Los minerales estratégicos en el corazón de la disputa hegemónica del capital

Por Héctor Lopez Terán.

Dice un dicho recurrente que “tiempos de crisis son tiempos de cambio”. Parece que para el capitalismo la resonancia de la frase resulta propia de su contexto actual: el sistema ostenta una crisis múltiple -remarcada por las complejidades económicas y políticas- y por el agotamiento y destrucción de los seres humanos y la naturaleza. En su negación a perecer, el capitalismo busca un reimpulso productivo que permita la rotación de capital en un contexto crítico, donde las finanzas conducen los rieles de la locomotora y donde las actividades de extracción de valor se sobreponen a las actividades de la economía real.

En la base del movimiento productivo del capitalismo, la naturaleza y sus fuentes energéticas resultan sustanciales en su desenvolvimiento histórico. El engranaje global de producción y circulación requiere energía para conectar, operar y perpetuar el control privado de beneficios restringidos. Ante este designio de rentabilidad inmanente, busca apropiarse -para continuar su marcha- de nuevos bienes naturales para complementar o sustituir a las fuentes energéticas existentes.

Cabe recordar que en el siglo XIX la necesidad de carbón generó la extracción de grandes volúmenes del mineral para alimentar una industria emergente impulsada por la máquina y la energía humana. La roca sedimentaria empujó los pistones de diversas actividades económicas que conectaron y dilataron la producción de mercancías en indistintos rincones del mundo. Posteriormente, el “oro negro” aceleró los flujos de mercancías y capitales con nuevos nodos productivos en el engranaje de la organización del capital. Así, ambos configuraron el sustento fósil de la economía capitalista que hoy en día amenaza los límites planetarios.[1]

Hoy el interés central está en los minerales estratégicos como el litio, el cobalto, el manganeso, el tungsteno, etc., un listado imprescindible para el nuevo orden tecnológico generado por una serie de innovaciones y desarrollos en nodos de información, nanotecnología, redes informáticas, etc. para beneficio de las actividades productivas, financieras y energéticas. Al tiempo que el avance tecnológico se dilata, la demanda de minerales incrementa la necesidad del control de yacimientos. En este sentido, los recursos mineros representan una nueva disputa geopolítica donde América Latina -al ser una región con inmensos yacimientos minerales estratégicos- se convierte en un punto medular para el capital productivo y financiero.

Ante esta premisa, el espejismo de una supuesta transición sobre la base de las mismas relaciones de explotación y apropiación de naturaleza humana y no humana propuesta por el capitalismo verde –“hoy preocupado por el calentamiento global y sus secuelas socioecológicas”- encubre la reconfiguración orgánica del capital con una nueva demanda energética para rentabilizar y acelerar los tiempos de rotación de capital por medio del abaratamiento de insumos y mercancías[2], y el desarrollo de nuevos esquemas productivos y financieros. En este marco de transformación, el acaparamiento de minerales estratégicos traza una contienda entre China y los Estados Unidos en un nuevo escenario de control en las geografías de extracción.

No hay que olvidar que los bienes de la naturaleza han sido instrumentalizados para solvencia del capital. En su momento el carbón respaldó al Imperio Británico, el petróleo a los Estados Unidos y ahora, los minerales “en disputa” son mayormente controlados -en la extracción y refinación- por China. En este contexto de avance del gigante asiático que apertura una disputa hegemónica, los Estado Unidos han declarado la necesidad de cincuenta minerales estratégicos esenciales para su economía, su seguridad nacional, su infraestructura y el desarrollo de energías renovables.[3]

La disputa por el predominio global extrapola los problemas en el marco de un mundo desigual. En aquellos países ricos en minerales como los latinoamericanos, la ampliación de la frontera extractiva amenaza nuevos escenarios de despojo y apropiación de territorios, cuerpos, y bienes de naturaleza, el agotamiento de fuentes imprescindibles para la vida como el agua. Así mismo, la configuración de escenarios conflictivos internos – entre las comunidades que defiende sus territorios- y externos -entre los Estados que intentan gestionar sus recursos naturales y los países centrales.  

En este caso, los cambios en el marco de la reproducción social del capital podrían estar reflejando un reordenamiento orgánico, un trasteo en los sistemas productivos y en las fuentes energéticas en la imperiosa necesidad de retocar las grietas estructurales autogeneradas e irreparables del capitalismo, con tal de no perecer. El reajuste del capitalismo exhorta a abastecerse de minerales como nuevos insumos energéticos -adicionales al carbón y al petróleo- para movilizar el armazón de un sistema económico altamente entrópico y desigual, sustentado en la explotación y apropiación de la naturaleza humana y no humana. Por ello, es importante vislumbrar que la pretensión en los cambios subsecuentes en la matriz energética conlleva cambios en los procesos productivos del capitalismo con nuevos esquemas tecnológicos e innovadores que amenazan con desplazar y precarizar -aún más- la fuerza de trabajo y socavar el umbral ecológico a escala planetaria, para mantener los roles internos de dominación y subordinación.

 

[1] Andreas Malm, Fossil capital: The rise of steam power and the roots of global warming(Verso Books, 2016).

[2] Jason Moore, El capitalismo en la trama de la vida. Ecología y acumulación de capital(Madrid: Traficantes de sueños, 2020).

[3] Fuente: https://www.usgs.gov/news/national-news-release/us-geological-survey-releases-2022-list-critical-minerals

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