El progreso es una idea. Antes del “New York chiquito” hubo un “Paris chiquito”
Por Manuel Martínez
Durante mi infancia, cuando aún no hablaba, de vez en cuando papá me llevaba a la ribera del río Higuamo. Sin saberlo, aquellas visitas marcarían para siempre mi manera de entender el progreso. Mamá solía contarme que, cada vez que aparecían los remolcadores empujando largas hileras de barcazas cargadas de azúcar rumbo al puerto de San Pedro de Macorís, yo comenzaba a mover los bracitos y a hacer los gestos entusiastas propios de un bebé. Papá descubrió muy pronto aquella fascinación y convirtió esas visitas en un pequeño ritual.
Con los años comprendí que no estaba viendo únicamente embarcaciones. Estaba contemplando una ciudad en movimiento. También comprendería que el verdadero progreso no comienza cuando aparecen las obras, sino cuando alguien es capaz de imaginarlas.
Nací en San Pedro de Macorís, una ciudad abierta al mar y atravesada por uno de los pocos ríos navegables de la República Dominicana. El Higuamo no era simplemente un río; era una vía de comunicación con el mundo. Por sus aguas transitaban remolcadores y barcazas; por los rieles viajaba el azúcar desde los ingenios hasta el puerto; y desde su aeropuerto —el primero del país— comenzaban nuevas formas de conectar la nación con el exterior.
En los años veinte del siglo pasado, mientras gran parte del país seguía siendo esencialmente rural, San Pedro de Macorís miraba al mundo. La pujante industria azucarera impulsó una ciudad cosmopolita para los estándares de la época. Su puerto mantenía una intensa actividad comercial; llegaron inmigrantes de distintas nacionalidades; florecieron teatros, clubes y una vibrante vida cultural; y una arquitectura de influencia victoriana, art nouveau y art déco transformó su paisaje urbano. Aquella combinación de prosperidad económica, apertura internacional y refinamiento cultural hizo que la ciudad recibiera un sobrenombre que todavía despierta admiración: el “París Chiquito”.
Ese nombre no fue una consigna ni una campaña de mercadeo. Fue el reconocimiento espontáneo de una realidad. En aquel momento, París representaba el mayor referente mundial de cultura, elegancia y modernidad. Llamar “París Chiquito” a San Pedro de Macorís era reconocer que aquella ciudad había alcanzado un nivel de desarrollo que la distinguía dentro de la República Dominicana.
Sin embargo, las ciudades no solo prosperan; también pueden perder la capacidad de imaginar su futuro.
Con el paso de los años desaparecieron los remolcadores, fueron levantados los rieles y el Higuamo dejó de ocupar el lugar que había tenido en la economía de la ciudad. La memoria histórica conserva el recuerdo del accidente ferroviario que conmocionó a la población y precipitó la desaparición de aquellas vías. Quizá aquella decisión respondió a las circunstancias del momento, pero con ella también desapareció la posibilidad de que, décadas más tarde, esa infraestructura pudiera convertirse en un sistema de tranvía urbano, como ocurrió en tantas ciudades del mundo.
Algo parecido ocurrió con el propio río. Paradójicamente, se construyó un puente de notable belleza arquitectónica, propio de una ciudad europea, pero con una altura que limitó la navegación de uno de los pocos ríos navegables del país. Aquella obra resolvía un problema inmediato, pero hipotecaba una posibilidad futura. Fue entonces cuando comprendí que el verdadero desarrollo no consiste únicamente en construir nuevas infraestructuras; también consiste en conservar las oportunidades que pueden necesitar las próximas generaciones.
Años después nos trasladamos a Santo Domingo y, más tarde, tuve el privilegio de completar mi formación profesional en Nueva York. Allí comprendí que las tres ciudades compartían una misma lógica. Todas habían nacido de cara al agua. Todas habían dependido de sistemas de transporte para impulsar su crecimiento. Y todas demostraban que las grandes ciudades no son fruto del azar, sino de una visión capaz de convertir la geografía en una ventaja.
Fue entonces cuando recordé una frase de Leonel Fernández que, en su momento, provocó un verdadero terremoto político. Al ser preguntado por qué no participaba en determinados debates electorales, respondió que los políticos dominicanos no conceptualizaban.
Con el paso del tiempo he llegado a pensar que aquella afirmación encerraba una reflexión mucho más profunda.
Conceptualizar es imaginar una realidad antes de construirla.
A finales de la década de 1990 comenzó a escucharse una expresión que para algunos resultó exagerada y para otros visionaria: el “New York Chiquito”.
Muchos la interpretaron como una comparación literal con una de las ciudades más importantes del mundo.
Sin embargo, esa interpretación pasaba por alto el verdadero sentido del concepto.
El “New York Chiquito” no era una comparación geográfica.
Era una hipótesis de desarrollo.
Del mismo modo que el “París Chiquito” surgió como el reconocimiento de una ciudad que alcanzó un extraordinario nivel de modernidad para su época, el “New York Chiquito” expresaba una aspiración distinta: imaginar una capital dominicana conectada con el siglo XXI, con nuevas infraestructuras, una movilidad más eficiente y una imagen urbana capaz de proyectar confianza en el futuro.
La diferencia entre ambos conceptos resulta reveladora.
El “París Chiquito” nació después del éxito.
El “New York Chiquito” nació antes de la transformación.
Uno describía una realidad alcanzada.
El otro proponía una realidad posible.
Quizá por eso el Metro de Santo Domingo adquirió un significado que iba mucho más allá del transporte. No solo modificó la manera de desplazarse por la capital. Materializó una idea de ciudad. La Ciudad Primada de América, reconocida durante siglos por su inmenso valor histórico, comenzó también a proyectarse como una ciudad moderna y contemporánea. El Metro transformó la movilidad, pero también el imaginario colectivo: hizo visible una visión de futuro.
Las grandes obras públicas tienen una dimensión práctica que nadie discute. Pero también poseen una dimensión simbólica. Comunican capacidad, orden, planificación y confianza. Cambian la percepción de quienes las utilizan y de quienes las observan. En ocasiones, una infraestructura termina transformando tanto el imaginario colectivo como el paisaje urbano.
Quizá esa sea la verdadera diferencia entre administrar un país y conducirlo hacia el futuro. Administrar consiste en resolver las necesidades del presente. Gobernar con visión exige, además, imaginar el país que todavía no existe.
Cuando recuerdo a papá llevándome hasta la ribera del Higuamo, comprendo que aquellas visitas significaban mucho más de lo que él mismo podía imaginar. Él creía que estaba llevándome a ver remolcadores y barcazas cargadas de azúcar. Sin saberlo, me estaba mostrando cómo se mueve una sociedad cuando encuentra una idea capaz de impulsar su desarrollo.
Con los años he llegado a una conclusión que trasciende a San Pedro de Macorís, a Santo Domingo y a Nueva York.
Las ciudades se construyen dos veces.
La primera, en la imaginación de quienes son capaces de concebir un futuro distinto.
La segunda, sobre el territorio.
Entre una y otra siempre existe un concepto.
Y quizá esa sea la lección más importante que dejan la historia del “París Chiquito” y del “New York Chiquito”: las sociedades no avanzan únicamente porque levantan puentes, puertos, avenidas o sistemas de transporte. Avanzan porque, antes de colocar la primera piedra, alguien fue capaz de imaginar un destino diferente.
El progreso no comienza con el acero, el hormigón ni los rieles, comienza con una idea.
Manuel Martínez
Profesor Universitario
Magíster en Comunicación Visual
