El cielo enredado
Por Manuel Martínez
El problema eléctrico dominicano se arrastra desde mediados de los años sesenta. Lo que comenzó como una crisis de generación y distribución energética terminó convirtiéndose, décadas después, en una característica visual permanente de nuestras ciudades. A medida que el crecimiento urbano avanzó de forma acelerada y desorganizada, también creció una red aérea de cables eléctricos, telefónicos y de telecomunicaciones que terminó colonizando el paisaje urbano.
Hoy, los cables forman parte inseparable de la identidad visual dominicana. No importa el nivel social del sector: desde barrios populares hasta avenidas comerciales y zonas céntricas, el cielo urbano aparece fragmentado por una maraña de líneas negras que atraviesan calles, fachadas y esquinas.
El cielo dominicano vive enredao.
La contaminación visual ya no se percibe como anomalía; se percibe como normalidad. La ciudad aprendió a convivir con el desorden visual hasta convertirlo en paisaje cotidiano. El ciudadano dejó de mirar hacia arriba. Los postes sobrecargados, transformadores improvisados y conexiones superpuestas pasaron de ser señales temporales de precariedad a convertirse en elementos permanentes del entorno urbano.
Ese fenómeno tiene una dimensión mucho más profunda de lo que parece. Cuando una sociedad normaliza visualmente el desorden, también reduce su capacidad de imaginar el orden. La saturación visual deteriora la percepción del espacio público y transmite una sensación constante de provisionalidad, como si la ciudad estuviera eternamente “resolviendo” en lugar de planificar.
La calle deja de ser una experiencia urbana organizada y comienza a parecer una estructura improvisada sostenida por remiendos.
En ese contexto aparece el motoconchismo.
El motor no debe analizarse únicamente como medio de transporte o fenómeno económico. El motoconchismo también es una expresión visual de la improvisación urbana dominicana. La motocicleta invade aceras, cruces peatonales y espacios públicos con la misma lógica con la que los cables invaden el cielo: ambos responden a una ciudad que creció sin estructura suficiente para sostener su propio desarrollo.
La figura del motoconchista se convirtió en parte inseparable del paisaje urbano. Su presencia masiva refleja la ausencia histórica de planificación eficiente del transporte público, pero también revela algo más profundo: una cultura urbana basada en la inmediatez, la adaptación y la supervivencia cotidiana.
El motoconcho resolvió una necesidad real del ciudadano dominicano. Conectó barrios, agilizó desplazamientos y creó oportunidades económicas para miles de familias. Sin embargo, al mismo tiempo, transformó radicalmente la experiencia visual de la ciudad.
Las aceras dejaron de pertenecer exclusivamente al peatón. Las esquinas comenzaron a funcionar como paradas improvisadas. El ruido de los motores se convirtió en sonido permanente del entorno urbano. La ciudad empezó a moverse con una lógica de urgencia constante.
Ese mismo fenómeno evolucionó con la aparición masiva de los servicios de delivery.
Las mochilas corporativas, la publicidad en los cascos, la circulación agresiva y la presencia permanente de motocicletas construyen hoy una nueva capa visual sobre una ciudad ya saturada. El delivery no solo transforma la movilidad; transforma también la imagen urbana.
Las plataformas digitales introdujeron velocidad y comodidad, pero también intensificaron la ocupación visual del espacio público. Cada semáforo lleno de motocicletas revela una ciudad funcionando bajo presión, donde todo parece urgente y donde el tiempo urbano se acelera constantemente.
La suma de cables eléctricos, motores, deliverys, letreros improvisados, aceras ocupadas y contaminación sonora produce una estética del caos que hemos terminado aceptando como identidad nacional.
Y quizás ese sea el problema más profundo: la normalización del deterioro visual.
Basta imaginar por un instante una calle como la Nicolás de Ovando sin cables eléctricos visibles, con aceras despejadas y menor saturación visual, para comprender el impacto real de esa contaminación cotidiana. La arquitectura reaparece. El cielo recupera profundidad. Las fachadas vuelven a respirar. La ciudad parece más humana, más organizada y más consciente de sí misma.
Esa simple ausencia revela algo importante: muchas veces no somos plenamente conscientes del deterioro visual hasta que imaginamos cómo podría verse el espacio sin él.
La discusión sobre el soterrado del cableado eléctrico suele plantearse desde la ingeniería o la inversión pública, pero también debería abordarse desde la cultura visual y la construcción simbólica de ciudad. El paisaje urbano comunica valores. Una ciudad limpia visualmente transmite orden, planificación y dignidad colectiva; una ciudad saturada y caótica transmite abandono institucional y normalización del desorden.
La comunicación visual no vive únicamente en los afiches, las marcas o la publicidad. También vive en los postes eléctricos, en el estado de las aceras, en la relación entre peatón y vehículo, en la organización del espacio público y en la manera en que una ciudad decide verse a sí misma.
Las ciudades hablan.
Y el paisaje urbano dominicano lleva décadas diciendo que hemos aprendido a sobrevivir dentro del caos, pero todavía no hemos decidido cómo queremos vernos en el futuro.
