figuraciones griegas y sus recuerdos de la tarea de Sísifo en Muñoz Rivera, no. Es esta una metáfora que remite a la arquitectura, a las casas de varios pisos. Es la que sirve para recuperar una idea poderosa sobre el presente puertorriqueño, visto desde el pasado.

 

En la arquitectura popular puertorriqueña, existe el piso de abajo; que en los campos llaman “los bajos”. Define en cierta medida las casas de pilotes, alzadas muchas veces en terrenos irregulares. Ocultando un falso piso. Pero González no construye ese espacio.

Primer piso. Se caracteriza por la presencia negra a principios de la colonización de la isla. Predominio de la cultura popular negra aliada a la cultura indígena. Crisis del proyecto colonial español. Primera migración a Tierras Firmes. Es el tiempo de “que Dios me deje poner un pie en el Perú”. Es un período largo, (de “longue durée”, como dirían Braudel y los historiadores de “Annales”). Por este piso, en el que la población blanca era minoritaria, pero era élite dominante, pasan tres siglos de historia. Una industria azucarera que no encuentra un mercado internacional que la sostenga en el tiempo; consecuencia: el aislamiento de la Isla por efecto de las Rutas convoyadas. Vienen tomadas de las manos la piratería y el corso; el intento de crear factorías de jengibre, migraciones canarias, situado, invasiones inglesas y holandesas. Se produce el afianzamiento de una cultura de origen africano, de una población mestiza. Se suma la recomposición de la ciudad, las murallas de defensa y la entrada del café. Más tarde, llegan migraciones procedentes de Haití, por el efecto del Bois Caïman.

Segundo Piso. Un piso establecido por migrantes, por emprendedores, por esclavistas. Los que llegaron de otras islas; los que fueron atraídos por las reformas introducidas por la “Real Cédula de Gracias” (1815) que establecieron el fomento económico. Puerto Rico se convirtió en el espacio para los esclavistas que trataban de reeditar sus haciendas después de la Revolución Haitiana. El sector atlántico cambió su economía. No debe olvidarse que el café se había constituido ya en el sustituto de la caña, el jengibre y los cueros. Una nueva manera de tenencia de la tierra posibilitó el acceso de más gente a los medios de producción (Scarano). El siglo discurre por las libretas del jornalero (Picó, 1973); con las medidas punitivas contra todo intento de disidencia política, desde el gobierno de Miguel de la Torre (1823-1837), el de Juan de la Pezuela (1848-1851), destacándose el año terrible del 1887 (Pedreira, 1935) que culminó con el encarcelamiento en el Morro de Ramón Baldorioty de Castro. El siglo XIX puertorriqueño es un piso que, en la obra de González se matiza mejor los elementos de su gesta. Se sitúa la lucha autonomista, o la creación de una cultura criolla para un relato liberal en un período en el que Puerto Rico luchó por ser un país como todos los otros, pero que no alcanzó esa madurez nacional en Lares, ni el Parlamento Autonómico pudo desarrollarse debido a la ocupación de 1898.

Es un periodo muy bien estudiado por González que remite sus estudios sobre sociología histórica de la literatura y de la cultura puertorriqueña (1977). Con clase conservadora que llega a la isla desde la década de 1810, se funda en Puerto Rico una sociedad de una élite que se debatía frente a intelectuales y hacendados liberales, y se dejan ver los trabajos de un Puerto Rico que busca su libertad y su independencia económica “de cierta manera” (Juliá). Esa clase, para José Luis González, es la fundadora de lo que se llamaría la cultura nacional puertorriqueña.

El tercer piso de la sociedad puertorriqueña lo puso la invasión estadounidense de 1898. Llama la atención el cambio de postura de los liberales convertidos en autonomistas, su postura de alinearse al mundo del capital americano. Pero el capitalismo no dejaría que estos hacendados antillanos se sentaran en la parte delantera del tren cañero. La clase hacendada vino a menos. Entonces viraron hacia la independencia. El libro es muy rico en el análisis de este período. Su hermenéutica marxista podría no gustar a los conservadores de hoy. Pero es congruente con el planteamiento inicial. Y puede dar mucha tela para cortar en el manto de las ideas actuales. Las evaluaciones intelectuales de los 1920 y los 1930, como la de Antonio S. Pedreira (1934), muestran que Puerto Rico “es hoy más civilizado, pero menos culto”; era para él, en resumen, “una sociedad de peones”. Con Pedreira tomó fuerza el relato de la puertorriqueñidad que pone al jíbaro como centro de la cultura popular. Un jibaro que la clase hacendada tenía a menos en el pasado, como apunta José Luis Gónzalez. El conflicto de interpretación queda en tensión cuando se pretende que las clases populares vean como salvadores a quienes les impusieron a sus abuelos el “régimen de la libreta” y la esclavitud. Puerto Rico no fue alienado del todo por los estadounidenses. Todo lo que se puede ver como indicios de esa supuesta alienación, es un fracaso. La escuela en inglés, por ejemplo, no logró su cometido al acercarse a los cincuenta años.

El cuarto piso: El cuarto piso es el que está dado por la sociedad dependiente. La sociedad de consumo actual, creada por la posguerra y el “American way of life”. La sociedad de “La vitrina del Caribe”, o del Puerto Rico como “puente entre Estados Unidos y América” (Blanco, 1936). Ese piso que atrajo a dominicanos y cubanos. Mientras que la urbanización daba una nueva narrativa en la que la Guerra de Corea, la migración a Estados Unidos, que llegó a un millón de puertorriqueños en 1970 (Picó, 2008). Es el piso más plebiscitado, (Díaz Quiñones, 1995) que se da en un proceso de urbanístico en el que se borran las huellas del jíbaro de las alturas en un espacio horizontal de construcciones que olvida los techos a dos aguas y las galerías y las marquesinas. Entonces vino el retorno a la idea de una utopía caribeña que se configura, desde la danza señorial de Tavárez y Morel Campos a la música danzaria del Gran Combo; desde la risa y el choteo de Ana Lydia Vega (“Encancaranublado”, 1980) a la expresión en Magali García Ramis: “Hostos, bródel, ¡esto está difícil!!!!”.

Pocos libros tuvieron tanta acogida como este. Frente a la historia cultural de Pedreira tan a tono con la clase hacendada venida a menos, y que preludiaba un nuevo gobernante; a la respuesta realista de Tomás Blanco, el conservadurismo y puertorriqueñismo de Rene Marqués, en “El puertorriqueño dócil y otros ensayos” (1977), este libro abre una cala hermenéutica que permite ver de una manera distinta el pasado y el presente puertorriqueños.

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