Un acuerdo ético global para la sociedad pospandemia

Por Mauricio Montes. SPUTNIK. El mundo no ha cambiado mucho en tiempos de pandemia. La propagación del virus biológico solo ha desnudado la realidad de la actual crisis civilizatoria. Las mascarillas ocultan nuestros gestos de desaprobación, pero la disconformidad continúa allí, latente.

Los gobiernos del mundo siguen en pugna, las bombas continúan cayendo sobre Palestina así como las guerras financieras entre mercados voraces acrecientan su crueldad.

Desde Europa se han viralizado las posiciones de ciertos filósofos que intentan interpretar este presente y el futuro que abre esta emboscada planetaria conocida como COVID 19. Los nombres de Byung-Chul Han y de Slavoj Žižek acaparan los titulares en un debate que intenta responder si acaso el sistema hegemónico cambiará o por el contrario continuará repitiendo los errores que le han llevado a poner al planeta en sus límites más atroces.

Sin embargo, desde Latinoamérica también se piensa el fenómeno. El filósofo Josu Landa, profesor de la Universidad Autónoma de México, dialoga con Sputnik sobre su más reciente libro, Ética de crisis, y cómo se muestra escéptico sobre la emergencia de una «nueva espiritualidad que libere a la especie de su laberinto».»Nos cuesta imaginar el mundo sin las máscaras del capitalismo y el llamado socialismo real, por eso para saltar sobre esta realidad debemos apelar al ejercicio de una creatividad político-social lúcida, responsable y practicable, el ‘inventamos o erramos’ de Simón Rodríguez», resalta.

Landa reconoce que el continente americano es el escenario en el que se enfrentan dos visiones del mundo, la hegemónica estadounidense y la mirada de las naciones que aspiran a su independencia y soberanía. Aunque la resistencia al poderío estadounidense con su ejército de transnacionales es loable, aún hace falta crear el nuevo ethos que sea la chispa que encienda nuevas luces para el futuro de la humanidad.

«Urge un plan de largo aliento y con amplio consenso, dirigido a edificar un suelo ético común, a partir de la conjunción de esfuerzos entre el Estado, las comunidades y el máximo número de agentes sociales», destaca el catedrático.

¿Cómo opera la ética de la crisis en los seres humanos, cómo utilizamos esta ética en el encontrar formas de vivir bien ante las más terribles condiciones?

La pandemia se nos presenta como un estado de riesgo extremo, una contingencia que debilita y desestructura severamente las diversas expresiones del orden de relaciones políticas y sociales que se había articulado en las últimas cuatro décadas, especialmente en sus componentes sanitario y económico, ambos literalmente vitales. Nos ha tocado vivir y sufrir la contingencia de todo un sistema globalizado, lo que implica la implantación transversal de esa entropía disfuncional —aunque, claro está de manera desigual— en muy diversas formaciones sociales, desde la norteamericana hasta la china, pasando por las más representativas de Europa, así como por Rusia, India, las pequeñas potencias del lejano Oriente, América Latina, el Caribe y el conjunto de los países menos aventajados. En definitiva, el COVID-19 no solo ha contagiado a millones de personas, sino a todo un sistema. Asistimos, pues, a la debacle del modelo capitalista ultraliberal y la de su globalización.El filósofo chileno Gastón Soublette se ha referido al virus social de la modernidad previo al virus biológico; el muy mediático Byung-Chul Han dibuja un mundo de mayor control sobre la humanidad por un capitalismo más robusto; el politólogo argentino Atilio Borón perfila una salida intermedia entre la visión de Byung-Chul Han y Slavoj Zizek que proyecta la reinvención del comunismo. ¿Cómo vislumbra este nuevo orden Josu Landa?

Las mutaciones espirituales no se decretan ni brotan de la proclamación de algún deseo. Ya Nietzsche se asombraba de que el mundo lleva 2.000 años sin conocer una nueva espiritualidad, después de la instaurada por el cristianismo. (…) hoy en día, abundan los indicios de que este mundo afronta severas crisis de fe, agnosticismo, apatía religiosa, ateísmo… junto con la exacerbación de diversos modos de fanatismo y la irrupción de sectas y subsectas de religiones demasiado instrumentalizadas y hasta de claro cariz mercantilista. Nada de esto permite pensar en un auge del espíritu.

Pienso que, en lugar de mutaciones del espíritu (por el momento) inviables, tendríamos que plantearnos metas más modestas (aunque todavía enormes), como iniciativas para la conformación de un suelo ético común a escala global, con la mira puesta en la superación paulatina, pero persistente de aspectos cuya persistencia considero escandalosa: como la excesiva desigualdad económico-social, la lógica del capitalismo ultraliberal, la deshumanización del trabajo, la violencia de género y el feminicidio, los fascismos proteicos y en proceso de reconfiguración simbólica, los saltos regresivos hacia idiosincrasias cimentadas en la ignorancia y los terrores paranoicos (como el del viejo-nuevo movimiento QAnon entre los adeptos a Trump).

Las visiones más propagadas por los medios son aquellas que avalan la consolidación de la actual cultura capitalista, dominante hasta ahora, tras los efectos de la actual pandemia, esto como única posibilidad para la humanidad ¿Qué opina usted de esta tendencia en la opinión pública mundial?

Sabemos que un aparato mediático global, al servicio de los intereses de una oligarquía igualmente planetaria y fuertemente despersonalizada, a la vera de la lógica de las grandes corporaciones transnacionales, hará todo lo posible por regresar a las estructuras y redes de relaciones sociales propias de los tiempos de la vieja normalidad capitalista ultraliberal. Lo raro sería lo contrario. Pero también es cierto que esa opción, de cara a la pospandemia, luce muy debilitada.

Hoy en día, el ultraliberalismo capitalista la tiene mucho más difícil que el año pasado, cuando ya traía plomo en sus alas. Lo que más lo favorece es la ausencia de un proyecto alternativo claro, bien definido y articulado, así como debidamente consensuado a escala internacional.

¿Qué aportes puede hacer América Latina y el Caribe, en especial países como Venezuela, al surgimiento de una nueva espiritualidad que abra caminos nuevos a la humanidad, en la actual crisis civilizatoria?

En estos dos últimos años, Venezuela apenas puede con su alma. El hecho de que sobreviva a los bloqueos, las sanciones, la usurpación de bienes públicos (como Citgo y Monómeros, el oro depositado en Londres, entre otros), los diversos modos de rebelión antisocial de los factores de la economía, la corrupción, la ineficiencia, la fuga de cerebros, la manipulación inescrupulosa de la paridad bolívar-dólar y otras calamidades raya en el milagro. Solo en este aspecto de resistencia numantina puede Venezuela aparecer como un ejemplo a seguir, en la pugna siempre defensiva contra el hegemonismo norteamericano y el de cualquier otra potencia o factor geopolítico significativo.

¿Y el resto del continente?

Resulta imperativo reconocer que los proyectos en curso en toda América, con independencia de sus signos ideológicos, están históricamente vencidos, que no basta con efluvios épicos para afrontar las claves de la nueva actualidad, que se impone reinventar no solo el futuro sino también el pasado, que urge ir forjando la rizósfera ética de la economía y de la política, en fin: que debemos tomar muy en serio el propósito de no heredar a nuestros descendientes la ruina material y moral que ya es el planeta Tierra.

Desde luego, ninguna de esas metas ni las tareas que comportan se lograrán sin ciertas condiciones que las posibiliten. Acaso la más apremiante sea la de una paz firme y perdurable. Y en este momento, en esta coyuntura, la clave de este requisito esencial está en los principales antagonistas del sistema geopolítico que se ha venido conformando últimamente: Estados Unidos, China, Rusia. Urge un acuerdo entre esas potencias, en torno a los asuntos geoestratégicos inherentes al continente americano, junto con la consiguiente réplica de los agentes políticos y sociales más significativos en el seno de los Estados que lo integran, para empezar a dar paso sin mayores traumas, al nuevo mundo que requerimos.

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