Cuando las montañas se visten de fuego
Por Altagracia Paulino
Dedicado a mi primo German Ureña (QEPD).
Los primeros cinco años de mi vida los viví en el campo, en la casa de mi abuela. Más allá del huerto, donde crecían las hortalizas que alimentaban la mesa familiar, comenzaba un bosque húmedo sembrado de café. Allí, entre la neblina de la mañana y el canto persistente de los pájaros, crecían altísimas matas de amapola que daban sombra al café. Eran tan altas que parecían tocar el cielo.
Recuerdo una en particular: una mata grande, de tronco robusto, con cuatro ángulos naturales que formaban escondites perfectos. Cuando mis primos y yo sentíamos que habíamos hecho alguna travesura, corríamos a refugiarnos allí. Nadie nos encontraba. Ese árbol era nuestro cómplice silencioso, nuestro pequeño refugio seguro.
Entre enero y febrero las amapolas florecían. El color mamey encendía las montañas como si el fuego hubiera decidido posarse sobre ellas. Era un espectáculo natural que no necesitaba escenario ni aplausos. Las flores, además de hermosas, eran juguetonas: con ellas hacíamos pitos improvisados y pasábamos horas enteras riendo, inventando mundos, respirando aire puro y libertad.
Con los años entendí que esos paisajes no solo marcaron mi infancia; moldearon mi sensibilidad, mi manera de entender la vida y la comunidad. La riqueza de aquella etapa no fue material, fue emocional, fue cultural, fue profundamente humana y ha sido mi sostén a lo largo de mi existencia.
En Japón, cuando florecen los cerezos, el país entero se moviliza para contemplarlos. El florecimiento del sakura se convierte en una celebración colectiva, en un motivo de encuentro, turismo y contemplación. ¿Por qué no pensar algo parecido con nuestras amapolas?
En nuestro país, especialmente en las zonas montañosas del Cibao y en los bosques húmedos, las amapolas pintan el paisaje entre enero y febrero. Las montañas se tiñen de mamey intenso, creando un contraste maravilloso con el verde profundo del café y la vegetación. Es un espectáculo natural que podría convertirse en un atractivo cultural y turístico sostenible.
En lugares como San José de Ocoa, donde incluso se han sembrado cerezos como experiencia paisajística, ya existe la sensibilidad hacia este tipo de propuestas. Pero nuestras amapolas no son una importación; son parte de nuestra memoria rural, de nuestro ecosistema agrícola tradicional, de la historia del café que ha sostenido a tantas familias.
Promover rutas de floración, caminatas interpretativas en los bosques cafetaleros, encuentros culturales en temporada de amapolas, podría fortalecer y sostener el turismo interno, dinamizar economías locales y, sobre todo, conectar a las nuevas generaciones con la belleza de lo nuestro.
Cuando pienso en aquellas flores que iluminaban mi infancia, no solo recuerdo un color. Recuerdo la sensación de pertenencia, la seguridad de un tronco protector, la risa compartida. Las amapolas no eran solo árboles de sombra para el café; eran guardianas de historias.
Pienso que ha llegado el momento de mirar nuestras montañas en enero y febrero, y reconocer que cuando se visten de fuego no solo están floreciendo los árboles: también florece nuestra identidad.
Ahora que se habla del turismo sustentable, incursionar en contemplar las amapolas también llevaría a los turistas y visitantes extranjeros, a conocer la cobija del café, la bebida que conocen, pero que muchos no saben como se produce. Sería una buena forma de mostrar lo que tenemos fuera de las playas.
El espectáculo de las amapolas es sencillamente impresionante y digno de contemplación.

