Nueva York y la derrota de Adriano Espaillat: el verdadero relevo no fue generacional,sino paradigmático
Por Carlos Sánchez
Viví veintiocho años en la ciudad de Nueva York. Hice mi vida en el Bronx y desarrollé mi labor profesional en Manhattan, donde durante los últimos once años tuve el honor de desempeñarme como Comisionado Dominicano de Cultura. Aunque nunca residí en el Distrito 13, seguí muy de cerca la evolución política de esa comunidad y, particularmente, el crecimiento de la representación dominicana en la vida pública estadounidense. En ese largo recorrido conocí personalmente a Adriano Espaillat. Siempre lo vi como un dirigente trabajador, cercano a su gente y comprometido con las aspiraciones de la comunidad dominicana. Precisamente por ese conocimiento y por el respeto que le profeso, su derrota en las recientes primarias demócratas no me produjo alegría. Me produjo una reflexión que va mucho más allá de una elección y de un candidato.
He leído numerosos análisis que presentan este resultado como una victoria de la juventud sobre la vieja política. Confieso que esa explicación nunca terminó de convencerme. Me parece que describe la parte visible del fenómeno, pero deja intacta su verdadera esencia. Es cierto que una dirigente joven derrotó a un político de larga experiencia, pero reducir lo ocurrido a una confrontación entre edades es quedarse en la superficie de los acontecimientos. A mi juicio, en Nueva York no comenzó un relevo generacional; comenzó a hacerse visible un relevo paradigmático. Lo que empezó a cambiar fue la manera de pensar la política.
La política suele cometer un error de perspectiva. Con frecuencia observa la edad de los dirigentes cuando debería observar las ideas que representan. Confunde la biología con la historia. Sin embargo, la historia nunca ha cambiado porque aparezca una generación más joven. Ha cambiado cuando surge una manera distinta de interpretar la realidad y de responder a los desafíos de una época. Los grandes cambios políticos no nacen del calendario; nacen de las ideas.
Basta detenerse un momento en el caso de Bernie Sanders. Si la juventud fuera la explicación de estos procesos, resultaría imposible comprender por qué un dirigente con más de ochenta años continúa despertando el entusiasmo de millones de jóvenes estadounidenses. Nadie lo sigue porque pertenezca a una determinada generación. Lo siguen porque durante décadas ha defendido con una coherencia poco común una visión distinta de la economía, del poder, de la justicia social y del papel del Estado. Su liderazgo demuestra que las personas no se movilizan detrás de una fecha de nacimiento, sino detrás de una concepción del mundo que consideran capaz de interpretar mejor la realidad y de ofrecer respuestas diferentes para el futuro.
Esa es, precisamente, la primera gran enseñanza que deja la elección de Nueva York.
La política no cambia cuando cambian las edades de sus dirigentes. Cambia cuando cambia la manera de pensar el poder, la sociedad y el futuro. Los paradigmas no son simples programas de gobierno ni listas de promesas electorales. Son sistemas de ideas que orientan la forma de comprender la realidad y, por tanto, condicionan las respuestas que se ofrecen desde el poder. Cuando un paradigma comienza a agotarse, todavía puede conservar dirigentes prestigiosos, organizaciones eficientes y estructuras electorales sólidas. Lo que empieza a perder es su capacidad para explicar convincentemente el tiempo que le ha tocado vivir.
Eso fue, precisamente, lo que comenzó a revelarse en Nueva York. La victoria de Zohran Mamdani sorprendió a muchos analistas porque rompió una lógica que durante años pareció consolidada dentro del Partido Demócrata. Sin embargo, pienso que el verdadero significado de esa elección no estuvo en la juventud del candidato, sino en el sistema de ideas que representó. Mamdani cuestionó postulados que durante mucho tiempo parecían inamovibles dentro del liderazgo tradicional de su partido y colocó en el centro del debate una visión diferente sobre la economía, el papel del Estado, la desigualdad, el costo de la vivienda y otros temas que hoy preocupan a una parte importante del electorado. No estaba proponiendo únicamente soluciones distintas para problemas concretos; estaba proponiendo un paradigma diferente desde el cual comprender la política, el poder y el papel del Estado.
Y esa diferencia no es menor. Una propuesta puede modificarse con el tiempo; un paradigma modifica la forma desde la cual se interpretan todas las propuestas. No se trata solamente de defender una política diferente en materia de vivienda, de salud o de política internacional. Se trata de comprender de otra manera la relación entre el Estado y el mercado, entre el poder económico y la democracia, entre la representación política y la ciudadanía. Ahí es donde se producen las verdaderas transformaciones históricas, aunque muchas veces pasen inadvertidas detrás del ruido cotidiano de las campañas electorales.
Por eso considero que la victoria de Mamdani marcó un punto de inflexión dentro del Partido Demócrata de Nueva York. No afirmo que ese proceso haya concluido ni que todas sus consecuencias puedan medirse desde ahora. Lo que sostengo es que su triunfo reveló la existencia de una corriente de pensamiento que ya no puede ser ignorada y que comenzó a disputar espacios reales de poder dentro de una de las estructuras políticas más importantes de los Estados Unidos.Pocos días después ocurrió otro hecho que terminó de reforzar esa impresión. La joven dominicana Darializa Ávila Chevalier derrotó a Adriano Espaillat, uno de los dirigentes hispanos más experimentados y respetados del Congreso estadounidense. De inmediato volvieron a aparecer las mismas explicaciones: una joven desplazaba a un veterano. Confieso que sigo creyendo que esa interpretación resulta insuficiente. La juventud pudo haber contribuido a proyectar una imagen de renovación, pero no fue la causa profunda de la victoria. Ávila Chevalier conectó con un sector importante del electorado porque no era simplemente la portadora de propuestas diferentes; era la expresión concreta de un paradigma distinto. Su posición frente a la guerra en Gaza, su cuestionamiento al peso de los grandes intereses económicos en las campañas y su identificación con una corriente progresista no eran simples posiciones sobre asuntos específicos. Eran manifestaciones de una manera diferente de comprender el poder, la democracia y el papel transformador de la política.
Ese fue, a mi entender, el verdadero debate que se produjo en las urnas. No una confrontación entre edades, sino entre paradigmas; no una competencia entre juventud y experiencia, sino entre dos maneras distintas de interpretar la realidad política contemporánea. Y es precisamente ahí donde, a mi juicio, comienza la explicación más profunda de la derrota de Adriano Espaillat.
Precisamente porque conocí a Adriano Espaillat me resisto a convertir este artículo en un juicio personal. Sería profundamente injusto. Su trayectoria forma parte de la historia política de los dominicanos en los Estados Unidos. Durante décadas trabajó por su comunidad y abrió espacios de representación cuando muy pocos imaginaban que un inmigrante dominicano pudiera llegar al Congreso de los Estados Unidos. Ese mérito nadie puede borrarlo ni debería desconocerlo. Las derrotas electorales no tienen el poder de borrar una vida de servicio, del mismo modo que las victorias tampoco convierten automáticamente a nadie en un gran estadista.
Pero reconocer esa trayectoria no impide analizar las razones de una derrota. Al contrario, obliga a hacerlo con serenidad. Tengo la impresión de que Adriano Espaillat no fue derrotado porque dejara de trabajar por su comunidad, ni porque los electores olvidaran todo lo que hizo durante tantos años. Pienso, más bien, que el paradigma político que representaba comenzó a perder capacidad para interpretar una realidad que estaba cambiando delante de sus propios ojos. Ese es un fenómeno que la historia política ha repetido una y otra vez y que termina alcanzando incluso a dirigentes honestos, trabajadores y respetados.Mientras reflexionaba sobre esta elección no podía apartar de mi mente una imagen.
Las maquinarias políticas también se oxidan. No ocurre de un día para otro ni produce un estruendo que alerte a sus dirigentes. El óxido trabaja lentamente. Se instala casi en silencio. Mientras la maquinaria continúa ganando elecciones, nadie siente la necesidad de revisar sus engranajes porque todo parece funcionar con normalidad. Las mismas estrategias siguen produciendo resultados, los mismos discursos continúan convocando simpatías y las mismas fórmulas parecen suficientes para enfrentar nuevos desafíos. Sin embargo, debajo de esa aparente normalidad comienza a acumularse un desgaste que muchas veces pasa inadvertido.
Cuando finalmente aparecen los síntomas visibles, suele pensarse que el problema surgió de repente. No es cierto. Llevaba años formándose. Las ideas nuevas ya venían abriéndose paso mientras el paradigma anterior seguía intentando explicar una realidad que había comenzado a transformarse. Ese, a mi juicio, fue el proceso que empezó a manifestarse en Nueva York. No fue una rebelión contra la experiencia ni una descalificación de quienes habían construido un liderazgo durante décadas. Fue la aparición de un nuevo sistema de ideas que comenzó a interpretar la realidad desde una perspectiva diferente.
Los paradigmas no desaparecen porque alguien los derrote en un debate ni porque un dirigente más joven llegue a ocupar una posición de poder. Los paradigmas comienzan a extinguirse cuando dejan de ofrecer una explicación suficientemente convincente del mundo que tienen delante y, al mismo tiempo, surge otro sistema de ideas capaz de interpretar con mayor profundidad los cambios de su época. Esa es la razón por la que insisto en que el fenómeno de Nueva York no puede reducirse a una simple alternancia de generaciones. Lo que realmente entró en competencia fueron dos paradigmas políticos; dos maneras diferentes de comprender el poder, la democracia, la economía y el futuro.
Creo que las victorias de Zohran Mamdani y de Darializa Ávila Chevalier obligan al liderazgo demócrata de Nueva York a detenerse y reflexionar. No basta con cambiar candidatos, modernizar campañas o perfeccionar las estrategias de comunicación. El desafío es mucho más profundo. La pregunta que el Partido Demócrata tendrá que responder en los próximos años es si continúa interpretando la realidad desde el paradigma que hoy demanda una parte importante de su electorado o si, por el contrario, permanece aferrado a un sistema de ideas que comienza a mostrar señales de agotamiento.
Esa reflexión tampoco debería limitarse a los demócratas. Los republicanos harían bien en observar estos resultados con atención. Cuando cambia el paradigma desde elcual una parte de la sociedad interpreta la realidad política, ninguna organización puede sentirse al margen de sus consecuencias. Las respuestas que ayer parecían suficientes dejan de serlo cuando cambian las preguntas, y las preguntas cambian porque cambian las ideas con las que una sociedad intenta comprenderse a sí misma.
Después de vivir veintiocho años en Nueva York, de haber conocido a algunos de sus protagonistas y de observar durante casi tres décadas la evolución de su vida política, me queda una convicción que trasciende esta elección. La verdadera lección no está en la juventud de quienes ganaron ni en la experiencia de quien fue derrotado. Está en el hecho de que un nuevo paradigma comenzó a disputar el derecho de interpretar la realidad política desde una perspectiva distinta.
Los dirigentes pasan. Las generaciones también. Los paradigmas, en cambio, son los que terminan definiendo las grandes etapas de la historia. Por eso sigo creyendo que el verdadero relevo nunca ha sido generacional. Siempre ha sido paradigmático.
