El pozo martinezco de Bayona, el viñedo y la cosecha
Por Fidel Soto Castro
Érase una vez un pozo situado muy cerca de un viñedo. Desde el fondo de su oscuridad contemplaba cómo el viñedo florecía, cómo sus ramas se cargaban de uvas y cómo sus propietarios convertían aquellos frutos en un excelente vino. El pozo observaba y, mientras más observaba, mayor era su desazón. No entendía por qué el viñedo tenía uvas y él solamente agua; por qué unos podían cosechar y otros tenían que conformarse con mirar. Poco a poco aquella incomodidad se convirtió en obsesión: el pozo quería ser viñedo, quería tener uvas y, sobre todo, quería producir vino. Había, sin embargo, un pequeño inconveniente: sus aguas no tenían las condiciones necesarias para convertirse en vino. Pero la política tiene esas cosas: cuando la realidad no favorece el relato, siempre aparece alguien dispuesto a fabricar otro.
El pozo entonces pidió un milagro. Le rogó al dios de la maldad que transformara sus aguas en vino y que le concediera la apariencia de un gran viñedo. El milagro llegó, aunque no exactamente como lo había pedido: cambió la apariencia, pero no el contenido. De sus profundidades comenzaron a salir burbujas, botellas y un líquido que poco tenía que ver con el vino que tanto había imaginado. Pero el pozo descubrió algo que consideró todavía mejor: podía hablar de vino sin necesidad de producirlo. Y, por una de esas circunstancias de la vida, consiguió una voz con acceso a micrófonos, emisoras, televisoras y redes sociales. Desde entonces comenzó a comportarse como propietario de una gran bodega: hablaba de las uvas, calificaba los vinos, señalaba cuáles eran auténticos y cuáles no, repartía certificados de calidad y pretendía decidir quién tenía derecho a llamarse viñedo.
El pozo había descubierto la política de la etiqueta: si no puedes cambiar el contenido, cambia el nombre. Si no puedes producir una realidad, fabrica un discurso sobre ella. Si no tienes cosecha, procura tener micrófonos. Y así confundió opinión con verdad, ruido con autoridad y presencia mediática con legitimidad. Se rodeó además de otros pozos, pequeños depósitos y algunas voces que compartían la misma particular manera de interpretar la realidad. Juntos formaron una curiosa comunidad donde parecía que el ruido podía sustituir a la cosecha y donde hablar de vino era casi tan importante como producirlo.
Pero el viñedo no respondió. Siguió floreciendo, siguió produciendo uvas y siguió esperando la cosecha. No necesitaba gritar que era viñedo porque bastaba con que llegara el momento de recoger sus frutos. El pozo, en cambio, continuó hablando y llegó a creer que quien controlaba el micrófono podía controlar también la vendimia. No había comprendido que un micrófono puede fabricar una versión de la realidad, pero jamás puede fabricar la realidad misma. Puede convertir una opinión en noticia, una sospecha en escándalo y una consigna en verdad repetida mil veces, pero todavía no ha conseguido convertir un pozo en viñedo.
Y llegó la cosecha. Entonces el pozo descubrió que el viñedo era mucho más grande de lo que imaginaba. No eran solamente las uvas: eran las raíces, la tierra, los hombres y mujeres que la cultivaban, la memoria de quienes habían sembrado antes y la esperanza de quienes seguían esperando los frutos. El viñedo era, en realidad, el pueblo.
Y ahí estaba el gran error del pozo: creyó durante mucho tiempo que competía con un viñedo, cuando en realidad pretendía imponerse sobre un pueblo. Un pueblo puede escuchar muchas voces, puede ser confundido durante un tiempo y hasta puede equivocarse de cosecha, pero llega siempre el momento en que prueba el vino por sí mismo y descubre quién produjo las uvas y quién solamente estuvo hablando de ellas. Entonces las etiquetas pierden importancia, los micrófonos dejan de impresionar y las pantallas terminan apagándose. Solo queda la cosecha.
Por eso el pozo puede seguir hablando, puede seguir soñando con las uvas y puede incluso construir un discurso entero alrededor de una botella, pero hay una verdad que ninguna propaganda podrá cambiar: el vino no se produce con discursos; se produce con uvas. Y las uvas no nacen de los micrófonos: nacen de la tierra.
El viñedo, finalmente, no era solamente un viñedo. Era el pueblo. Y cuando llegue la verdadera vendimia, será el pueblo, y no el pozo, ni sus micrófonos, ni sus etiquetas, quien decidirá qué vino merece beber y cuál debe quedarse, para siempre, en el fondo de la botella.
