Santiago: El acueducto, la inversión y la sostenibilidad

 La reciente crisis hídrica que paralizó a Santiago y Moca a finales de 2025 no puede calificarse simplemente como un accidente fortuito. La explosión de la tubería de 60 pulgadas en el acueducto Cibao Central, ocurrida en plena Navidad, dejó a cerca de un millón de personas sin el servicio esencial de agua potable. Este evento no es sino la manifestación física de una negligencia acumulada y una alarmante falta de inversión estructural para la sostenibilidad del sistema. Santiago ha crecido de forma desproporcionada, pero sus arterias hídricas se han quedado estancadas en el siglo pasado.

El colapso en la comunidad de La Zanja, municipio de Sabana Iglesia, puso en evidencia que la infraestructura que abastece a la región norte ha superado con creces su tiempo de vida útil. Las fuentes indican que la línea afectada tiene más de 30 años en servicio, a pesar de que su período de diseño era de solo 20 años. Es inaceptable que una obra estratégica de tal magnitud opere bajo condiciones de obsolescencia que ya habían sido advertidas por expertos y comunitarios durante años. La falta de mantenimiento preventivo por parte de la Corporación del Acueducto y Alcantarillado de Santiago (Coraasan) y el Instituto Nacional de Aguas Potables y Alcantarillados (Inapa) ha transformado un servicio vital en una bomba de tiempo sanitaria y urbana.

Además, el crecimiento desordenado y la masiva migración interna hacia la ciudad han disparado la demanda de agua, mientras que la oferta se ve reducida por los efectos del cambio climático y la deforestación de las cuencas. Expertos señalan que la presa de Tavera-Bao no fue diseñada para el almacenamiento masivo en tiempos de sequía extrema, lo que aumenta la vulnerabilidad de la población. No se puede seguir gestionando el agua con parches reactivos o distribución mediante camiones cisterna que apenas mitigan el caos. La solución definitiva requiere una inversión millonaria para la sustitución completa de los conductos obsoletos y la modernización de los sistemas de captación.

Es imperativo que el Estado y el Gobierno Dominicano asuman el agua potable como un derecho fundamental que no admite más excusas de planificación. La parálisis de hospitales, escuelas y comercios durante días evidencia que sin agua no hay salud, dignidad ni normalidad. No basta con toques finales a una tubería reventada; se requiere un Plan Maestro que integre la eficiencia energética, la micromedición masiva para reducir el desperdicio y la protección de las fuentes hídricas.

Santiago se encuentra en una encrucijada donde su desarrollo futuro depende de su capacidad para invertir hoy en lo que no se ve: sus tuberías bajo tierra. El costo de la inacción es mucho más elevado que el de la inversión estructural. Si no se prioriza una gestión responsable y preventiva, los habitantes de la región norte seguirán pagando el precio de un sistema que cedió ante la presión de la dejadez. La sostenibilidad de la «Ciudad Corazón» no puede seguir dependiendo de una infraestructura que ya dio todo lo que tenía que dar hace una década.

Para entender este problema, podemos comparar el sistema de agua de Santiago con un automóvil de lujo que nunca recibe mantenimiento y al que casi nadie le pone gasolina; por más que la ciudad crezca y se vea moderna por fuera, el motor terminará por fundirse si no se invierte en lo que lo hace funcionar.
DA

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