Guerra en Irán: ¿una la estrategia oculta?

Por Manolo Pichardo

Alberto Iturralde es considerado uno de los mejores analistas internacionales que, por asumir posiciones que no encajan en el relato de los grandes medios, ve limitada su presencia en Internet. De hecho, al estar fuera del gran club de las verdades oficiales, ha encontrado refugio en el podcast “La magia de la bolsa”, que conduce junto a Miguel Méndez. Se trata de un programa que, por la calidad de las informaciones y el rigor del análisis, sigo con frecuencia, junto a otros que se le equiparan en expositiva y en ofrecer insumos escasos en medios occidentales poco inclinados a difundir datos que comprometan, cuestionen o desdibujen el diseño de las políticas globales articuladas desde los despachos del establishment mundial. Este opera como una red a través de las instituciones creadas tras la Segunda Guerra Mundial, las academias, las agencias de noticias, el cine, la música, las redes sociales y cualquier otro medio capaz de moldear la opinión pública e inducir a las grandes masas a tomar determinadas decisiones como lo define Juan Bosch en su libro “El pentagonismo sustituto del imperialismo”.

Iturralde, que emite más de un programa al día y es invitado frecuente a espacios de alto nivel como “El canal del coronel”, ha desarrollado la tesis de que Irán, quizá inconscientemente, está respondiendo a una estrategia de Estados Unidos cuyo objetivo sería destruir la industria petrolera del golfo Pérsico. Para ello, Washington habría iniciado un ataque contra el país persa bajo el pretexto de detener su proyecto de enriquecimiento de uranio con fines militares. Según su análisis, y conociendo el teatro de guerra, la respuesta iraní inicial sería atacar las bases militares estadounidenses en los países del entorno. Esta dinámica escalaría en la medida en que Washington e Israel golpearan yacimientos y refinerías iraníes, lo que provocaría una reacción en cadena. De hecho, en los últimos días se han reportado ataques que dañaron severamente dos refinerías en Kuwait, dos yacimientos petrolíferos en Emiratos Árabes Unidos, una refinería en Arabia Saudí y el mayor yacimiento de gas del mundo en Qatar.

¿En qué se beneficia Estados Unidos del ataque a sus aliados en Medio Oriente, con los que pactó en los años 70 brindar protección militar a cambio de crear y sostener el petrodólar? Según el analista, una vez aniquilada la producción de petróleo y gas del golfo Pérsico, el mercado de los carburantes quedaría en manos estadounidenses. Rusia ya está fuera del negocio en el viejo continente, al menos de manera formal y directa (aunque las transacciones continúan por terceros), lo que perjudica a los europeos, que adquieren el energético a un coste mayor. Esto ha impactado de forma casi catastrófica en su industria, que se desmantela ante la mirada de un liderazgo sin una respuesta clara ante este desafío.

La cuestión, a mi juicio, no parece tan simple. Según datos de la Administración de Información de Energía (EIA), Estados Unidos produce alrededor de 13.5-13.9 millones de barriles de petróleo por día (bpd) y sus refinerías procesan cerca de 16 millones de bpd. Esto arroja un déficit de crudo de aproximadamente 2.3-2.5 millones de bpd. Además, los estadounidenses necesitan importar crudo pesado para sus refinerías (proveniente principalmente de Medio Oriente, Venezuela y Canadá), debido a que el que extraen de su suelo es mayoritariamente ligero. Si se suman crudo, líquidos de gas natural y biocombustibles, la producción total supera los 22 millones de bpd, frente a una demanda de productos terminados cercana a los 20,5 millones de bpd, lo que genera un superávit de alrededor de 1,5 millones de bpd. El modelo energético estadounidense consiste en importar crudo pesado, procesarlo en las refinerías del Golfo de México y exportar productos terminados (gasolina, diésel) junto con sus excedentes de crudo ligero y líquidos de gas natural.

Me inclino a pensar, como analizan algunos economistas, que la devastación de la industria petrolera en Medio Oriente dispararía los precios de la energía a niveles sin precedentes. Esto generaría un fuerte proceso inflacionario que frenaría el crecimiento de la economía mundial, incluida la de Estados Unidos. El superávit estadounidense es insuficiente para compensar la demanda de petróleo y gas de la Unión Europea, que ya venía sufriendo un severo descalabro industrial por las sanciones a Rusia y que ahora se agrava con la guerra en Irán y el posible cierre del estrecho de Ormuz. A mi juicio, la verdadera razón es controlar el golfo Pérsico y frenar el avance de China atacando el proyecto de la Franja y la Ruta. Estos acontecimientos forman parte de la recomposición geopolítica global, en la que nuevos actores irrumpen para compartir o desplazar a las fuerzas que han sido hegemónicas, un proceso que deja señales claras de una irreversible multipolaridad afianzada en nuevas alianzas, alianzas que se fracturan, mercados que se reconfiguran y esquemas financieros alternativos más eficaces, seguros, rápidos y baratos.

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