Cuando la guerra dispara el petróleo y puede golpear economía dominicana

Por Haivanjoe Ng Cortiñas

A días del conflicto bélico entre Irán, Israel y los Estados Unidos, el precio del petróleo registró una primera subida de un 10.0 %, un aumento que fija la mirada en la República Dominicana en la presión sobre los precios de los combustibles y elevación de los subsidios. Sin embargo, esa lectura se queda en la superficie. El petróleo no es un evento sectorial; es un shock macroeconómico sistémico.

En economías abiertas, importadoras netas de energía y con alta exposición externa que alcanza el 37.0 % del PIB, el petróleo actúa como un multiplicador macro. Su impacto no se limita al costo de los combustibles. Se transmite, casi de manera automática, a la inflación, el tipo de cambio, el déficit fiscal, las tasas de interés y el crecimiento económico. En otras palabras, es un shock que se propaga por múltiples canales simultáneamente.

La República Dominicana reúne varias características que amplifican este efecto. La primera es su alta dependencia energética. Con una factura petrolera que supera los US$5,000 millones anuales, cada dólar adicional en el precio internacional del crudo incrementa la factura externa en aproximadamente US$65–70 millones. Esto implica que un aumento de US$25 en el barril puede añadir alrededor de US$ 1,675 millones a la cuenta petrolera.

Este canal externo es inmediato. Un deterioro de esa magnitud presiona la balanza comercial, reduce la disponibilidad neta de divisas y eleva la vulnerabilidad externa del país. En escenarios de alta volatilidad geopolítica, la elasticidad puede incluso acercarse a US$80 millones por dólar debido a primas de riesgo en fletes y seguros, especialmente por el cierre del estrecho de Ormuz y la duración del conflicto.

El segundo canal es el cambiario. El petróleo se paga en dólares, y cuando sube, aumenta la demanda local de divisas, impulsando presiones cambiarias hacia el alza en la cotización, que puede llevarla a superar la meta establecida de RD$ 65.5 en el presupuesto nacional de 2026. Este movimiento encarece importaciones, alimenta inflación importada y genera efectos de segunda ronda sobre expectativas.

El tercer canal es fiscal. El Estado dominicano opera con una estructura presupuestaria altamente rígida. Con un gasto total cercano a RD$1.62 billones para el año 2026, más del 50% se concentra en tres partidas: intereses de deuda (22%), nómina pública (23%) y subsidios eléctricos explícitos (más de RD$85 mil millones, el que puede elevarse dependiendo de los resultados financieros de las EDE, que en 2025 llegó a RD$106 mil millones). Si se añaden transferencias sociales y servicios esenciales, la rigidez presupuestaria operativa se sitúa en torno al 70% del gasto total.

Esta característica es clave. Significa que el espacio fiscal efectivo —es decir, el margen real que tiene el Estado para responder a shocks— puede reducirse a apenas 15%–20% del presupuesto. En términos nominales, esto equivale a aproximadamente RD$240,000–320,000 millones.

Cuando el petróleo sube de manera abrupta y sostenida, ese margen se consume rápidamente. Un shock energético que implique costos adicionales de RD$60,000 a RD$80,000 millones puede absorber entre 25% y 35% del espacio fiscal disponible. En ese contexto, la respuesta suele combinar mayor endeudamiento, reasignaciones presupuestarias y ajustes graduales en precios internos.

El cuarto canal es inflacionario. El aumento del petróleo se transmite rápidamente a los precios internos vía transporte, electricidad y alimentos. En la República Dominicana, esto podría desplazar la inflación desde niveles cercanos al 5.0% hacia rangos de 6.5%–8% en escenarios prolongados.

En una economía con alta informalidad laboral como la dominicana con un 54.5%, este efecto golpea con especial fuerza el ingreso real de los hogares. La inflación importada se convierte entonces en un problema social, no solo macroeconómico, al erosionar poder adquisitivo y aumentar la presión sobre subsidios y transferencias.

El quinto canal es financiero. Los shocks energéticos prolongados suelen traducirse en presiones sobre la política monetaria. Si el aumento del petróleo coincide con inflación elevada y depreciación cambiaria, el Banco Central enfrenta un dilema clásico de shock de oferta: endurecer condiciones financieras para contener precios o flexibilizar para sostener el crecimiento.

En ese contexto, las tasas de interés tienden a subir por múltiples vías.

Este canal financiero tiene implicaciones profundas. Tasas más altas encarecen el crédito al consumo, reducen la inversión privada y enfrían sectores sensibles como construcción y comercio. El shock energético, por tanto, termina trasladándose al ciclo económico interno.

A estos canales se suma el componente externo real. La economía dominicana depende críticamente de sectores generadores de divisas como el turismo y las zonas francas. El petróleo caro eleva costos logísticos globales y encarece el transporte aéreo, que se agudizaría por conductas precautorias de los turistas. En escenarios prolongados, esto puede reducir márgenes del sector turístico y desacelerar su crecimiento.

De igual manera, las zonas francas —altamente vinculadas a la demanda estadounidense— pueden resentir entornos de desaceleración global. Una moderación de 1–2 puntos porcentuales en el crecimiento de exportaciones de zonas francas bajo condiciones financieras globales restrictivas no es un escenario descartable.

Aquí aparece un factor adicional muchas veces subestimado: la política monetaria internacional. La tasa de interés de la Reserva Federal influye directamente en economías abiertas como la dominicana. Si un shock petrolero coincide con tasas altas en Estados Unidos, el financiamiento externo soberano y corporativo se encarece, se amplían diferenciales de tasas y aumentan presiones cambiarias y fuga de capital.

Este enfoque permite entender por qué los shocks petroleros no deben analizarse como eventos aislados. Son perturbaciones sistémicas que interactúan con la estructura económica preexistente. En países con baja dependencia energética, el impacto puede ser moderado. Pero en economías abiertas, importadoras de energía y con alta rigidez fiscal, el efecto es mucho más profundo.

En el caso dominicano, el marco macroeconómico suele construirse bajo supuestos energéticos relativamente benignos. Cuando esos supuestos se rompen, no se produce un simple ajuste de precios, sino una desviación estructural del escenario base. Se afectan simultáneamente la inflación, el déficit, el crecimiento y las condiciones financieras.

Esto tiene implicaciones importantes para el diseño de política económica. Primero, obliga a repensar el concepto de espacio fiscal. No basta con observar el déficit proyectado; es necesario evaluar la rigidez presupuestaria operativa y el margen real de maniobra del Estado. Segundo, subraya la importancia de fortalecer amortiguadores externos, como reservas internacionales y acceso a financiamiento en moneda local.

Tercero, pone sobre la mesa la necesidad de avanzar en la diversificación energética. La transición hacia matrices menos dependientes de combustibles fósiles no es solo una agenda ambiental; es una estrategia de estabilidad macroeconómica. Reducir la elasticidad petróleo–factura externa implica reducir vulnerabilidad sistémica.

Cuarto, resalta el valor de una coordinación más estrecha entre política fiscal y monetaria. En presencia de shocks de oferta externos, la respuesta aislada de cada política puede ser insuficiente. La gestión macroeconómica requiere un enfoque integral que considere simultáneamente inflación, actividad y estabilidad financiera.

Finalmente, obliga a cambiar la narrativa. El petróleo no es un precio más dentro del sistema económico. Es una variable estructural que condiciona el desempeño macro en economías dependientes de importaciones energéticas. Tratarlo como un fenómeno coyuntural conduce a diagnósticos incompletos y, en ocasiones, a respuestas de política subóptimas.

En síntesis, los shocks petroleros deben entenderse como eventos macro sistémicos. En la República Dominicana, su impacto se transmite por múltiples canales cuantificables: externo, fiscal, cambiario, inflacionario, financiero y sectorial. La magnitud final del efecto dependerá de la duración del shock, del entorno internacional y, sobre todo, de la capacidad institucional para gestionarlo.

En un mundo cada vez más volátil, donde los riesgos geopolíticos energéticos reaparecen con fuerza, la verdadera pregunta no es si el petróleo volverá a generar shocks, sino cuán preparada está la economía dominicana para absorberlos sin comprometer su estabilidad macroeconómica y la confianza social.

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