El llano en llamas y la Guerra Cristera

Por Pedro Conde Sturla

Pocos acontecimientos han sacudido a México de manera tan brutal como la Guerra Cristera o de los Cristeros, la también llamada Cristiada, cuyo escenario principal fue el estado de Jalisco y los de la región del Bajío, el centro y el oeste de México.

Fue más bien una procesión de guerras y calamidades: una guerra a la que sucedió otra guerra a la que siguió una tercera, que se remontaban a otra.

Primero, una guerra devastadora, la de la Revolución Mexicana (1910-1917), que dejó un país en ruinas y un millón de muertos, quizás mucho más, porque a la guerra se sumaron el hambre, pandemias y enfermedades que causaron más víctimas que las balas. Después de la revolución vino la Guerra de los Cristeros (1926-1929), con un saldo estimado en doscientas cincuenta mil bajas. A ésta siguió una segunda parte de menor intensidad, la segunda Cristiada (1934-1941. Ambas tenían su origen en la Guerra de la Reforma (1858-1861), en un largo y amargo conflicto entre el estado y la iglesia católica.La guerra se desató a raíz de la promulgación de las Leyes de la Reforma por el Presidente Benito Juárez —día 6 de septiembre de 1860—, y fue una de las más sangrientas.

La guerra y las leyes de la reforma tenían por objetivo limitar el poder económico y político de la iglesia católica, separar de una vez por todas la iglesia del estado, secularizar la sociedad, eliminar incluso los irritantes privilegios del fuero eclesiástico y militar (las jurisdicciones especiales que eximían de ser juzgados a miembros de la fuerza pública y el clero por tribunales civiles ordinarios y obligaban a someterlos a sus propias cortes, a sus propios jueces y prelados).
Las leyes establecían, entre otras cosas, la dolorosa nacionalización de los bienes del clero y la extinción de las corporaciones eclesiásticas, la secularización de cementerios y fiestas cívicas la promulgación de la libertad de culto.

Se trataba, en definitiva de transformar el estado, dejar atrás las lacras del virreinato y el imperio, establecer un estado moderno, capitalista, idealmente democrático. Fue una transformación radical de la estructura política y social. Una modernización del estado. Fue, sin lugar a dudas, uno de los acontecimientos más importantes en la historia de México.

Las hostilidades entre iglesia y estado se habían mantenido, sin embargo, desde la promulgación de las leyes y no parecían tener fin. La iglesia se resistía a la pérdida del poder y sus privilegios, mantenía en sus filas un constante movimiento de agitación y pretendía revertir los cambios. Algo que con el triunfo de la revolución se puso más difícil.

Desde el gobierno, el presidente, Álvaro Obregón y sus funcionarios criticaban ácidamente a los eclesiásticos, que no se quedaban callados y persistían en las protestas. Los ánimos, en ambos bandos, se caldearon de tal manera que ocurrió algo que hasta ese día —en el catolicísimo México—, resultaba impensable: un atentado terrorista contra la mera virgen de Guadalupe. Un atentado contra la fe, contra el más venerado símbolo religioso del pueblo mexicano. Una aberrante provocación. Una canallada.

Atentado, explosión y milagro en el santuario de la Virgen de Guadalupe

La historia del Santuario de la Virgen de Guadalupe es una de las más llamativas y divulgadas de la Iglesia Católica, ya que el 14 de noviembre de 1921 sufrió un atentado que marcó su historia y la de todos sus devotos. Esa mañana, un hombre escondió una bomba dentro de un ramo de flores y la colocó a los pies de la imagen de la Virgen que en ese momento estaba en la Antigua Basílica.

Cuando la bomba estalló, arrasó con casi todo a su alrededor, pero la Virgen no sufrió ni un rasguño. Un Cristo Crucificado de hierro y bronce, que estaba justo adelante de la imagen de la Virgen, cayó y la protegió, salvándola de la explosión. Este suceso fue interpretado como un milagro en el que la figura metálica de Jesús protegió a la de su madre, por lo que se lo llamó el Santo Cristo del Atentado. El crucifijo, a diferencia de la Virgen, quedó totalmente deformado.

Tras el estallido, la multitud, indignada, comenzó a buscar al culpable para hacer justicia por mano propia. Los reportes de la época describen al sospechoso como un hombre con “rostro alterado” que intentó abandonar el lugar.

En el templo aún se conserva el recorte de una crónica periodística sobre lo ocurrido ese día. Según testimonios, un grupo de mujeres siguió al sospechoso y pudo informar a las autoridades que lo habían visto descender por las escaleras de la iglesia. Un artículo de la revista Mexico Desconocido publicó, en su versión digital, que “de un grupo de trabajadores que se encontraba dentro de la Antigua Basílica salió un hombre con un ramo de flores, camino hacia la imagen de la virgencita de Guadalupe y colocó el ramo al pie del altar. Luego, salió a toda prisa.”

Las investigaciones en torno al atentado no se hicieron esperar y comenzaron las especulaciones en torno al presidente del momento, Álvaro Obregón, por sus constantes críticas a la iglesia católica. Según un relato publicado por radio INAH, la investigación llevó varias semanas durante las cuales hubo protestas, marchas y pedidos de justicia por parte de asociaciones católicas. Finalmente, un tiempo después, se detuvo a un trabajador ferroviario conocido como Luciano Pérez.

(LA NACIÓN, Día de la Virgen de Guadalupe: el atentado y el hundimiento de la Basílica que no dañaron la imagen sagrada, https://www.lanacion.com.ar/estados-unidos/dia-de-la-virgen-de-guadalupe-el-atentado-y-el-hundimiento-de-la-basilica-que-no-danaron-la-imagen-nid12122024/).

La gota que desbordó la copa de la discordia la echó el presidente Plutarco Elías Calles con la Ley sobre Delitos y Faltas en Materia de Culto Religioso y Disciplina Externa, del 14 de junio de 1926. La ley que todo el mundo llamó La Ley Calles. La ley que establecía la más estricta aplicación de los artículos constitucionales anticlericales, en especial los que limitaban el ejercicio del culto y los privilegios del clero, prohibían la enseñanza religiosa y establecían como obligatoria la educación laica. La separación o ruptura con la iglesia católica, la separación de iglesia y estado iniciada por Juárez.

A la iglesia sólo le quedó como recurso la protesta violenta y organizada contra un poder que debilitaba y amenazaba su existencia o por lo menos la minimizaba. Pero la iglesia no carecía de recursos: aparte de sus cuantiosas riquezas y el apoyo de la Santa Sede, contaba con el apoyo de su inmensa feligresía, contaba sobre todo con los devotos y miserables campesinos y contaba con Cristo. El pleito era entre el gobierno y la iglesia, pero la iglesia metió a Cristo en el medio y mandaron a los campesinos a pelear y a morir por Cristo. Los mandaron los curas y los mandaron las madres y las esposas. No sean cobardes, güevones, vayan a pelear por Cristo.

El 31 de julio de 1926 entró la Ley Calles en vigor, los obispos hicieron sentir su protesta mediante una carta pastoral, suspendieron el culto, abandonaron las iglesias, se organizó la resistencia… Los primeros levantamientos importantes de milicias campesinas armadas comenzaron en agosto de 1926 en Valparaíso, Zacatecas, Jalisco…

Las milicias combatían bajo el lema «¡Viva Cristo Rey!» y sus combatientes se convirtieron en Cristeros. La iglesia luchaba por la iglesia y los campesinos por Cristo.

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