Gracejo de la poesía

Por Pedro Conde Sturla

El caso es que a la hora señalada fuimos a buscar al poeta a la Colonia del Valle. Era un poeta inmenso, casi más ancho que largo, y prácticamente no cabía en el asiento trasero de mi Volkswagen blanco. Además, el poeta no estaba solo. Entró, ¡ay!, acompañado de uno de esos perfumes baratos que alguna gente usa para disimular los olores corporales, la falta de agua y jabón. Lo que quiero decir es que entró como quien dice en compañía de un desapacible aroma, de eso que García Márquez llama en un cuento memorable “el olor de la civilización”. Era, en ese sentido, muy civilizado el poeta.


Bueno, a decir verdad, y dejando a un lado los eufemismos, lo que se traía el poeta era una sobaquina monumental, un golpe de ala, un agresivo aliento axilar. Froderigo acusó el golpe. Lo acusamos… Ambos a un tiempo abrimos las ventanillas giratorias para dejar entrar más aire y la cosa se puso peor. Fue como batir eso que nunca se debe batir, batir de la blandita. El aire entrante removió el aire estancado y se produjo una química espantosa, un como vinagre podrido, picante y pútrido a la vez. Indefinible.

Detuve el auto y me volví hacia el poeta, luego hacia Froderigo. Me faltaba valor para encarar la situación y me faltaba oxígeno. Salí a respirar ansiosamente y respiré ancho y profundo. Vi que en el auto
Froderigo agonizaba. Con cierta dificultad estaba abriendo la puerta para escapar de la cámara de gas en que se había convertido el vehículo. El poeta preguntó si pasaba algo.

Lo que pasaba se lo expliqué al desfalleciente Froderigo cuando logró recuperar el aliento. Lo encaré, más bien, con mi peor cara y le dije hasta del mal que iba a morir. ¿Por qué me habían elegido a mi, precisamente a mí, a mí para cargar con ese muerto? Pero Froderigo era inocente, él tampoco lo conocía. También para el se trataba de una sorpresa. Lo suyo, igual que lo mío, había sido olor a primera vista.
El caso es que alguien tenía que explicarle al brillante poeta que en esas condiciones no podía asistir a un homenaje en el flamante auditorio del Palacio de Bellas Artes. Alguien tenia que decírselo y no sería yo quien lo diría.

Por suerte Froderigo era un tipo suave, diplomático y le explicó la situación al poeta y el poeta pareció entender. Hizo como que entendió. Se llevó repetidas veces las axilas a la nariz o quizás viceversa, y al parecer entendió.

Pidió entonces unos minutos, se bajó del auto y regresó a su casa. Pensamos con alivio que iría a bañarse y cambiarse de ropa, pero lo de los minutos iba en serio. No pasaron dos minutos cuando ya venía de regreso con la misma ropa y un aire que parecía triunfal.

La ropa que vestía era, sin duda, un triunfo de la imaginación. Llevaba pantalones vaqueros y saco de corduroy, y bajo el saco una chacabana roja con corbata roja, zapatos tenis igualmente rojos y un librito rojo de Mao a manera de pañuelo en el bolsillo de pecho.

A Mao se lo debía todo. Su imagen pública era, de hecho, la de un Mao Tse Tung de la poesía, de la poesía y la revolución. Las principales redes sociales acogían páginas dedicadas al culto de su personalidad. Continuamente recibía —o se agenciaba— todo tipo de premios y reconocimientos, publicaba artículos, que no escribía, en los principales diarios y fingía ser un intelectual de fuste. Posaba, además, y casi siempre, como un típico poeta revolucionario, revolucionario de salón, de los que siempre tienen esa palabra en la boca. Revolución y poesía, poesía y revolución. En cierto sentido era un mago de la palabra. Con dos palabras mágicas —revolución y poesía— había construido su imagen. De dos palabras mágicas vivía.

Cuando empezó a acercarse, con el aire triunfal que ya se dijo, estaba envuelto como en un halo luminoso que no parecía celestial.

Hacía calor y el poeta sudaba como un sol y olía como a desodorante. En cuanto estuvo cerca nos dimos cuenta de que la cosa había empeorado. Se había dado un baño con un desodorante spray o algo parecido. Había añadido una nueva peste a la pestilencia. Ahora estaba estrenando una peste inédita. Una fetidez cloacal.

Froderigo y yo nos miramos con aire contrito, sin saber qué hacer ni que decir. El poeta volvió a subir al auto o mejor dicho tomó posesión del mismo, dijo que hacía calor y pidió que pusiéramos el aire acondicionado. Froderigo y yo nos miramos compasivamente y sacamos la cabeza por la ventana.

Así, de este modo asfixiante y temerario, logré llegar hasta la primera parada del metro y estacioné el vehículo para continuar el viaje por ese medio, pues en el Volkswagen probablemente no hubiéramos llegado vivos o enteros a Bellas Artes. En cuanto nos bajamos descubrí que ahora todos olíamos igual, que se nos había pegado la sobaquina y olíamos uno peor que el otro y extendimos al poeta una clandestina mirada de reproche. Él advirtió la muda acusación y protestó con voz airada:

—Esos son prejuicios pequeños y burgueses, déjense de pendejadas y mantengamos la frente en alto. No le hagamos el juego al imperialismo.

Froderigo y yo dimos la callada por respuesta y bajamos al metro, que estaba repleto, por desgracia. Desde que entramos la gente comenzó a protestar, a mirarse la suela de los zapatos, a olerse las axilas con insistencia. En el vagón no cabía un alma. El olor, por suerte, se disipó, se contagió a todos los pasajeros y eso evitó que identificaran el lugar de origen, que nos señalaran a nosotros como culpables. Pero la gente no dejaba de quejarse, de echar maldiciones y sanantonios. Hasta Froderigo y yo empezamos a protestar contra semejante ultraje, a quejarnos del mal olor. Sólo el poeta permanecía impertérrito.

Cuando salimos del metro respiré con toda mi alma y supe que iba a vivir un día más. A pesar del empeño llegamos al lugar un poco tarde y en la entrada del Palacio de Bellas Artes esperaba el cenáculo impaciente, la flor y nata de los poetas del reino, los miembros más encumbrados de la secta. En sus manos lo dejamos al inmenso poeta y enseguida nos alejamos prudentemente del lugar. Todos fingieron alegrarse al verlo y le dieron la más cordial bienvenida. En el auditorio, a casa llena, aguardaba una legión de admiradores. Entró, pues, el poeta, en compañía de los miembros de su séquito, que ya comenzaban a dar ciertas muestras de inquietud olfativa. Lo último que vi fue que las puertas se cerraron y lo último que oí fueron los aplausos atronadores.

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