La libertad de expresión en tiempos de la economía de la atención

Por Manuel Martínez

Orlando Martínez tenía una máquina de escribir y una columna. En aquellos años, escribir sobre política, cuestionar al poder o asumir públicamente una posición podía tener consecuencias que hoy, desde la distancia, nos cuesta dimensionar. Orlando lo sabía y, aun así, escribió. Lo hizo hasta que la intolerancia política terminó arrebatándole la vida.

Murió defendiendo, entre otras cosas, su derecho a pensar, a disentir y a escribir. Por eso su nombre sigue estando ligado a una de las páginas más dolorosas de la historia de la libertad de expresión en el país.

Cincuenta y un años después, el escenario es completamente diferente. Ya no necesitamos una máquina de escribir, una imprenta ni una columna en un periódico para hacer pública una idea. Tenemos teléfonos, cámaras, plataformas digitales y redes sociales capaces de convertir una opinión en un fenómeno masivo en cuestión de horas. La libertad de expresión se ha democratizado hasta extremos que Orlando probablemente nunca habría imaginado.

Y, sin embargo, esa conquista plantea una pregunta que me parece inevitable:

¿Qué hemos hecho con esa libertad?

No es una pregunta contra la libertad de expresión. Todo lo contrario. Precisamente porque la libertad debe ser defendida, también debemos discutir el uso que hacemos de ella.

Hoy cualquiera puede producir contenido y construir una audiencia. Y algunos han demostrado una extraordinaria capacidad para convertir esa posibilidad en un negocio.

Santiago Matías es, sin duda, uno de esos casos.

Sería mezquino desconocer su trayectoria empresarial. Viene de un origen humilde y consiguió construir, prácticamente desde cero, una plataforma de comunicación que terminó convirtiéndose en una poderosa industria. Entendió antes que muchos otros cómo funcionaba la nueva economía de la atención y supo convertir una audiencia en un activo económico y, posteriormente, en capital de influencia.

Ese mérito empresarial existe y debe reconocerse.

Pero precisamente por eso su fenómeno merece ser analizado con mayor profundidad.

Porque el asunto ya no es solamente Santiago Matías, ni siquiera Alofoke como plataforma. Lo verdaderamente interesante es el modelo de comunicación que representa y la sociedad que ese modelo ayuda a construir.

Durante años, los medios tradicionales establecieron ciertos límites sobre lo que podía considerarse contenido periodístico, entretenimiento o espectáculo. La llegada de las plataformas digitales rompió buena parte de esas fronteras. La audiencia comenzó a decidir directamente qué quería consumir y los algoritmos aprendieron rápidamente que aquello que provoca indignación, morbo, conflicto o controversia suele generar más atención que aquello que exige concentración y reflexión.

En ese nuevo mercado, la vulgaridad dejó de ser un accidente para convertirse, muchas veces, en un producto.

El lenguaje pobre puede ser rentable. La provocación puede generar millones de reproducciones. La exposición de la intimidad puede convertirse en espectáculo y el conflicto puede transformarse en una extraordinaria fuente de ingresos.

Eso no significa que todo el contenido producido por Alofoke sea vulgar ni que su audiencia pueda reducirse a esa categoría. Sería una simplificación injusta. Lo que sí puede discutirse es el lugar que ocupan la vulgaridad, la confrontación y el espectáculo dentro de un modelo que ha conseguido una influencia social extraordinaria.

Y aquí aparece el verdadero problema.

Porque una cosa es utilizar la libertad de expresión para construir una empresa de entretenimiento y otra muy distinta es utilizar el capital de influencia acumulado desde ese modelo para intentar gobernar un país.

Santiago Matías tiene todo el derecho a aspirar a la Presidencia de la República. Nadie debería cuestionar ese derecho. En una democracia, el origen social, la profesión, el éxito económico o la procedencia de una persona no pueden convertirse en impedimentos para participar en política.

Pero el derecho a aspirar no nos obliga a renunciar al derecho de preguntar.

Y la pregunta no debería ser cuánto dinero ha ganado, cuántos seguidores tiene o cuántas reproducciones consigue.

La pregunta debería ser mucho más exigente:

¿Qué visión de país acompaña esa candidatura?

Gobernar no es lo mismo que construir una audiencia. La política no funciona con las mismas reglas que el entretenimiento. Una plataforma puede prosperar buscando aquello que genera más atención; un Estado, en cambio, tiene que ocuparse también de aquello que no genera atención, que no es entretenido y que muchas veces ni siquiera es popular.

Gobernar implica educación, salud, seguridad, justicia, infraestructura, economía, relaciones internacionales, institucionalidad y políticas públicas que requieren conocimiento, planificación y capacidad para tomar decisiones complejas.

Un comunicador puede tener una enorme capacidad para identificar lo que quiere escuchar una audiencia. Un gobernante tiene que ser capaz, en muchas ocasiones, de decirle a la sociedad aquello que necesita escuchar aunque no quiera escucharlo.

Esa diferencia es fundamental.

El éxito empresarial demuestra capacidad empresarial. La popularidad demuestra capacidad para construir influencia. Pero ninguna de las dos cosas, por sí sola, demuestra capacidad para gobernar.

Y aquí es donde vuelvo a Orlando.

No para imaginar qué habría dicho exactamente, porque eso sería atribuirle pensamientos que ya no podemos conocer. Vuelvo a él porque su historia nos obliga a mirar nuestra libertad desde otra perspectiva.

Orlando tenía una máquina de escribir y una columna. Su capacidad de influencia era infinitamente menor que la que hoy puede alcanzar cualquier creador de contenido con un teléfono celular. Pero entendía que escribir sobre la sociedad y sobre el poder no era simplemente producir palabras. Era asumir una responsabilidad.

Hoy tenemos más libertad que nunca para hablar, pero también tenemos más capacidad que nunca para degradar el lenguaje, trivializar el debate y convertir cualquier asunto en espectáculo.

El problema, entonces, no es que exista la vulgaridad. La vulgaridad siempre ha existido.

El problema aparece cuando la vulgaridad alcanza una capacidad de influencia tan grande que comienza a presentarse como modelo cultural; cuando el escándalo se confunde con periodismo, la popularidad con liderazgo y la capacidad de generar audiencia con capacidad para conducir una nación.

No propongo censurar a nadie.

Tampoco creo que debamos regresar a una época en la que unos pocos medios decidían qué podía decirse y qué debía permanecer fuera del espacio público.

La libertad digital es una conquista y debemos defenderla.

Pero precisamente porque Orlando murió cuando ejercer esa libertad podía costar la vida, quizás tenemos la obligación de utilizarla con un poco más de responsabilidad.

Orlando no tenía millones de seguidores. Tenía lectores.

No tenía un algoritmo que premiara la controversia. Tenía una columna.

No tenía una industria detrás de sus palabras. Tenía sus ideas.

Y no necesitamos convertirlo en un santo ni pensar que todo lo que escribió fue perfecto para reconocer la dimensión de su sacrificio. Basta recordar algo mucho más sencillo: murió porque hubo quienes consideraron insoportable que un hombre ejerciera libremente su pensamiento.

Hoy podemos pensar, hablar, escribir, grabar y publicar prácticamente sin límites.

La pregunta que queda no es si tenemos libertad.

La tenemos.

La pregunta es qué estamos haciendo con ella.

Y quizás ahí está la verdadera vigencia de Orlando Martínez.

Porque si él arriesgó su vida para defender el derecho a pensar, nosotros deberíamos preguntarnos si estamos utilizando ese derecho para enriquecer el pensamiento colectivo o simplemente para llenar de ruido el espacio público.

Esa es una conversación mucho más profunda que discutir si Santiago Matías tiene derecho a ser candidato.

Por supuesto que lo tiene. La democracia se lo reconoce.

Pero la democracia también nos reconoce a nosotros el derecho de mirar su trayectoria, su discurso, su modelo de comunicación y su proyecto político, y preguntarnos si detrás de una enorme capacidad para construir audiencia existe también una propuesta capaz de construir ciudadanía.

Cuando tener una audiencia no significa saber gobernar.

Porque una nación no se gobierna como se administra una plataforma.

Y un país no puede ser tratado como si fuera simplemente una audiencia.

Manuel Martínez
Profesor Universitario
Magíster en Comunicación Visual

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