El voto que nadie tiene.
Por Manuel Martínez.
Tengo dos hijos que van a votar por primera vez en estas elecciones.
Y como padre lo digo sin adornos: me preocupa el país que les estoy dejando en las manos, justo cuando el mundo entra en la etapa más determinante de las últimas décadas: la inteligencia artificial, el colapso del trabajo tal como lo conocíamos, una economía que ya no perdona a quien llega tarde.
Esto no es una opinión bonita. Es una alarma.
La pregunta no es quién va a gobernar.
La pregunta es quién tiene el estómago para decirle a la juventud dominicana la verdad completa: que el mundo que le prometieron ya no existe, y que nadie le está construyendo uno nuevo.
EL DATO QUE INCOMODA
Según el padrón electoral de 2024, divulgado por la Junta Central Electoral, había 8,145,548 ciudadanos habilitados para votar. De ellos, 1,275,971 tenían entre 18 y 25 años y 1,788,839 entre 26 y 35 años. Juntos: más de tres millones de electores entre 18 y 35 años. El grupo de 26 a 35 es, por sí solo, el bloque más numeroso de todo el padrón.
Léelo otra vez.
Son mayoría. Y no deciden nada.
Son mayoría en los números y minoría en el poder. Esa es la contradicción que ningún candidato quiere nombrar en voz alta, porque nombrarla obliga a repartir algo más que aplausos.
No son «el futuro». Ese eufemismo ya cansa. Son el presente que nadie está gobernando para ellos.
LA ESTAFA QUE NADIE FIRMÓ PERO TODOS PAGARON
A esta generación le vendieron una fórmula: estudia, gradúate, consigue trabajo, construye tu vida. Cumplieron su parte. La otra parte —el trabajo, el salario, el futuro que compensara el esfuerzo— nunca llegó completa.
Eso no es pereza generacional. Es una fórmula rota, y ellos la pagan.
Por eso muchos se van. Y hay que decirlo sin la hipocresía de siempre: irse no es una traición a la patria, es un veredicto sobre ella. Nadie abandona lo que le está funcionando. Se abandona lo que no da con qué quedarse.
Mientras los discursos de campaña siguen hablándoles con la misma gramática de hace treinta años —consignas, música, una foto en Instagram— la distancia entre el lenguaje político y la vida real de un joven de 22 años se hace más ancha cada ciclo electoral.
No es que no les importe la política. Es que la política, tal como se las presentan, no habla de nada que a ellos les importe.
SIN RELATO PROPIO NO HAY FUTURO POSIBLE
Aquí está el hueco más profundo: esta generación creció sin una historia nacional que la incluyera. No vivió el relato del «milagro económico», no fue protagonista de las luchas que se cuentan en los libros de texto. Creció entre el discurso de los que ya ganaron y el de los que prometen ganar algún día.
Sin relato propio, no hay identidad. Y sin identidad, cualquier propuesta les suena a lo mismo: ruido con logo distinto.
El que quiera esa juventud no puede ofrecerle un rol secundario en la historia de otro. Tiene que ofrecerle construir la suya.
LA TRAMPA DEL DISCURSO FOFO
La campaña rumbo a 2028 ya trae caras nuevas, micrófonos, hashtags. Habla a la juventud. Muy pocos hablan de su futuro con algo más sólido que un eslogan.
No basta con decir «los jóvenes son el futuro». Eso ya no vende ni convence.
Hay que decir qué futuro. Con qué instrumentos. Qué carreras van a valer algo. Qué empleos se van a evaporar. Qué se enseña hoy en las universidades que ya está obsoleto. Qué necesita saber un estudiante dominicano para competir, no con su vecino, sino con un algoritmo y con un joven en Bangalore.
Y sobre todo: qué país se construye alrededor de ese conocimiento.
Porque se puede tener veinte años en el cuerpo y sesenta en las ideas. Y hay candidatos con las dos cosas al revés.
EL CANDIDATO QUE SE ATREVIÓ A HABLAR DE FUTURO
Aquí aparece una diferencia que vale la pena señalar con nombre.
Leonel Fernández ha metido en sus discursos y documentos algo que casi nadie más se atreve a tocar en serio: inteligencia artificial, transformación tecnológica, formación del talento. El programa de gobierno de la Fuerza del Pueblo para 2024-2028 incluyó propuestas concretas sobre inteligencia artificial, educación y oportunidades digitales.
Eso no es una palabra de moda metida para parecer moderno. Es una apuesta sobre en qué terreno se va a jugar el país los próximos veinte años.
La pregunta ya no es si la inteligencia artificial va a llegar. Ya llegó.
La pregunta es si los jóvenes dominicanos van a producir esa tecnología o solo van a consumirla, mendigando empleo en la cola de atrás.
Nadie puede garantizar que el país gane ese lugar. Pero sí se puede exigir que alguien lo esté jugando en serio: mejor educación, conectividad real, investigación, instituciones que funcionen, inversión que llegue.
Eso es gobernar mirando hacia adelante. No adivinar el futuro. Pelearlo.
EL VOTO QUE NADIE TIENE
Y ahí vuelvo a mis hijos.
Van a votar por primera vez.
Como padre no quiero decirles por quién votar. Quiero algo más incómodo: que sepan exigir. Que cuando un candidato les hable, le pregunten cómo, cuánto cuesta, quién lo ejecuta y cómo se sabrá si funcionó — y que no acepten menos que eso solo porque viene envuelto en música y buena fotografía.
Porque el voto joven no es el voto del futuro.
Es el voto que ya está aquí, ahora, mientras el mundo cambia sin pedirle permiso a nadie.
Y por eso es también
EL VOTO QUE NADIE TIENE.
Nadie lo tiene asegurado. No le pertenece automáticamente a un partido, a un candidato ni a una generación política.
Se gana con ideas. Con propuestas. Con respuestas.
Y, sobre todo, con el coraje de decirle a la juventud la verdad completa sobre el país que va a heredar.
Por eso esta conversación empieza ahora.
Manuel Martínez
Profesor Universitario Magíster en Comunicación Visual
