Outsider, “nueva política” y políticos profesionales
Por Manolo Pichardo.
Se promociona la “nueva política” como un eslogan seductor, pero conceptualmente vacío.
La estupidez colectiva se esparce sin freno en la sociedad del espectáculo: la ausencia de criterio propio y la adhesión al mensaje ajeno seducen a las grandes masas, que caminan detrás de un eslogan o meme -la emoción- sin reparar -cálculo sesudo- en la intención del propósito oculto. No se apela a la reflexión antes de lanzarse a lo desconocido, lo que evidencia riesgos que comprometen el futuro colectivo y personal.
Las muecas en las redes sociales tienen hoy día un valor económico que supera de manera exponencial la remuneración de un maestro que facilita conocimiento, o la de un trabajador fabril o de la construcción y cualquier otro que, sobre la base de la venta de su fuerza de trabajo, genera las riquezas reales que van a parar al bolsillo del “influencer” que, con mover dos músculos de la cara y sin quemar calorías, puede sumar una inmensa cantidad de dinero que supera hasta la obscenidad las fortunas creadas bajo la ecuación del capital, la tierra, el trabajo y el conocimiento.
Lo seguro para hacer fortuna al vapor es la rutina de la musaraña, la exhibición de la ignorancia como capital social e instrumento efectivo para “enganchar” con una masa cada vez más idiotizada. La criticidad, entonces, es una pérdida de tiempo que no encuentra espacio para sustituir las morisquetas que emborrachan a una sociedad líquida e intelectualmente haragana que deja a otro ¿piensa? por ella. El ¿debate? público (y hasta privado) es cada vez más simple, y, en el peor de los casos, soez y vulgar; carente de sustancia conceptual. Es en realidad patético, pero a la vez triste, porque a partir de esta realidad se puede perfilar la sociedad del futuro. Es un calco casi perfecto -y amplificado más que al cubo- del tango Cambalache, escrito por Enrique Santos Discépolo en 1934. Una sociedad donde los pensadores, técnicos, expertos, la sabiduría y el talento popular cultivado en el seno del pueblo son despreciados por los bufones que sueñan con convertir -y en algunos países ya han convertido- al Estado en un circo.
En medio de esta distopía se olvida que la política es una profesión que se aprende en el día a día y se refuerza con una formación integral que los políticos de nuevo cuño, atrapados en las redes sociales más que en la biblioteca, no entienden. Construidos en plástico y al vacío, no alcanzan a saber que la cultura general es elemental para comprender los fenómenos políticos y, dentro del cultivo del conocimiento, destaca la historia, porque esta nos sirve de referente: todo ya lo han hecho otros, todo ya fue dicho, debatido y puesto en escena. Partiendo de esta premisa -y a propósito de llamados desesperados a la unidad o a alianzas prematuras sin las cuales, según se afirma, “no se tendría la capacidad de unificar el país”- es fácil saber que nunca en la historia de la humanidad los pueblos se han unido -ni se unirán- monolíticamente, aun teniendo enemigos externos que amenacen su existencia; porque, incluso, el fenómeno de la dialéctica expresado en el materialismo histórico muestra avances, conquistas y desarrollo en medio del fragor de las contradicciones que se constituyen en motor para el cambio.
Sumar a un proyecto es una aspiración que se construye navegando entre intereses hasta conjugar condiciones objetivas y subjetivas. La paciencia es clave, la experiencia también, para que la suma no se convierta en resta, algo común tanto en las refriegas bélicas como en las batallas políticas. Pero el bisturí no debe estar en manos del fontanero.
A pesar de lo afirmado, la ignorancia supina y de base conduce a una minúscula parte de la opinión pública al rechazo visceral hacia los partidos y hacia la profesionalización dentro de la comunidad política, lo que ha generado una creciente apelación hacia la figura del outsider. Bajo la premisa de que la inexperiencia es un certificado de honestidad, se desprecia a quien ha hecho del ejercicio público su profesión. Sin embargo, la historia del Estado demuestra que la práctica y el conocimiento técnico son elementales para comprender la dinámica social y gestionar el aparato estatal; prescindir de ello equivale a confiar una cirugía compleja a alguien que desconoce la anatomía humana solo por el hecho de no ser médico.
Paralelamente, se promociona la “nueva política” como un eslogan seductor, pero conceptualmente vacío. Quienes la abanderan suelen apelar a este relato precisamente por carecer del conocimiento, la formación intelectual y la preparación técnica necesarios para administrar el Estado. Se refugian en el discurso del cambio porque son incapaces de definirlo: la política, en su esencia, permanece inalterable desde que el ser humano se organizó en sociedad, siendo el arte de administrar el poder, conciliar intereses y buscar el orden colectivo. Cambian los actores y la tecnología, pero las herramientas fundamentales -la negociación, la estrategia y el consenso- son y seguirán siendo las mismas. Ah, y con frases fabricadas para parecer instruidos no se construye futuro.
