Rebelión y desobediencia civil en la Europa confinada

Por Luis Rivas. SPUTNIK. Rebelión y desobediencia civil. La Europa confinada hace frente a la amenaza de una parte de la ciudadanía que se niega a seguir sufriendo la privación de su libertad por razones sanitarias.

El 1 de febrero fue el día señalado en Francia para desafiar al gobierno y abrir bares, restaurantes y cafeterías, cerrados desde el 30 de octubre. Es solo un ejemplo del movimiento de protesta que se generó en las redes sociales y que fue acompañado de otra afirmación respaldada por miles de seguidores: «Yo no me confinaré».

El Gobierno de Emmanuel Macron ha preparado durante semanas, para sus ciudadanos, una nueva serie de normas restrictivas. Los disturbios vividos en los Países Bajos interfirieron el plan, ante el temor de que las protestas y los destrozos que se originaron en varias ciudades holandesas fueran imitadas en territorio francés. Los sucesos de Holanda sorprendieron a todos los Gobiernos europeos ya que nadie imaginaba que, en ese país, siempre considerado un modelo, se vieran imágenes que normalmente son una exclusiva francesa.

Sufrimiento sicológico

Que, en Países Bajos, movimientos libertarios, ciudadanos sin adscripción política y otros considerados «complotistas» o «negacionistas» del nuevo coronavirus se unieran para manifestarse durante varias noches seguidas ya era una sorpresa. Confinados desde mediados de diciembre, la decisión del primer ministro liberal, Mark Rutte, de adelantar el toque de queda a las 21.00 horas disparó una ira ilustrada por las hordas de vándalos que aprovecharon la ocasión para destrozar y saquear comercios.

Otro país del norte de Europa, también considerado como un modelo político y social, Dinamarca, ha visto cómo durante la noche de los sábados, los llamados ‘Black Men’, por su vestimenta de color negro, se han manifestado contra las medidas de limitación de libertades decididas por el Gobierno de la socialdemócrata Mette Friedikson. Manifestaciones de protesta similares se han vivido en las últimas semanas en Alemania, Italia o España.

Minoritarias hasta ahora y despreciadas por el poder están ampliando su eco, no solo por cuestiones económicas y sociales —cada país aborda las ayudas de diferente manera— sino por los efectos de un sufrimiento psicológico y hasta existencial que después de un año desde el inicio de la pandemia se hace cada día más insoportable. Los medios de comunicación, entregados a la «razón sanitaria», contribuyen a la generación de miedo, bombardeando continuamente cifras de muertos y contagios.

No se puede acusar a ningún gobernante de no intentar frenar la crisis en sus respectivos países, pero lo que muchos ciudadanos no soportan son los errores y las mentiras de unos políticos que, salvo excepciones, parece más interesados en las consecuencias electorales de su acción, que de la gestión sanitaria del problema.

Sanidad electoralista

Es poco justificable que las decisiones se tomen en relación con calendarios electorales, como sucede en Francia, donde las elecciones municipales se celebraron en marzo, en plena explosión viral, y, después se aplacen las regionales del mes de marzo hasta junio, arguyendo motivos de salud pública ante el previsible batacazo del partido gubernamental.

Es incomprensible que en España se abran las urnas para los comicios autonómicos en Cataluña el 18 de febrero, cuando desde el gobierno y las 17 comunidades autónomas se subraya la peligrosidad de la cepa inglesa o sudafricana del virus y se apliquen, día a día, medidas más duras para restringir la libertad de movimientos y la actividad comercial. Más alucinante es, sin duda, que el ministro de Sanidad sea sustituido en plena tragedia para presentarse como candidato socialista a presidente del Gobierno catalán.Es sorprendente que en Italia uno de los componentes de la coalición gobernante abandone el pacto en plena lucha antipandemia, para provocar una crisis que podrá solucionarse con una nueva mayoría en la que ese partido volvería a figurar.

Es triste que el gobierno portugués, hasta ahora felicitado por la gestión sanitaria, se vea ahora desbordado y sea uno de los países más afectados. Sufre ahora la avalancha de críticas de los ciudadanos que, por cierto, también fueron llamados a las urnas para elegir presidente el pasado 24 de enero.

Son solo algunos ejemplos que colaboran a aumentar la desconfianza en gobiernos y políticos en general, que, en muchos casos, aprovechan la crisis y el aumento de su poder sin consultar las medidas con los parlamentos o justificando decisiones en los efectos del COVID-19.

Así, por ejemplo, el presidente francés quiere enviar a la basura su promesa de aplicar una parte de proporcionalidad a las elecciones generales. De hacerse realidad, ello supondría un aumento sustancial en la Asamblea francesa del número de diputados del Reagrupamiento Nacional de Marine Le Pen, que volverá a enfrentarse en un nuevo cara a cara con Macron por la jefatura del Estado en las presidenciales de 2022.

El escándalo de las vacunas de la UE

El hartazgo y la desesperación de muchos europeos se ha multiplicado con la tomadura de pelo sufrida por la Unión Europea (UE) a manos del laboratorio anglo-sueco, AstraZeneca. La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, había anunciado orgullosa la compra de 400 millones de dosis por la suma de 336 millones de euros. La empresa, que ha encajado ya la suma total, anunció recientemente que no podrá entregar más que 31 millones hasta marzo, de los 80 millones de dosis prometidas. Bruselas sospecha que AstraZeneca prefirió vender parte de lo acordado al Reino Unido, aumentando el precio, eso sí.

La UE pretendía con esa compra masiva borrar la imagen desastrosa de la institución comunitaria tras el caos y la descoordinación vivida al inicio de la crisis vírica. Algunos gobiernos vuelven a criticar la impericia, la ingenuidad y los reflejos burocráticos de la organización. En todas las capitales del «club de los 27» faltan vacunas y se empieza a temer una carencia que impida frenar el avance del SARS-CoV-2 y sus variantes. Resulta ciertamente patético que algunos profesionales, de la medicina o de la política, empiecen ahora a abrirse a la posibilidad de comprar la vacuna rusa, hasta hora desechada como castigo político.

Los gobiernos europeos, campeones mundiales en lecciones de moralidad política, soportan difícilmente los reproches a su gestión sanitaria y a los científicos disidentes de la línea oficial. Acusan a sus críticos de hacer el juego al populismo y a las democracias «iliberales», cuando en realidad están ofreciendo el mismo modelo de comportamiento que los que califican de autócratas.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.