El puente de la sumisión.

Por Manuel Martínez.

Todos los días, miles de dominicanos cruzan un puente sin saber que atraviesan, también, un fragmento de nuestra historia. El puente Juan Carlos I, que conecta la avenida España con la Charles de Gaulle, no es solamente una obra de ingeniería. Su nombre es una fotografía congelada de una época en la que el poder dominicano parecía necesitar, incluso para nombrar sus grandes obras, la mirada aprobatoria de una monarquía extranjera. Corría 1976. Joaquín Balaguer gobernaba el país y los Reyes de España, Juan Carlos I y Sofía, realizaban una visita a República Dominicana. En ese contexto fueron designadas la avenida España y el puente que llevaría el nombre del monarca. El propio Senado conserva el expediente legislativo que, con fecha 10 de agosto de 1976, registra oficialmente la designación del puente como “Juan Carlos I”.

Casi medio siglo después, el nombre permanece. Y ahí comienza la pregunta que nadie parece hacerse: ¿qué estamos honrando exactamente? No se trata de negar la historia ni de desconocer los vínculos culturales, históricos y afectivos entre España y nuestro país. Se trata de algo mucho más sencillo: preguntarnos qué nombres escogemos para representar nuestra memoria colectiva y qué dice de nosotros aquello que decidimos conservar. Porque los nombres de las calles, avenidas, plazas y puentes también construyen un discurso. Son monumentos que no necesitan pedestal. Los vemos todos los días, los repetimos, los heredamos y, precisamente por eso, terminamos dejando de interrogarlos. Juan Carlos I fue rey de España durante casi cuatro décadas y abdicó en 2014. A partir de 2020, la propia Casa Real española comunicó decisiones que marcaron una distancia institucional respecto de él, incluida la renuncia de Felipe VI a la herencia que pudiera corresponderle y la pérdida de la asignación que recibía de la Casa del Rey. Al mismo tiempo, Felipe VI reconoció la importancia histórica del reinado de su padre. La historia, por tanto, es más compleja que una simple condena. Pero precisamente por eso resulta legítimo preguntarnos por qué nosotros seguimos utilizando su nombre como si el tiempo no hubiera cambiado nada.

Con el paso de los años, las manifestaciones cambian, los gobiernos pasan y una generación sustituye a otra, pero aquel capítulo permanece prácticamente intacto, sin que nadie parezca haberlo colocado seriamente bajo observación. Ninguna autoridad ha convertido el significado de ese nombre en una discusión pública, histórica o cultural. Al parecer, nuestras instituciones están demasiado ocupadas atendiendo asuntos que muchas veces terminan siendo secundarios, coyunturales o incluso insignificantes, mientras un símbolo instalado en medio de la ciudad continúa hablando por nosotros sin que nadie se detenga a preguntarse qué significa. No se trata de convertir un puente en una batalla política ni de borrar un episodio de nuestra historia. Se trata de algo más elemental: ejercer el derecho de revisar nuestra propia memoria y decidir si los símbolos que heredamos siguen representando los valores que queremos transmitir.

Y entonces aparece Balaguer. Porque aquel puente pertenece también a la historia de una época en la que nuestra política exterior estuvo marcada, como era natural dentro del contexto de la Guerra Fría, por una estrecha relación con Estados Unidos. Hubo momentos, sin embargo, que revelan hasta qué punto esa relación podía adquirir dimensiones que hoy merecen ser estudiadas con mayor distancia. A comienzos de los años setenta, cuando estaba en juego la cuota azucarera dominicana en el mercado estadounidense, Balaguer llegó a ofrecer su renuncia a la Presidencia ante Richard Nixon si su permanencia constituía un obstáculo para conseguir un aumento de esa cuota. El episodio está documentado en estudios históricos sobre las renuncias presidenciales dominicanas. No hace falta convertir aquella circunstancia en una acusación contra Washington ni juzgarla con los ojos de medio siglo después. Lo verdaderamente interesante es preguntarnos qué revela sobre nosotros mismos: la facilidad con la que, en determinados momentos de nuestra historia, hemos asociado el reconocimiento, la estabilidad y hasta la legitimidad con la cercanía a un poder extranjero. Ahí comienza una reflexión mucho más profunda que cualquier disputa geopolítica: nuestra tendencia a importar prestigio, a rendir homenaje automático a figuras de fuera y a aceptar como propios símbolos que nunca nos hemos detenido a revisar.

Porque el problema no es España, ni Estados Unidos, ni ninguna otra potencia. El problema aparece cuando nosotros mismos confundimos la diplomacia con el servilismo, la cooperación con la subordinación y la admiración con la necesidad de aprobación. Un país puede mantener relaciones excelentes con sus aliados y, al mismo tiempo, tener la madurez suficiente para construir una memoria propia. Puede reconocer la importancia de una nación extranjera sin convertir cada gesto de cortesía en un monumento permanente. Puede agradecer una relación histórica sin entregar sus espacios públicos a una memoria que no necesariamente representa lo que somos. Y puede, sobre todo, comenzar a preguntarse qué mensaje estamos enviando a quienes todavía tienen por delante la tarea de construir el país. Esa es la conversación que nunca hemos tenido alrededor del puente Juan Carlos I.

Porque hay una pregunta todavía más importante: ¿qué le dice este puente a un joven dominicano que lo cruza hoy? Le habla de un rey extranjero, de una visita de Estado ocurrida hace casi cincuenta años y de una decisión tomada por el poder político de otra época. Pero difícilmente le habla de sí mismo. No le dice que este país también es suyo. No le recuerda que la juventud dominicana ha sido protagonista de algunos de los momentos decisivos de nuestra historia. No le cuenta que muchos jóvenes estudiaron, organizaron, protestaron, crearon, trabajaron, defendieron ideales y asumieron riesgos cuando el país los necesitó. La historia nacional no fue construida solamente por presidentes y grandes nombres. También fue construida por muchachos que todavía no habían cumplido treinta años cuando decidieron que algo debía cambiar. Y esa memoria juvenil merece ocupar un lugar visible en nuestra ciudad.

Por eso la propuesta no debería limitarse a cambiar un nombre por otro. Sería mucho más interesante convertir el puente en un símbolo de la juventud dominicana. Hacer de ese espacio un homenaje permanente a las generaciones jóvenes que han dejado una huella en nuestra historia y a las que todavía tienen que escribir la parte que les corresponde. Que allí pueda existir una memoria de la juventud: de quienes estudiaron cuando estudiar era una forma de resistencia, de quienes defendieron sus ideas, de quienes participaron en procesos democráticos, de quienes crearon arte, ciencia, empresas, pensamiento y cultura; de quienes, desde distintas posiciones y circunstancias, entendieron que ser joven no significaba esperar el futuro, sino participar en la construcción del presente. En un momento en que repetimos con preocupación que los jóvenes están alejados de la política, de las instituciones y de los grandes problemas nacionales, quizá deberíamos preguntarnos también qué hemos hecho nosotros para que encuentren razones para sentirse parte de este país. No basta con pedirles participación. También hay que ofrecerles pertenencia. No basta con hablarles del futuro. Hay que demostrarles que tienen un lugar en la historia.

Un puente es una conexión. Esa es precisamente su naturaleza. Por eso podría convertirse en una de las metáforas públicas más poderosas que tengamos para hablarle a una generación. De un lado está la historia que recibimos; del otro, la historia que todavía está por escribirse. En medio está la juventud. Durante décadas, miles de dominicanos han cruzado ese puente bajo el nombre de un rey extranjero. ¿Por qué no convertirlo ahora en un lugar que les recuerde a los jóvenes dominicanos que ellos también son parte esencial de la historia que continúa? No necesariamente cambiando una placa. No necesariamente borrando lo anterior. Sino construyendo alrededor de ese espacio un nuevo significado, una nueva lectura, una nueva memoria.

No sería borrar la historia. Sería ampliarla. Sería decirle a una generación que este país no está terminado, que la nación no es una obra concluida y que la juventud no es simplemente el público al que debemos entregar el futuro algún día. Es parte del presente. Es parte de la historia. Y tiene derecho a verse representada en los símbolos que encuentra todos los días en las calles que transita.

Quizás esa sea la verdadera manera de dejar atrás el puente de la sumisión: no destruyendo lo que fuimos, sino atreviéndonos a decidir qué queremos ser. Pasar de una memoria que mira hacia afuera a una memoria capaz de reconocerse a sí misma. Pasar del homenaje a un rey al homenaje a una generación. Porque un puente no existe para quedarse en un solo lado. Existe para cruzar.

Y si algún día logramos que un joven dominicano cruce ese puente y sienta que ese espacio también habla de él, habremos conseguido algo mucho más importante que cambiarle un nombre: habremos convertido un símbolo del pasado en una declaración de confianza en el futuro.

Manuel Martínez
Profesor Universitario
Magíster en Comunicación Visual

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.