El teatro como acto colectivo, popular, poético y liberador
Por Arturo López
No recuerdo otro momento en el quehacer teatral nuestro que se haya apostado tanto a lo individual como el actual y eso no es casual, es el resultado de una atomización social sin precedentes en todos los órdenes de la vida nacional.
Lo que estamos observando es un ensayo sociopolítico y cultural que tiene como objetivo fragmentar cualquier intento que atesore como meta crear algunas formas de colectivos, hoy pensar como grupo es visto con malos ojos, se podría decir que es hasta peligroso.
Desde las altas esferas del más brutal capitalismo se ha diseñado un plan para impulsar el peor rostro del individualismo que hayamos conocido y es de tal magnitud, que tiene todos los estamentos tomados, no hay un solo espacio que no esté a su alcance y que no lo hayan contaminado.

A los teatristas nos ha encontrado sin columna vertebral, es decir, sin un grupo que nos abrigue, sin proyectos que nos permitan ver con cierta claridad y con duda el momento. Esta tan bien estructurada que aquel que se resista es porque no he entendido el momento, en otras palabras, como no te montaste en el vagón eres un desadaptado, un perdedor.
No hay tiempo para la creación o la investigación, para el debate de ideas, para sondear las diferentes capas del acto creativo, para la construcción colectiva de la estructura escénica, para ver surgir el personaje como un acto democrático y grupal, todo eso es visto como un anacronismo.
También es percibir sin sentido la dramaturgia nacional, el teatro experimental, el teatro popular, el teatro de calle, el teatro político, en fin, cualquier práctica que vaya hacia la construcción de pensamiento grupal, es tildado de cosa muerta y sin valor.
Esto no ha sido un hecho fortuito, tampoco he observado sin grandes líneas de directrices a nivel local para imponer esta clarividencia, es como por rendimiento, por precariedad de pensamiento, por una falencia intelectual de todas las instituciones que tienen que ver con pensar el teatro como un fenómeno cognoscitivo profundo de la sociedad y del ser.
Contra ese acontecimiento de entrega casi mística, han impuesto lo superficial y su proyección normalizadora del vacío, de los quince (15) minutos, de lo rutinario, de la mal entendida realidad, cargada de marginalidad que ha creado la falta de oportunidades en todo el territorio nacional.
La alienación escénica ha llegado tan lejos que no tiene contacto con lo que nos circunda, es el escapismo estético, cultural y político, uno de los peores males en sociedades como la nuestra.
Creo firmemente en la naturaleza colectiva del teatro como hecho y acto liberador, creo que el personaje si bien es una creación del actor, es el resultado de una multiplicidad de miradas que se cruzan en el proceso de acumulación de energías que se producen en los contextos de la vida y en la escena, que el director no es un dios que se organiza junto a los actores y actrices sus deseos y sus necesidades sociales, políticas y de su impulso íntimo y público.
Ante el contexto geopolítico actual, lo único coherente es la construcción colectiva del hecho escénico, regresar al espacio vacío y grupal, es la única posibilidad de crecimiento real, lo otro es, hacerle el juego a lo más oscuro que nos hayamos enfrentado.

En momentos de crisis como el actual, lo sabio en la creación es la libertad y la licencia para inventar, hay que negar el teatro mortal, hay que ir a la plaza, a la calle, hay que hablar del fracaso político, de corrupción, hay que ponerse máscaras, hay que actuar en los espacios del pueblo llano, ahora más que nunca hay que dar la sensación de que somos apestados y que debemos vivir fuera de la ciudad, tenemos que arrebatarles la audiencia y mostrarle otro mundo paralelo.

Hay que regresar a los textos fundamentales, nuevos y viejos de nuestros creadores vitales, tenemos que reaprender a dirigir, a actuar, a crear otra cultura teatral, a defender nuestra teatralidad, la de los márgenes, volver a entrenar, llamarnos teatreros, teatristas, pintar y construir escenarios con materiales encontrados, vestirnos con vestuarios baratos, del mercado, sin maquillajes, plantemoles cara a los » triunfadores».
Pero con humor, rigor, ingenio y un alto sentido de la creación.
Por un teatro profundamente colectivo, por un acto popular, poético y liberador.

