Relaciones primarias, nepotismo y corrupción.

Por Inocencio García Javier

¡aayyy! Nuestra arritmia histórica. Entre coloniaje, gestas patrióticas, formación económico-social precapitalista y de capitalismo dependiente, vigente aunque esté en desuso en el ámbito académico y en el lenguaje de los políticos del presente.

Ese es el péndulo en el que se ha movido la historia nacional, la forja de la identidad nacional y la edificación de las instituciones de soporte del Estado dominicano.

Carlos Segura, destacado sociólogo dominicano, se ha referido, con justa razón, al fenómeno del nepotismo y la corrupción del que adolece la práctica institucional dominicana y que tempranamente asoma en el gobierno que encabeza el presidente Luis Abinader.

Él los describe en su artículo que aparece en esta red social, y señala que el nepotismo se está operando en el gobierno del presidente Luis Abinader-PRM, a una velocidad que podría ser mayor a lo que ocurrió en los gobiernos del PLD, pero espectacularmente -digo yo- en los gobiernos del ex presidente Danilo Medina.

Los que hemos tenido la oportunidad de estar más de una década en funciones en instituciones del Estado dominicano, observamos que, a pesar de los grandes y pequeños avances que se produjeron en los gobiernos del PLD en los órdenes económico e institucional, el peso cultural de los fenómenos del nepotismo, las relaciones primarias y el personalismo -heredados desde la Era Trujillista y continuados durante los doce años de los gobiernos del doctor Joaquín Balaguer, así como los subsiguientes de la post “Era Balaguerista”-, tienen una altísima incidencia en el funcionamiento orgánico de las instituciones del Estado dominicano.

Los fenómenos socio-culturales antes indicados son las rémoras que impiden consolidar la relación entre crecimiento económico y el desarrollo sostenible y sustentable.

Y como colorario de los mismos el pernicioso fenómeno de la corrupción que se ha instalado como mecanismo de movilidad social y acumulación originaria de capitales en el sistema social y económico nacional.

Si se desea evaluar con justa objetividad los resultados de las políticas públicas de los gobiernos encabezados por los ex presidentes Leonel Fernández y Danilo Medina, en general, se parte siempre de la variable crecimiento económico a partir de su principal indicador, el Producto Interno Bruto (PIB).

Pero desde hace ya un tiempo considerable un centro de pensamiento regional como es CEPAL y un centro de pensamiento y de poder regional-global como es la OCDE en años más recientes, están de acuerdo que aunque es el PIB un indicador explicativo del crecimiento económico, pero insuficiente para dar cuenta del desarrollo.

En el caso de República Dominicana, aparte del crecimiento exponencial de ese indicador de crecimiento económico durante los 20 años de los gobiernos del PLD -con la observación de la incidencia diferenciada de la estructura de la Deuda Externa de los presididos por ambos líderes-, hay que agregar como factor propiciador de ese crecimiento la reforma y modernización del Estado de los gobiernos del ex presidente Leonel Fernández durante el período 2004-2012.

Catorce leyes fueron modificadas que impactaron positivamente en tres dimensiones como lo son el Sistema Nacional de Planificación e Inversión Pública, la Administración Financiera y la Gestión y Administración de los Recursos Humanos (creación del Ministerio de la Administración Pública), así como la institucionalización de la gestión ambiental mediante la ley 64-00 y la relativa a la creación del Sistema Nacional de Compras y Contrataciones Públicas, instituido por la ley 340-06, entre otras muchas reformas.

En el gobierno del ex presidente Danilo Medina se creó la Cuenta Única del Tesoro (CUT) que eliminó alrededor de siete mil cuentas que manejaban a discreción las distintas instituciones estatales. Eso se tradujo en un ahorro financiero del Estado.

No hay lugar a dudas de que el crecimiento económico y en muchos aspectos de la política social, fueron el resultado de ese conjunto de reformas como las ocurridas desde la década del ’80 hacia adelante en el sector turístico del país, debido a su alerta legal y normativa, adaptable a los cambios que se observaban en el entorno internacional turístico y de aplicación de políticas fiscales y monetarias relacionadas con esos cambios.

Entonces ¿dónde han estado las causas de la persistencia de esas relaciones primarias, el nepotismo, el personalismo y la corrupción si se tuvo la visión estratégica de adaptarse a los cambios observados en el entorno internacional?

A mi modo de ver, las causas se dividen en estructurales y coyunturales, a saber:

A. Las estructurales que corresponden a la dimensión histórico-cultural, explicados por la persistencia de la rémora del caudillismo, el autoritarismo y el clientelismo como rasgos sociopolíticos de la praxis política e institucional de la política dominicana.

Le he agregado lo que entiendo es una patología socio-cultural derivada de esas características, y la denomino como “El Trujillito que todos llevamos dentro” y que observé sistemáticamente como un fenómeno de alta incidencia en el funcionamiento institucional.

B. Las coyunturales tienen que ver con cuatro hechos consustanciales de los gobiernos del presidente Danilo Medina:

1. La idea de perpetuación de esa facción política que se convirtió en dominante dentro del PLD y, en consecuencia, la imposición de la primera reforma constitucional solo para lograr la reelección en las elecciones del 2016, y un traumático intento fallido para una segunda reforma constitucional para un tercer período.

2. Un laisse faire, laisse passer a determinado(s) poder(es) fáctico(s) con el objetivo de que no se conviertiese(n) en obstáculo (s) a mi intención de perpetuación.

3. Por un lado, la adecuación de una institucionalidad a imagen y semejanza del proyecto de perpetuación en el poder del Estado y, en paralelo, un desmonte del conjunto de reformas puestas en ejecución y consolidadas en los dos gobiernos del ex presidente Leonel Fernández. Con ese propósito, se sustrajeron, mediante decretos, cruciales atribuciones y funciones de instituciones rectoras que fueron llevadas al Ministerio de la Presidencia.

En esa línea, el experto constitucionalista Namphy Rodríguez en una entrevista que le hiciera en el transcurso de la campaña electoral recién pasada, dijo que a partir del año 2012 en los gobiernos presididos por el presidente Danilo Medina se puso en ejecución lo que un experto constitucionalista colombiano denomina “elusión constitucional”.

La elusión constitucional consiste, según lo explicado por el doctor Namphy Rodríguez en esa entrevista, en que determinados sectores políticos y de poder se coluden con el objetivo de burlar la preceptiva constitucional. Puso como ejemplo de esa elusión constitucional la ley -cuasi secreta- que prescribe que el Estado de Emergencia se adoptase por Resolución mediante Mayoría Simple y no por Mayoría Calificada, lo que ocurrió durante la pandemia del COVID-19, gestionada por el gobierno saliente.

4. La Ley 33-18, adefesio jurídico que ya ha sido podada en alrededor de cinco de sus dispositivos y que fue impuesta como traje a la medida por el presidente Danilo Medina y asumidas sin contrapeso por lo que él con justa lógica llamó “mi congreso”. Así como la también defectuosa ley 15-19 del régimen electoral. Estas, como se pudo sufrir en los pasados procesos electorales, son instrumentos de trastornos de la institucionalidad electoral y partidaria y, en consecuencia, del Estado.

Todo ello, consecuencias del propósito de perpetuación del presidente Danilo Medina y su grupo faccional.

La obstrucción de esas taras socio-institucionales y políticas -unas estructurales y otras coyunturales en períodos de gobierno- mediatizan, ralentizan y muchas veces impiden la aplicación efectiva de las políticas públicas para el desarrollo, produciendo un círculo vicioso que hace que el Estado dominicano permanentemente esté tratando de morderse la cola.

C. Wright Mills, sociólogo norteamericano, quien escribió la obra “La élite del poder” hace ya 64 años, la describió como una élite corporativa de ámbito nacional, es decir, las élites del Estado-Nación. Hoy, William I. Robinson y Peter Phillips la denominan “Clase Capitalista Transnacional (CCT), en sus respectivas obras en las cuales analizan el fenómeno de la constitución y transnacionalización de una elite global.

Juan Bosch analizó en su vasta obra polifacética, aparte de la arritmia histórica en la constitución y desarrollo del Estado-Nación, la peculiaridad de la existencia de una ‘Clase Dominante’, pero no ‘Clase Gobernante’. No obstante la persistencia de ese fenómeno socio-político, se observan indicios de que determinados sectores de esa ‘Clase Dominante’, pero “No Gobernante” (la he entrecomillado a propósito) podrían estar iniciando un sostenido proceso de transnacionalización e incorporación a la élite global de que hablan Robinson y Phillips en sus obras.

Lo anterior viene a cuento por el hecho de que si a los fenómenos de relaciones primarias, nepotismo, personalismo y corrupción en las prácticas del Estado dominicano, se le adiciona de manera sistémica la captura de la administración del Estado por parte de esa élite en proceso de transnacionalización a través de sus agentes políticos, entonces se hará altamente complejo y difícil reducir el pasivo social, institucional, de seguridad ciudadana, de ordenamiento y ordenación territorial y ambiental, etc., etc., etc., que impiden e impedirán traspasar el umbral del crecimiento económico hacia el desarrollo sostenible y sustentable.

La dificultad que sobre todo lo anterior pesa sobre el gobierno del licenciado Luis Abinader y el PRM, recién instalado en el palacio de gobierno, es que lo asumen en una singularísima coyuntura histórica caracterizada por crisis múltiples: económicas, ambientales, migratorias y poblacionales, del multilateralismo, de paradigmas y culturales, así como de incidencia de un alto impacto de la Cuarta Revolución Industrial en curso, la denominada RI4.0.

Y por su inexperiencia colectiva, ellos y el país tendrán que pagar ‘el novicial’ de su bisoñez en la gestión y administración de una institucionalidad que el PRM no conoce a profundidad.

Esa complejidad es el tipo espejo que proyecta muchos rostros -un único real y los demás como artificios- y en el cual deberemos encontrar el camino verdadero que nos conduzca hacia las posibilidades, no ya de desarrollo, pero sí de una cierta estabilidad social del pueblo dominicano de cara a la Agenda 2030 de Desarrollo Sostenible.

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