Planificación territorial, ambiente y vida cotidiana en la República Dominicana
𝗣𝗼𝗿 𝗟𝘂𝗶𝘀 𝗖𝗮𝗿𝘃𝗮𝗷𝗮𝗹 𝗡𝘂́𝗻̃𝗲𝘇
𝗔𝗥𝗧𝗜́𝗖𝗨𝗟𝗢 𝟮 𝗗𝗘 𝟲
𝗟𝗢𝗦 𝗠𝗔𝗣𝗔𝗦 𝗤𝗨𝗘 𝗡𝗢 𝗖𝗢𝗡𝗩𝗘𝗥𝗦𝗔𝗡: 𝗣𝗢𝗥 𝗤𝗨𝗘́ 𝗟𝗔 𝗥𝗘𝗣𝗨́𝗕𝗟𝗜𝗖𝗔 𝗗𝗢𝗠𝗜𝗡𝗜𝗖𝗔𝗡𝗔 𝗡𝗘𝗖𝗘𝗦𝗜𝗧𝗔 𝗢𝗥𝗗𝗘𝗡𝗔𝗥 𝗦𝗨 𝗧𝗘𝗥𝗥𝗜𝗧𝗢𝗥𝗜𝗢 𝗗𝗘𝗦𝗗𝗘 𝗟𝗔 𝗩𝗜𝗗𝗔
𝗜𝗗𝗘𝗔𝗦 𝗖𝗘𝗡𝗧𝗥𝗔𝗟𝗘𝗦
𝗜𝗱𝗲𝗮 𝗰𝗲𝗻𝘁𝗿𝗮𝗹 𝟭: 𝗟𝗮 𝗥𝗲𝗽𝘂́𝗯𝗹𝗶𝗰𝗮 𝗗𝗼𝗺𝗶𝗻𝗶𝗰𝗮𝗻𝗮 𝗻𝗼 𝗰𝗮𝗿𝗲𝗰𝗲 𝗱𝗲 𝗺𝗮𝗽𝗮𝘀 𝗻𝗶 𝗱𝗲 𝗰𝗹𝗮𝘀𝗶𝗳𝗶𝗰𝗮𝗰𝗶𝗼𝗻𝗲𝘀 𝘁𝗲𝗿𝗿𝗶𝘁𝗼𝗿𝗶𝗮𝗹𝗲𝘀; 𝗹𝗼 𝗾𝘂𝗲 𝗹𝗲 𝗳𝗮𝗹𝘁𝗮 𝗲𝘀 𝘂𝗻𝗮 𝗷𝗲𝗿𝗮𝗿𝗾𝘂𝗶́𝗮 𝗰𝗹𝗮𝗿𝗮 𝗲𝗻𝘁𝗿𝗲 𝗲𝗹𝗹𝗮𝘀.
𝗜𝗱𝗲𝗮 𝗰𝗲𝗻𝘁𝗿𝗮𝗹 𝟮: 𝗘𝗹 𝗺𝗮𝗽𝗮 𝗽𝗼𝗹𝗶́𝘁𝗶𝗰𝗼-𝗮𝗱𝗺𝗶𝗻𝗶𝘀𝘁𝗿𝗮𝘁𝗶𝘃𝗼 𝗻𝗼 𝘀𝗶𝗲𝗺𝗽𝗿𝗲 𝗰𝗼𝗶𝗻𝗰𝗶𝗱𝗲 𝗰𝗼𝗻 𝗲𝗹 𝗺𝗮𝗽𝗮 𝗲𝗰𝗼𝗹𝗼́𝗴𝗶𝗰𝗼, 𝗵𝗶́𝗱𝗿𝗶𝗰𝗼, 𝗴𝗲𝗼𝗺𝗼𝗿𝗳𝗼𝗹𝗼́𝗴𝗶𝗰𝗼 𝗻𝗶 𝘀𝗼𝗰𝗶𝗮𝗹 𝗱𝗲𝗹 𝘁𝗲𝗿𝗿𝗶𝘁𝗼𝗿𝗶𝗼.
𝗜𝗱𝗲𝗮 𝗰𝗲𝗻𝘁𝗿𝗮𝗹 𝟯: 𝗣𝗹𝗮𝗻𝗶𝗳𝗶𝗰𝗮𝗿 𝗯𝗶𝗲𝗻 𝘀𝗶𝗴𝗻𝗶𝗳𝗶𝗰𝗮 𝗮𝘀𝗶𝗴𝗻𝗮𝗿 𝗮 𝗰𝗮𝗱𝗮 𝘁𝗲𝗿𝗿𝗶𝘁𝗼𝗿𝗶𝗼 𝗹𝗮 𝗳𝘂𝗻𝗰𝗶𝗼́𝗻 𝗾𝘂𝗲 𝗽𝘂𝗲𝗱𝗲 𝗰𝘂𝗺𝗽𝗹𝗶𝗿 𝘀𝗶𝗻 𝗱𝗲𝘀𝘁𝗿𝘂𝗶𝗿 𝗮𝗴𝘂𝗮, 𝘀𝘂𝗲𝗹𝗼, 𝗯𝗶𝗼𝗱𝗶𝘃𝗲𝗿𝘀𝗶𝗱𝗮𝗱, 𝘀𝗲𝗴𝘂𝗿𝗶𝗱𝗮𝗱 𝗻𝗶 𝗯𝗶𝗲𝗻𝗲𝘀𝘁𝗮𝗿 𝗵𝘂𝗺𝗮𝗻𝗼.
La República Dominicana tiene muchas maneras de dividir y nombrar su territorio.
𝗧𝗲𝗻𝗲𝗺𝗼𝘀 𝗽𝗿𝗼𝘃𝗶𝗻𝗰𝗶𝗮𝘀, 𝗺𝘂𝗻𝗶𝗰𝗶𝗽𝗶𝗼𝘀, 𝗱𝗶𝘀𝘁𝗿𝗶𝘁𝗼𝘀 𝗺𝘂𝗻𝗶𝗰𝗶𝗽𝗮𝗹𝗲𝘀, 𝘀𝗲𝗰𝗰𝗶𝗼𝗻𝗲𝘀, 𝗽𝗮𝗿𝗮𝗷𝗲𝘀, 𝗯𝗮𝗿𝗿𝗶𝗼𝘀 𝘆 𝘀𝘂𝗯𝗯𝗮𝗿𝗿𝗶𝗼𝘀. 𝗧𝗲𝗻𝗲𝗺𝗼𝘀 𝘁𝗮𝗺𝗯𝗶𝗲́𝗻 𝗿𝗲𝗴𝗶𝗼𝗻𝗲𝘀 𝘂́𝗻𝗶𝗰𝗮𝘀 𝗱𝗲 𝗽𝗹𝗮𝗻𝗶𝗳𝗶𝗰𝗮𝗰𝗶𝗼́𝗻, 𝗰𝘂𝗲𝗻𝗰𝗮𝘀 𝗵𝗶𝗱𝗿𝗼𝗴𝗿𝗮́𝗳𝗶𝗰𝗮𝘀, 𝘇𝗼𝗻𝗮𝘀 𝗱𝗲 𝘃𝗶𝗱𝗮, 𝗽𝗿𝗼𝘃𝗶𝗻𝗰𝗶𝗮𝘀 𝗲𝗰𝗼𝗹𝗼́𝗴𝗶𝗰𝗮𝘀, 𝗿𝗲𝗴𝗶𝗼𝗻𝗲𝘀 𝗴𝗲𝗼𝗺𝗼𝗿𝗳𝗼𝗹𝗼́𝗴𝗶𝗰𝗮𝘀, 𝗮́𝗿𝗲𝗮𝘀 𝗽𝗿𝗼𝘁𝗲𝗴𝗶𝗱𝗮𝘀, 𝗿𝗲𝘀𝗲𝗿𝘃𝗮𝘀 𝗱𝗲 𝗯𝗶𝗼𝘀𝗳𝗲𝗿𝗮, 𝘇𝗼𝗻𝗮𝘀 𝗮𝗴𝗿𝗶́𝗰𝗼𝗹𝗮𝘀, 𝘇𝗼𝗻𝗮𝘀 𝘂𝗿𝗯𝗮𝗻𝗮𝘀, 𝘇𝗼𝗻𝗮𝘀 𝘁𝘂𝗿𝗶́𝘀𝘁𝗶𝗰𝗮𝘀, 𝘇𝗼𝗻𝗮𝘀 𝗶𝗻𝗱𝘂𝘀𝘁𝗿𝗶𝗮𝗹𝗲𝘀, 𝘁𝗲𝗿𝗿𝗶𝘁𝗼𝗿𝗶𝗼𝘀 𝗱𝗲 𝗿𝗶𝗲𝘀𝗴𝗼 𝘆 𝘁𝗲𝗿𝗿𝗶𝘁𝗼𝗿𝗶𝗼𝘀 𝗱𝗲 𝗮𝗹𝘁𝗼 𝘃𝗮𝗹𝗼𝗿 𝗮𝗺𝗯𝗶𝗲𝗻𝘁𝗮𝗹.
El problema no está en la ausencia de clasificaciones.
𝗘𝗹 𝗽𝗿𝗼𝗯𝗹𝗲𝗺𝗮 𝗮𝗽𝗮𝗿𝗲𝗰𝗲 𝗰𝘂𝗮𝗻𝗱𝗼 𝗲𝘀𝗮𝘀 𝗰𝗹𝗮𝘀𝗶𝗳𝗶𝗰𝗮𝗰𝗶𝗼𝗻𝗲𝘀 𝗻𝗼 𝗰𝗼𝗻𝘃𝗲𝗿𝘀𝗮𝗻 𝗲𝗻𝘁𝗿𝗲 𝘀𝗶́, 𝗼 𝗰𝘂𝗮𝗻𝗱𝗼 𝘂𝗻𝗮 𝘀𝗲 𝗶𝗺𝗽𝗼𝗻𝗲 𝘀𝗼𝗯𝗿𝗲 𝗹𝗮𝘀 𝗱𝗲𝗺𝗮́𝘀 𝘀𝗶𝗻 𝗿𝗲𝗰𝗼𝗻𝗼𝗰𝗲𝗿 𝗹𝗼𝘀 𝗹𝗶́𝗺𝗶𝘁𝗲𝘀 𝗿𝗲𝗮𝗹𝗲𝘀 𝗱𝗲𝗹 𝘁𝗲𝗿𝗿𝗶𝘁𝗼𝗿𝗶𝗼.
Una provincia puede tener valles agrícolas, montañas, zonas de recarga hídrica, laderas inestables, ciudades en expansión, ríos contaminados y zonas rurales que sostienen la vida urbana. Sin embargo, muchas veces se planifica como si fuera una unidad homogénea.
𝗛𝗔𝗬 𝗤𝗨𝗘 𝗗𝗜𝗦𝗧𝗜𝗡𝗚𝗨𝗜𝗥 𝗧𝗥𝗘𝗦 𝗠𝗔𝗣𝗔𝗦 𝗙𝗨𝗡𝗗𝗔𝗠𝗘𝗡𝗧𝗔𝗟𝗘𝗦.
𝗘𝗹 𝗽𝗿𝗶𝗺𝗲𝗿𝗼 𝗲𝘀 𝗲𝗹 𝗺𝗮𝗽𝗮 𝗽𝗼𝗹𝗶́𝘁𝗶𝗰𝗼-𝗮𝗱𝗺𝗶𝗻𝗶𝘀𝘁𝗿𝗮𝘁𝗶𝘃𝗼.
Es el mapa de las provincias, municipios, distritos municipales, secciones y parajes. Sirve para elegir autoridades, organizar servicios, distribuir competencias, cobrar arbitrios, aprobar permisos y gestionar el poder local. Es necesario, pero no suficiente.
𝗘𝗹 𝘀𝗲𝗴𝘂𝗻𝗱𝗼 𝗲𝘀 𝗲𝗹 𝗺𝗮𝗽𝗮 𝗲𝗰𝗼𝗹𝗼́𝗴𝗶𝗰𝗼-𝗵𝗶𝗱𝗿𝗼𝗴𝗲𝗼𝗺𝗼𝗿𝗳𝗼𝗹𝗼́𝗴𝗶𝗰𝗼.
Ahí aparecen las cuencas, subcuencas, ríos, cañadas, acuíferos, áreas de recarga, humedales, manglares, bosques secos, bosques húmedos, bosques nublados, zonas kársticas, llanuras de inundación, pendientes, montañas, valles, costas y corredores biológicos. Este mapa dice qué sostiene la vida y cuáles son los límites naturales del territorio.
𝗘𝗹 𝘁𝗲𝗿𝗰𝗲𝗿𝗼 𝗲𝘀 𝗲𝗹 𝗺𝗮𝗽𝗮 𝗳𝘂𝗻𝗰𝗶𝗼𝗻𝗮𝗹 𝗼 𝗺𝗲𝘁𝗮𝗯𝗼́𝗹𝗶𝗰𝗼.
Muestra dónde vive la población, por dónde entra el agua, dónde se produce comida, por dónde sale el agua servida, dónde se deposita la basura, dónde se ubican industrias contaminantes, qué zonas reciben presión inmobiliaria, qué territorios rurales cargan con impactos urbanos y qué comunidades reciben los daños que otros sectores no quieren ver.
𝗨𝗻𝗮 𝗽𝗹𝗮𝗻𝗶𝗳𝗶𝗰𝗮𝗰𝗶𝗼́𝗻 𝗮𝗺𝗯𝗶𝗲𝗻𝘁𝗮𝗹𝗺𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗰𝗼𝗿𝗿𝗲𝗰𝘁𝗮 𝗱𝗲𝗯𝗲 𝗹𝗼𝗴𝗿𝗮𝗿 𝗾𝘂𝗲 𝗲𝗹 𝗺𝗮𝗽𝗮 𝗲𝗰𝗼𝗻𝗼́𝗺𝗶𝗰𝗼, 𝘂𝗿𝗯𝗮𝗻𝗼 𝗲 𝗶𝗻𝗳𝗿𝗮𝗲𝘀𝘁𝗿𝘂𝗰𝘁𝘂𝗿𝗮𝗹 𝘀𝗲 𝘀𝘂𝗯𝗼𝗿𝗱𝗶𝗻𝗲 𝗮𝗹 𝗺𝗮𝗽𝗮 𝗲𝗰𝗼𝗹𝗼́𝗴𝗶𝗰𝗼.
El territorio no puede asignarse primero al negocio y después preguntarse si había agua, humedal, pendiente, riesgo o comunidad afectada. Ese orden invertido es el origen de muchos conflictos ambientales dominicanos.
𝗟𝗮 𝗮𝘀𝗶𝗴𝗻𝗮𝗰𝗶𝗼́𝗻 𝗱𝗲 𝗳𝘂𝗻𝗰𝗶𝗼𝗻𝗲𝘀 𝗱𝗲𝗹 𝘁𝗲𝗿𝗿𝗶𝘁𝗼𝗿𝗶𝗼 𝗱𝗲𝗯𝗲 𝗿𝗲𝘀𝗽𝗼𝗻𝗱𝗲𝗿 𝗽𝗿𝗲𝗴𝘂𝗻𝘁𝗮𝘀 𝗯𝗮́𝘀𝗶𝗰𝗮𝘀:
¿Este suelo debe producir agua, alimento, vivienda, conservación, turismo, industria, recreación o infraestructura sanitaria?
¿Puede cumplir esa función sin destruir otra más importante?
¿Es razonable permitir minería en una zona productora de agua?
¿Es aceptable urbanizar una llanura inundable?
¿Tiene sentido rellenar un humedal para levantar infraestructuras turísticas?
¿Puede instalarse un vertedero sobre una zona de recarga?
𝗟𝗮 𝗽𝗹𝗮𝗻𝗶𝗳𝗶𝗰𝗮𝗰𝗶𝗼́𝗻 𝘁𝗲𝗿𝗿𝗶𝘁𝗼𝗿𝗶𝗮𝗹 𝗲𝘀 𝘂𝗻𝗮 𝗱𝗲𝗰𝗶𝘀𝗶𝗼́𝗻 𝘀𝗼𝗯𝗿𝗲 𝗹𝗮 𝘃𝗶𝗱𝗮 𝗰𝗼𝘁𝗶𝗱𝗶𝗮𝗻𝗮.
Define si una familia tendrá agua limpia, si su casa se inundará, si respirará aire contaminado, si vivirá junto a un vertedero, si tendrá áreas verdes, si sus hijos caminarán seguros, si habrá alimentos cerca, si los ríos seguirán vivos y si el desarrollo será una promesa o una amenaza.
Por eso, el ordenamiento territorial debe partir de una regla elemental:
𝗲𝗹 𝘁𝗲𝗿𝗿𝗶𝘁𝗼𝗿𝗶𝗼 𝗻𝗼 𝗲𝘀 𝘂𝗻𝗮 𝘀𝘂𝗽𝗲𝗿𝗳𝗶𝗰𝗶𝗲 𝘃𝗮𝗰𝗶́𝗮 𝗲𝘀𝗽𝗲𝗿𝗮𝗻𝗱𝗼 𝘀𝗲𝗿 𝗼𝗰𝘂𝗽𝗮𝗱𝗮; 𝗲𝘀 𝘂𝗻𝗮 𝗿𝗲𝗱 𝘃𝗶𝘃𝗮 𝗱𝗲 𝗮𝗴𝘂𝗮, 𝘀𝘂𝗲𝗹𝗼, 𝗰𝗹𝗶𝗺𝗮, 𝗯𝗶𝗼𝗱𝗶𝘃𝗲𝗿𝘀𝗶𝗱𝗮𝗱, 𝘁𝗿𝗮𝗯𝗮𝗷𝗼, 𝗺𝗲𝗺𝗼𝗿𝗶𝗮 𝘆 𝗰𝗼𝗺𝘂𝗻𝗶𝗱𝗮𝗱.
Cuando esa red se rompe, el costo no lo paga solo la naturaleza. Lo paga la familia común: con enfermedades, inundaciones, calor extremo, apagones de agua, pérdida de cultivos, barrios vulnerables, aumento del costo de vida y deterioro de la convivencia.
𝗟𝗮 𝗽𝗿𝗶𝗺𝗲𝗿𝗮 𝘁𝗮𝗿𝗲𝗮 𝗲𝗱𝘂𝗰𝗮𝘁𝗶𝘃𝗮 𝗲𝘀, 𝗽𝗼𝗿 𝘁𝗮𝗻𝘁𝗼, 𝗮𝘆𝘂𝗱𝗮𝗿 𝗮 𝗹𝗮 𝗽𝗼𝗯𝗹𝗮𝗰𝗶𝗼́𝗻 𝗮 𝗹𝗲𝗲𝗿 𝗲𝗹 𝘁𝗲𝗿𝗿𝗶𝘁𝗼𝗿𝗶𝗼.
Saber dónde estamos no significa solamente conocer el nombre del municipio o la provincia. Significa entender en qué cuenca vivimos, sobre qué suelo estamos, qué riesgos nos rodean, qué ecosistemas nos protegen, qué actividades nos amenazan y qué instituciones tienen la obligación de responder.
𝗨𝗻 𝗽𝗮𝗶́𝘀 𝗾𝘂𝗲 𝗻𝗼 𝗲𝗻𝘁𝗶𝗲𝗻𝗱𝗲 𝘀𝘂𝘀 𝗺𝗮𝗽𝗮𝘀 𝘁𝗲𝗿𝗺𝗶𝗻𝗮 𝗰𝗼𝗻𝘃𝗶𝗿𝘁𝗶𝗲𝗻𝗱𝗼 𝗲𝗹 𝗱𝗲𝘀𝗮𝗿𝗿𝗼𝗹𝗹𝗼 𝗲𝗻 𝗱𝗲𝘀𝗼𝗿𝗱𝗲𝗻.
Un país que aprende a leerlos puede convertir la planificación territorial en una herramienta de justicia, seguridad, producción, conservación y bienestar.
En el próximo artículo hablaremos del mapa político, el presupuesto y el “desarrollo”.
