Los fascismos propios de Latinoamérica: desde el mestizaje brasileño hasta el imperio hispánico argentino

GUILLERMO MARTÍNEZ

Los camisas doradas en México relacionados con los camisas plateadas estadounidenses; los grupúsculos fascistas en Argentina; el mestizaje como raza superior en Brasil, donde los integralistas y su teoría de la Cuarta Humanidad observaron el país como la tierra prometida; anticomunismo exacerbado en Chile. Estos son algunos mínimos apuntes de cómo el fascismo se asentó en Latinoamérica, desde el periodo de entreguerras hasta la actualidad, momento en el que persisten ciertos ramalazos en las figuras más escoradas en la derecha política. Los expertos coinciden en señalar que el fascismo no llegó al poder en ninguno de esos países, pero sí dejaron una importante huella historiográfica.

Para Leandro Pereira, profesor de Historia de América Contemporánea y Brasil Republicano en la Universidad Federal Juiz de Fora, es importante recalcar que el fascismo no fue algo que se circunscribió a Europa. «También se trata de un movimiento genuino de América a partir, justamente, de las relaciones con la Península Ibérica. Además de la historia colonial y el factor lingüístico, el catolicismo y corporativismo de Salazar en Portugal y Franco en España tuvieron gran influencia en Sudamérica», en sus propias palabras.
Cierto intercambio de ideas y experiencias entre movimientos fascistas es lo que convierte a esta ideología en transnacional, a tenor de lo expresado por el docente universitario. Siempre teniendo en cuenta la situación étnico-cultural, social, política y económica de cada territorio, los líderes autóctonos se sirvieron del ultranacionalismo y anticomunismo para que, a partir de los años 30, floreciera un fascismo que continúa hoy en día, incluso con atentados reivindicados por militantes de ideologías estrechamente vinculadas con líderes políticos actuales.

La fuerza del fascismo brasileño

Así sucedió en Brasil, el país en el que mayor seguimiento tuvo la ideología fascista. Acción Integralista Brasileña, creada en 1932, llegó a tener hasta 500.000 personas entre sus filas. Se trata de un caso paradigmático que supo recoger el acervo histórico del país para transformar el territorio en la «tierra prometida«, tal y como apunta Gabriela de Lima, investigadora en el departamento de Historia Contemporánea de la Universidad Autónoma de Madrid (UAM).
Entendieron la mezcla de razas como algo positivo, en contraposición a la idea alemana de raza pura. En Brasil se integrarían blancos, negros e indígenaspara lograr la raza suprema, o eso pretendían los integralistas. Adoptaron, también, un saludo fascista con una palabra indígena que significa algo parecido a que eres mi pariente, eres mi camarada», relata Pereira. Toda una logística propia del fascismo, con organizaciones orientadas a los niños, jóvenes y mujeres, los miembros del movimiento integralista fueron los que más cerca estuvieron de alcanzar el poder en algún país de Latinoamérica. «Casi se alían con Getúlio Vargas mientras era dictador, y aunque es algo que les prometió, finalmente no lo llevó a cabo», apunta De Lima.

La teoría de la Cuarta Humanidad, desarrollada por los fascistas brasileños Plinio Salgado y Miguel Reale, defendía que el país de habla portuguesa sería el lugar de encuentro donde blancos, negros e indígenas se integrarían en uno. «Sorprende mucho ver las fotografías de aquellos años en los que algunas personas negras llegaron a posiciones más destacadas», recalca la investigadora de la UAM. Pero las características propias del fascismo brasileño no se quedan ahí, pues más allá del nacional-catolicismo importado de España y Portugal al continente, en Brasil se conciben como espiritualistas, ya que a la fe dominante se le suman miembros protestantes y espiritistas.

En la actualidad, los neo-integralistashan cometido atentados contra una universidad en donde sobresale el poder del estudiantado y contra una productora que realizó un film sobre Jesucristo gay. «Bolsonaro utiliza sus mismos símbolos, como el lema Dios, patria y familia. Está claro que hay un diálogo entre el presidente actual y los movimientos neo-integralistas, de quienes se apropia sus discursos de los años 30″, incide De Lima.

Continuidad fascista en Argentina

En Argentina la realidad fue algo más diferente. Un movimiento fascista fragmentado por las diferencias ideológicas y de liderazgo hizo que nunca se constituyeran como partido político, al contrario de otros países como Brasil y Perú, pero sí dio lugar a pequeños grupúsculos como Legión Cívica Argentina. «El corporativismo es muy importante en la política fascista argentina. Es el caso que más se ajusta al fascismo europeo con inspiración nacionalista, tanto en milicias, organización, jerarquía y sus camisas grises», señala Pereira.

Por su parte, De Lima añade que los fascistas argentinos veían a su tierra como el siguiente escalón en el «imperio hispánico» que proyectaban, del que ellos serían sus máximos representantes en Latinoamérica. La experta apunta a Javier Milei, actual diputado argentino, como la «continuidad fascista» en el país. «Es un ultraliberal que habla de anarcocapitalismo y que se presenta con un discurso ligado a la antipolítica. Él sería el máximo representante argentino de esta ola de extrema derecha populista mundial», en sus propios términos.

Acción a larga escala en Chile

Chile, por su parte, bebió de las dinámicas impulsadas desde Alemania. «Es muy curioso porque en este país el fascismo toma relevancia tras la Segunda Guerra Mundial, cuando se da una formación partidaria ligada al movimiento nacional-socialista chileno, una organización claramente inspirada en los nazis», destaca el editor, junto a De Lima, de Fascismos iberoamericanos  (Alianza Editorial, 2022). En ese contexto de Guerra Fría, el postnazismo asentado en Chile fue el caldo de cultivo perfecto que «acabó creando, tiempo después, un debate muy intenso de carácter antimarxista y que se manifestó en los años del gobierno de Allende», continúa Pereira.

Esta acción a larga escala en Chile, que se inició en los años 30, aún perdura casi un siglo después. En este caso, el nombre propio es José Antonio Kast, quien no reniega de la dictadura militar chilena y cuyo padre fue militante del partido nazi, tal y como expresa el editor de la monografía. Según sus palabras, la presencia de Kast en la segunda vuelta de las elecciones chilenas, que no ganó, es un reflejo de la presencia del autoritarismo aireado en el país no solo por organizaciones clásicas como el movimiento nacional-socialista, sino otros de corte autoritario y dictatorial que encontraron con Pinochet, en los años 70, su base de organización.

Los mexicanos, contra los judíos y los chinos

En el caso de México, tierra latina en Centroamérica, ciertas particularidades llaman la atención: «Normalmente, en Latinoamérica se ve con buenos ojos el mestizaje, el encuentro de las razas, pero en México no. Como todos, son ultranacionalistas, y se van a enfrentar a dos tipos de extranjeros: los judíos y los chinos. Además, el corporativismo que está presente en el continente aquí no se expresa con tanta claridad, pues Lázaro Cárdenas es difícil de caracterizar por sus políticas de izquierdas, pero también autoritarias», se explaya la investigadora. Desde su punto de vista, y retrotrayéndose a la actualidad, afirma que «el movimiento de extrema derecha no tiene un peso tan grande en México como en otros lugares, quizá por las relaciones históricas con Estados Unidos».

Más allá del corporativismo importado desde Portugal por parte de la mayor parte de los países latinoamericanos, otras de las perspectivas que comparten fue su visión de la Guerra Civil española. De esta forma, la contienda se analizará como la primera batalla real entre comunismo y fascismo, en la que este último venció. «De ahí la importancia central del pensamiento falangista en el desarrollo de la ideología fascistas en Latinoamérica», concluye De Lima.

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