El multipolarismo y sus límites
Por Atilio Boron
Los acontecimientos de los últimos años fueron testigos de una significativa mutación del sistema internacional. El equilibrio de fuerzas que había prevalecido desde el derrumbe de la Unión Soviética, signado por el predominio incontestable del unipolarismo estadounidense, fue erosionándose sin pausa y a un ritmo cada vez más acelerado en la medida en que actores y países de la periferia se convertían en pujantes centros de creación de riquezas y protagonistas de formidables avances tecnológicos.
Estamos hablando, sin nombrarla, de China, pero también de Rusia, la India y, en menor medida, de un puñado de países del Sur Global. No solo eso. El desplazamiento del centro de gravedad de la economía mundial desde el Atlántico Norte hacia el Asia-Pacífico escenificó una silenciosa revolución cuyas consecuencias no cesan de crecer y ramificarse.
No exageran quienes sostienen la tesis del fin de una extensa época histórica, que a lo largo de los últimos 500 años atestiguó el predominio indisputado de Occidente sobre el resto del mundo, convertido en un archipiélago de colonias sometidas a siglos de opresión y saqueo. Pero eso ya es un capítulo cerrado de la historia.
Hoy, los Brics ya superan al G7 en tamaño del PIB cuando se lo mide, como debe ser, por paridad de poder adquisitivo (PPA). En efecto, el conglomerado de las potencias emergentes, las cinco originales: Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, ya representan un 37% del PIB mundial frente a un 30% del G7. Con los nuevos socios incorporados en el 2025, su gravitación se incrementó hasta sobrepasar un 40% y la tendencia es cada vez más acentuada.
Múltiples dimensiones de análisis ratifican la conformación de un sistema internacional multipolar, o policéntrico. Los avances en materia informática de China y la India relegan a Estados Unidos a un cada vez más distante tercer lugar, seguido de cerca por Rusia.
El número de graduados STEM (acrónimo de Science, Technology, Engineering y Mathematics) es harto elocuente: China gradúa a 3.570.000 estudiantes por año en esas especialidades cruciales para el mundo de la informática en todas sus manifestaciones: IA, robótica, cibernética, etcétera. Le siguen la India, con 2.550.000; Estados Unidos, con 820.000, y Rusia, con 520.000. O sea, por cada graduado estadounidense hay más de cuatro graduados chinos.
En lo que hace a la electricidad, insumo imprescindible para el mundo de la informática y la vida moderna, China genera aproximadamente un tercio de la energía eléctrica a nivel mundial y Estados Unidos un 15%, seguido por la India y Rusia. China, a su vez, es de lejos el mayor exportador mundial y se ha convertido, como lo fuera Inglaterra en el siglo XIX, en “el taller industrial del planeta”.
Podríamos seguir revisando indicadores del más diverso tipo y el diagnóstico global sería el mismo: el planeta asiste a una redistribución del poder mundial que pone en cuestión las asimetrías forjadas en los años de la segunda posguerra, sea en el bipolarismo EE.UU.-URSS o en el “momento unipolar”, como se denominó al breve período posterior a la implosión de la Unión Soviética y que concluyó, para apelar a un componente catastrófico, con los atentados del 11-S, en el 2001.
En esta nueva configuración del poder mundial, el poderío económico ya no se concentra en el Occidente colectivo. Este sigue siendo importante, pero la región del Asia-Pacífico lo es mucho más. En el terreno de las tecnologías de punta, Estados Unidos ha venido perdiendo posiciones a favor de China y, en ciertas ramas, de la India.
El dólar, otrora la moneda única de cambio en la economía mundial, viene retrocediendo lentamente, pero sin solución de continuidad y enfrentando la competencia de otras monedas, principalmente el euro y el yuan. En la actualidad, aproximadamente un 57% de las reservas mundiales están denominadas en dólares. En los años 50 del siglo XX, con el dólar convertible en oro a razón de 35 dólares la onza, el dólar era la moneda de reserva en una cifra cercana al 90% en las economías del llamado “mundo libre”, es decir, las economías que estaban fuera del espacio económico soviético y que se regían por los acuerdos de Bretton-Woods. En 1971 el presidente Richard Nixon puso fin a la convertibilidad y desde ese entonces la moneda estadounidense se aceptó, porque se confiaba en que mantendría su valor a lo largo del tiempo. Pero la realidad es que tal cosa no ocurrió y hoy la onza de oro cotiza en torno a los 4.500 dólares.
Esta devaluación del signo monetario estadounidense se explica, entre otras cosas, por los déficits en la balanza comercial, los efectos de su desindustrialización, el predominio parasitario de la especulación financiera y, sobre todo, el fenomenal endeudamiento de la Casa Blanca. En marzo de 2026, la deuda pública de Estados Unidos superó el récord histórico llegando a los 39 billones de dólares (es decir, 39 millones de millones de dólares), más del 120% del PIB estadounidense proyectado para este año.
Esta deuda es impulsada por el elevado déficit fiscal causado, entre otras cosas, por la regresividad de un régimen tributario en el que los grandes capitales gozan de significativas exenciones mientras que el resto de la sociedad sostiene con sus impuestos el funcionamiento del Estado y sus exorbitantes presupuestos militares.
Uno de los estadounidenses más ricos del planeta, Warren Buffet, viene pidiendo hace años un significativo aumento en los impuestos a los millonarios y a las grandes empresas para preservar la existencia de las clases medias en su país que, según él, pagan más impuestos que los millonarios, beneficiados con toda suerte de subsidios y exenciones impositivas. Evitar el empobrecimiento de las clases medias es un imperativo categórico para fortalecer el consumo masivo, estimular las ventas de las empresas y robustecer la alicaída legitimidad de la economía capitalista, sobre todo entre los jóvenes.
Debido a esta conjunción de factores, los intereses que el Gobierno de Estados Unidos debe pagar por la deuda pública ya se equiparan con el fenomenal gasto en defensa: 970.000 millones de dólares, triplicándose en relación a los intereses pagados en 2020 debido al imparable incremento de la deuda y a la subida de las tasas de interés dispuesta por la FED desde 2022.
Uno de los rasgos más llamativos del emergente sistema multipolar es la declinación de Estados Unidos como superpotencia. Sin duda, sigue siendo un país muy poderoso, pero ya no tiene la capacidad de prevalecer como antaño. Su poderío se basa cada vez más en su potencia militar, sin duda la mayor del planeta, pero, como ya se dijo, su economía enfrenta numerosos problemas y su clase dirigente está profundamente dividida.
El trumpismo ha propinado un golpe mortal al famoso “consenso bipartidario” que durante décadas fue la base para la continuidad de la supremacía norteamericana en el teatro de la política mundial. Hoy, su menguado predominio descansa más en su fuerza militar que en su capacidad hegemónica. Con Trump, sus tradicionales alianzas, especialmente con los países europeos, se han disuelto, y su “poder blando”, sintetizado en su creciente desprestigio internacional, su incoherencia en el trato con sus aliados y el perdido liderazgo en materia tecnológica, ha cedido lugar a China.
Trump también terminó por hundir el famoso “orden mundial basado en reglas” al violar cada una de ellas con su desaforada gestión de gobierno. Guerras no autorizadas por el Congreso de Estados Unidos; asesinatos extrajudiciales en el Caribe y el Pacífico en ataques a supuestas “narcolanchas” sin que hubiera evidencia alguna que confirmara esa acusación; bombardeo de Caracas y La Guaira y secuestro del presidente Nicolás Maduro Moros en Venezuela, violentando groseramente la Carta de las Naciones Unidas y los preceptos del derecho internacional; ataque a Irán en junio del año pasado y guerra abierta desde el 28 de febrero de 2026 mientras se mantenían conversaciones para poner fin al conflicto, en un acto de imperdonable traición.
Si a eso se suman las amenazas que a diario profiere Trump, desde posesionarse de Cuba y apoderarse de Groenlandia hasta “recuperar” para Estados Unidos el Canal de Panamá, y la interminable retahíla de anuncios de aumentos de aranceles y tarifas, el panorama internacional no podría estar más convulsionado, con Israel practicando con total impunidad un genocidio a cielo abierto con el apoyo financiero, diplomático y militar de Washington y los países de la Unión Europea.
Dadas esas condiciones, sorprende llamativamente cómo países muy poderosos como los que integran el Brics no hayan corrido en ayuda de Cuba, sometida a una agresión brutal, un genocidio tal como lo tipifica la ONU, aceptando sin chistar la imposición de Estados Unidos y sus amenazas sobre quienquiera que se atreva a transportar combustibles y otros bienes a la isla. ¿Cómo puede ser que Rusia, China, la India, el mismo Brasil, acepten sin chistar las amenazas de Trump? ¿Alguien cree que Estados Unidos comenzaría una Tercera Guerra Mundial porque se envía un buque petrolero a Cuba? ¿Cuál puede ser el castigo para quienes acudan en ayuda a la isla rebelde? ¿Sanciones, nuevos aranceles, ruptura diplomática? ¿Qué importancia pueden tener esas medidas para países como los nombrados, que a su vez disponen de poderosos mecanismos de retaliación como, por ejemplo, elevar los aranceles a los productos procedentes de Estados Unidos?
Si los principales actores de la nueva constelación de la política internacional se comportan como obedientes y pasivos testigos de la prepotencia de Estados Unidos, limitándose a emitir sonoras pero inconducentes declaraciones como respuesta a crímenes como el actual bloqueo integral en contra de Cuba, Washington no tardará un minuto en arremeter con todas sus fuerza contra esos países.
Nada exacerba más la belicosidad del Imperio que la debilidad o los titubeos de sus contendores en la arena internacional. Y poco tardará en propinar un zarpazo brutal al naciente multipolarismo.

