Siete enseñanzas que nos dejan las elecciones madrileñas (y que son útiles fuera de Madrid)

Por Daniel Bernabé. RT. A la izquierda se la dio por muerta en 1968 cuando nació la nueva izquierda. También en 1981 con la llegada del neoliberalismo. En 1991 se escribió su epitafio con la desaparición de la URSS. A finales de los años 90 se la dio por enterrada al surgir los movimientos anti-globalización, también con la llegada de la Tercera Vía. Ya en nuestro tiempo la izquierda ha muerto otras tantas veces: a manos de las nuevas tecnologías y su economía californiana; asesinada por el crecimiento a crédito de la especulación financiera; también por el populismo conservador y progresista e, incluso, por el colorido mix del activismo por la diversidad. De este funeral inacabable podemos extraer una conclusión tajante: la presencia, potencia y transformaciones que la izquierda llevó a cabo en el siglo XX es todavía tal que cualquiera que necesite marcar el inicio de una nueva época, para erigirse como lo nuevo, lo hace marcando su definitiva defunción.

A la derecha, sin embargo, a pesar de recibir numerosos reveses a lo largo de los últimos 200 años –comiencen la cuenta en aquel lejano y glorioso 1793– nunca se la ha dado por muerta por dos cuestiones: la primera es que los suyos tienen paciencia y dinero, que a la larga viene a ser lo mismo. La segunda es que quienes la componen lavan los trapos sucios en casa y rehuyen la culpa y el fustigamiento porque lo saben inútil. A la izquierda, sin embargo, le gusta tanto la palabra y el análisis que no puede más que sentirse protagonista de sus funerales y regocijarse en ellos: cada pequeño cambio en el mundo no es más que una excusa para que sus intelectuales se lancen a descuartizar el animado cadáver. Tengan cuidado, lo mismo un día la acaban matando, entre propios y ajenos, de verdad.

Les cuento todo esto porque el resultado de las elecciones autonómicas madrileñas ha propiciado un nuevo reguero de matarifes que ya buscan un nuevo epitafio y de paso, por qué no decirlo, algo de promoción profesional. Unas elecciones regionales en un país de la periferia europea como es España no tienen, claro está, la importancia de los acontecimientos descritos al inicio de este artículo, pero sí nos han ofrecido una serie de claves de gran interés no sólo para la izquierda española, sino también para toda aquella que a lo largo del mundo siga determinados cambios con interés. Aquí van siete puntos en los que creo que merecería la pena detenerse:

1. La retórica de la identidad

Toda acción política requiere de un grupo social que la apoye, todo grupo social requiere de una identidad para reconocerse a sí mismo y de esta manera reconocer sus intereses comunes. La identidad surgía de una realidad material y se configuraba en la acción y el conflicto, es decir, que la clase trabajadora, un grupo social que surgía de la producción capitalista, desarrollaba una identidad en su vida cotidiana que se hacía más fuerte en, por ejemplo, una huelga. Esta identidad era un reconocimiento de sí mismos y por tanto de sus intereses. Intereses que de una forma ordenada acababan constituyendo una ideología que se llevaba a cabo mediante una organización política, un partido o un sindicato. La propia organización política contribuía a hacer más fuerte a esa herramienta, la identidad

Mientras la derecha, aunque utiliza una identidad ficticia, tiende a crear un grupo transversal donde cabe todo, utilizando una retórica que sólo polariza con el señalado como enemigo, la izquierda, aún basándose en identidades reales, atomiza todo en grupos sociales que compiten entre sí por la atención.
Sin embargo, calificar a una política de identitaria no es nombrar este proceso sino aludir a un tipo de retórica que se basa más en la exageración que se es o se pretende ser que en lo que se quiere o puede llevar a cabo. Es decir, aquella que utiliza la identidad no como una herramienta de reconocimiento de unos intereses, sino como un fin en sí mismo para crear un grupo social, en ocasiones ficticio, que sirva como coartada a unos objetivos políticos que no tienen porqué coincidir con los intereses de los individuos que lo apoyan. Ese pretender ser podríamos calificarlo como política aspiracional, no en el sentido de un deseo lícito de mejora, sino en la sustitución de unos conflictos y soluciones por unos estilos de vida basados en el consumo de bienes tangibles y culturales que ocultan esos conflictos y soluciones. Así, la derecha en estas elecciones ha realizado una campaña totalmente identitaria, en el sentido de situar una meritocracia que pretende hacer creer que, en una de las comunidades con la brecha de clase más grande de Europa, es el esfuerzo individual lo que determina el éxito o el fracaso, no la desigualdad sistemática capitalista. Pero no sólo.

La derecha ha creado un discurso donde la libertad, una abstracta, decía estar amenazada por el comunismo, algo que no sucedía realmente. Además se le ha añadido otra identidad más, la de un madrileñismo que decía estar vinculado a esta libertad trazando un estilo de vida diferente al resto del país y opuesto a la supuesta amenaza liberticida del Gobierno progresista central. Algo muy similar al «Make America great again» de Trump, las amenazas ficticias sobre las que se sustentó el Brexit o la retórica nacionalista de Thatcher quien oponía lo «británico» al socialismo, no siendo dos categorías comparables. Y, como en estas ocasiones, ha funcionado.

¿Cuál es la diferencia entre las políticas identitarias de la derecha con las del progresismo? Que mientras que la derecha, aunque utiliza una identidad ficticia, tiende a crear un grupo transversal donde cabe todo, utilizando una retórica que sólo polariza con el señalado como enemigo, la izquierda, aún basándose en identidades reales, atomiza todo en grupos sociales que compiten entre sí por la atención. A esto habría que sumarle que la retórica es enrevesada cuando no incomprensible. ¿Ha tenido el identitarismo progresista influencia en estas elecciones? Una probablemente muy pequeña, entre otras cosas porque apenas ha tenido presencia. ¿La apelación queer de la ministra de Igualdad Montero hablando de niños, niñas y niñes? Puede haber restado algunos votos de feministas ya previamente descontentas con la Ley Trans, pero no un caudal significativo viendo los resultados del PSOE, contrarios a la misma. Ahora, que nadie piense que ha sumado un solo voto, entre otras cosas porque, fuera de determinados círculos de activistes, ni nadie conoce ni a nadie le importan estas piruetas semánticas.

2. La clase social

La derechista Ayuso y los ultras de Vox han utilizado las políticas identitarias, lo que les ha proporcionado una victoria clara. Sin embargo, que el número de votos no fuera mucho mayor del que obtuvieron en las anteriores elecciones nos explica que lo que se ha producido es una concentración del voto y una movilización de sus sectores más afines. ¿Cuales son esos sectores? La clase alta y media alta, algo que se comprueba perfectamente en una correlación entre zona, renta e inclinación ideológica. En palabras sencillas: los ricos saben quienes son, los ricos saben cuáles son sus intereses, los ricos tienen conciencia de clase. Por eso votan a unos partidos que apuestan por la educación y sanidad privadas, las bajadas de impuestos y el conservadurismo social. Es decir, que la derecha hace políticas reales y efectivas para contentar a su guardia pretoriana y utiliza lo identitario y aspiracional para pescar voto en las zonas de clase trabajadora. Realidad y engaño en una misma campaña.

Mientras que Ayuso sí cumple con los suyos con sus políticas reales de derechas, los trabajadores no han percibido que el Gobierno central esté cumpliendo con las suyas.

Decía antes que las políticas identitarias en el progresismo han tenido poca influencia porque, sencillamente, no es cierto que haya constituido el grueso de su campaña, y se lo dice alguien que si hubiera querido insistir en esta falsedad se hubiera puesto las botas vendiendo libros: el análisis honrado no siempre coincide con la crematística. Bien de una manera más directa, Unidas Podemos, bien mediante la apelación a los barrios, Más Madrid, bien mediante el ciudadanismo progresista, PSOE, se ha apelado a la clase trabajadora. ¿Cuál ha sido entonces el problema? Pues uno bien sencillo: que mientras que Ayuso sí cumple con los suyos con sus políticas reales de derechas, los trabajadores no han percibido que el Gobierno central esté cumpliendo con las suyas. Es cierto que el Ejecutivo progresista ha puesto en marcha una serie de medidas defensistas de carácter social para la crisis, tanto como que algunas de ellas han fallado y otras aún siguen pendientes.

De hecho la clase social, expresada en el miedo a perder el trabajo, puede haber jugado en contra de la izquierda ya que muchos trabajadores de hostelería y servicios han interpretado que Ayuso protegía los negocios donde trabajan frente a unos medidas sanitarias que tendían a su cierre. Es falso, ya que Ayuso no ha dado una sola ayuda a estos negocios y por contra el Gobierno central sí. Además, abrir una hora más no parece que tenga un efecto positivo viendo las malas cifras de empleo de Madrid. Y, desde luego, es mezquino, al calificar unas medidas sanitarias necesarias para evitar más muertos como un ataque a la «libertad empresarial». Pero ha funcionado.

Lo peor de todo esto es que, a pesar de que la clase ha sido un factor esencial en estas elecciones, desde el progresismo se volverán a buscar atajos –multitudes, diversidad– en vez de hacer políticas concretas, efectivas y con un efecto en la vida cotidiana.

3. El cliente no siempre tiene la razón

El votante nunca cree votar en contra de sus intereses. En algunos casos es cierto, como ocurre en las zonas ricas, y en otros no, como ocurre en las zonas de clase trabajadora. El debate moral sobre si la gente vota «bien o mal» es absurdo, calificar negativamente a los votantes es contraproducente, sobre todo atendiendo que esta región es la misma que hace dos años le dio la victoria a la izquierda. Lo que parece necesario es lo que pretende este artículo, analizar los métodos que se utilizan para crear entre los trabajadores esa disonancia entre intereses y voto.

4. Medios de comunicación

Para que la derecha lleve a cabo su política identitaria no le basta con los mítines, sino que tiene el respaldo de al menos dos tercios del ecosistema mediático que han prestado un apoyo fundamental a su retórica. La cuestión en último término no es que la derecha sea muy hábil con su comunicación política, sino que tiene muchos altavoces y muy grandes. Tan sencillo como eso.

Si desde los informativos hasta los programas de entretenimiento prestan a Ayuso una atención mucho mayor que la que prestan a sus rivales, el mensaje de que ella es una heroína por la libertad que ha hecho Madrid un paraíso del mérito se acaba fijando en unos ciudadanos que, por otra parte y en su gran mayoría, apenas tienen tiempo para atender a la información política con contexto y fondo. Pero, además, si resulta que presentas a los rivales de la exitosa nueva lideresa de la derecha como unos monstruos que vienen a empobrecerte con su fanatismo sanitario, la ecuación se acaba de completar.

La derecha ha utilizado las mentiras, las medias verdades y la manipulación a voluntad sin que muchos les hicieran frente desde el teclado o el micrófono.

Que en estas elecciones apenas se haya hablado de política real, de los problemas de la región o de temas de alcance puede tener que ver con un mal planteamiento de la campaña del progresismo, pero parece que puede tener que ver más con lo que los medios cuentan, callan y se niegan a comprobar: la derecha ha utilizado las mentiras, las medias verdades y la manipulación a voluntad sin que muchos les hicieran frente desde el teclado o el micrófono. Por cierto, también tiene que ver con ustedes, que jamás se leerían un artículo sobre política fiscal –para qué prestar atención a cómo financiamos escuelas y hospitales– pero pincharán leyendo una sórdida historia de las supuestas amantes de Pablo Iglesias. De nada.

Para muestra, durante estos comicios se está llevando a cabo el juicio a la financiación ilegal del PP, algo que ha tenido una nula repercusión en los resultados. ¿Cuántos de ustedes sabrían explicar en qué consistía la caja B del PP?

5. La campaña antifascismo-democracia era exagerada

Dejando a un lado que es bastante paradójico que los mismos columnistas que aceptaron con entusiasmo la contraposición derechista entre «libertad o comunismo» hayan despreciado como irreal la de «democracia o fascismo» que la izquierda lanzó tras recibir correos amenazantes conteniendo balas en su interior.

El problema es que no se han tratado sólo de esos correos. Pablo Iglesias lleva soportando un acoso constante, por parte de grupos de ultraderecha, en su domicilio familiar. Se han quemado sedes de Podemos. Y, sobre todo, durante 2020, en España asistimos a unos oscuros movimientos de claro carácter desestabilizador por parte de la derecha y los ultras que pretendieron torcer el resultado de las elecciones de 2019 con campaña de intoxicación aprovechando la pandemia. Súmenle cartas de militares retirados con un tono golpista y extrañas concatenaciones en prensa, policía y judicatura. No es una broma ni estas elecciones deberían dar por amortizado la certeza de que se han cruzado líneas que no se cruzaban desde 1981. Cuando se encuentren con la fina ironía de alguno de estos columnistas pueden recordárselo de mi parte.

Está claro que la apelación entre fascismo y democracia no ha funcionado, entre otras cosas porque la mayoría de la población la ha visto exagerada, por entender que el fascismo es una etapa acabada y lejanísima que importa menos que la incertidumbre que se está viviendo.

6. Incertidumbre

Si hay un eje subyacente donde se han librado estas elecciones, y la mayoría de las que tengan lugar hasta que la pandemia y sus efectos se disipen, es este. Por eso la ultraderecha ha vinculado su campaña a la inseguridad y Ayuso a su supuesta capacidad por mantener funcionando la economía.

Mientras que la gran recesión de 2008 provocó indignación ante el futuro que se truncaba, la crisis del 2020 lo que ha provocado ha sido una gigantesca frustración ante unas oportunidades que para muchos jóvenes ni siquiera han existido. Hay un agotamiento emocional respecto a la pandemia, y lo que se desea, como se deseó en la anterior crisis, es el imposible de volver al momento previo a la misma.

El problema es que cuando hay miedo e indeterminación pero más que indignación existe frustración, las soluciones comunitarias y las apelaciones a la solidaridad pierden respecto a una esperanza de salvación individual y una pulsión a salvar lo mío antes que lo de al lado. Incluso, por cierto, siendo una perspectiva irreal, ya que, como ha demostrado esta crisis, la única forma de enfrentar estas amenazas ha sido mediante el esfuerzo conjunto de la sociedad expresado en los servicios públicos. Por desgracia, lo cierto, por útil, no siempre tiene que ver con lo que se decide cuando la información y la comprensión del contexto a medio plazo es inexistente.

Esta situación, por desgracia, vuelve a perjudicar a la izquierda que, en ocasiones, se centra en los márgenes sociales con tal ahínco que hace sentir al resto de la población que se ha convertido en una opción idealista y para minorías. Los derechos humanos y civiles no deberían ser nunca negociables, pero la forma más efectiva de protegerlos es evitar precisamente que la derecha consiga ponerlos a competir entre el último y el penúltimo.

7. Política útil

¿Soluciones a todo lo anterior desde una perspectiva de izquierdas? La primera, recuerden el principio del artículo, no volver a matar a la izquierda y mucho menos repensar, qué es lo mismo pero en pretencioso. Cuando hay tantos deseos, tan prolongados en el tiempo, de que algo desaparezca es que ese algo es útil o peligroso, en este caso útil para los trabajadores y peligroso para los propietarios.

La izquierda no necesita repensar su sujeto político, ni mejorar su comunicación ni enfangarse en más guerras culturales. Lo que necesita la izquierda es encontrar la manera de salir de la trampa financiera de endeudamiento y pugnar por lo único que le da sentido en último término: la igualdad.

La victoria de la derecha trumpista y sus aliados ultras en Madrid ya se ha producido después del pitido final. Que en EEUU, la administración Biden ya anuncie políticas expansivas no tiene que ver con su carácter progresista sino con un hecho: es imposible que este país salga de la crisis de una forma efectiva con más neoliberalismo. El detonante es el virus, pero sobre todo China, que ha demostrado que unos servicios públicos fuertes son condición necesaria para afrontar estas amenazas y por tanto para que la economía vuelva a crecer lo más rápidamente posible.

En la Unión Europea, sin embargo, las cosas están yendo más lentas y, aunque ya se perciben síntomas de cambio, este va a tardar más en producirse. Esto provoca que aquellos Gobiernos que pretenden volver a unas políticas keynesianas lo tengan más difícil por una ortodoxia austeritaria que aún marca las decisiones de Bruselas y Berlín. No se trata de eximir determinadas incapacidades del Gobierno progresista, sí de ponerlas en contexto: por cada medida que ha intentado impulsar la ministra de Trabajo, Yolanda Díaz, se ha encontrado con un pero puesta por la de Economía, Nadia Calviño.

La izquierda no necesita repensar su sujeto político, ni mejorar su comunicación ni enfangarse en más guerras culturales. Lo que necesita la izquierda es encontrar la manera de salir de la trampa financiera de endeudamiento y pugnar por lo único que le da sentido en último término: la igualdad. Tan sencillo y tan difícil como eso.

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