Voces desde la eternidad (3 de 3).Un testamento emocional
Por Pedro Conde Sturla.
El más elaborado, quizás, de todos los documentos de despedida de los héroes de junio es el «Testamento emocional» que escribiera el doctor Octavio Mejía-Ricart Guzmán cuatro meses antes del desembarco en Estero Hondo. El texto, manuscrito, es en efecto una lúcida pieza epistolar, la obra de un «estudiante de nacimiento, aprendiz de cirujano de profesión y maestro de vocación».
Octavio tenía una formación humanista: había estudiado Filosofía y Letras, tocaba piano, y además era médico, había sido docente en la Universidad de La Habana, se había especializado en Inglaterra y Alemania y finalmente se convirtió en guerrillero. Dejó su promisoria y plácida vida de profesional de éxito por la azarosa existencia del expedicionario.
En sus breves días de lucha, bajo el bombardeo de los aviones y el asedio de los guardias se destacó en su rol de combatiente y tuvo oportunidad de ejercer la medicina, como se mencionó anteriormente. Desgraciadamente, tuvo la peor suerte, la de ser herido y capturado vivo, traslado a San Isidro y brutalmente torturado y ejecutado por órdenes directas del hijo de la bestia. Su «Testamento emocional» es un legado de dignidad y nobleza:
«Testamento emocional del Dr. Octavio Mejía-Ricart Guzmán »
(Fragmentos)
Cuando mis labios se cierren para siempre el postrer murmullo de mi actividad pensante repartirá sin duda una bendición a esa Patria mártir dominicana y a mi rasa eterna que es a la vez del Quijote y del Cid.
Octavio Mejía-Ricart Guzmán
»Yo, Dr. Gustavo Adolfo Octavio Augusto Mejía-Ricart y Guzmán; estudiante de nacimiento, aprendiz de cirujano de profesión y maestro de vocación; en uso completo de mis facultades y afrontando libremente el dilema de vida y muerte, establezco la siguiente como mi voluntad:
»1. QUE MIS RESTOS SEAN enterrados en tierra de Santo Domingo, desnudos de toda superflua envoltura para que sientan el cálido contacto y se entrelacen con la dulce tierra por la cual he querido vivir y morir.
»2. QUE SI HUBIERE LUGAR se siembren flores y un caobo sobre mi tumba y esta se sitúe al borde de un camino agreste para que mis elementos desintegrados crezcan de nuevo a la vida a dar sombra y color a todos cuantos pasen por mi sitio, para que la nueva vida de mis elementos sea útil a los demás como ha sido mi deseo que fuera mi presente vida.
»3. POR CUANTO CABE a mi exiguo patrimonio; lego a mi patria, a mi padre, a mi madre, a mis maestros y a mis hermanos, así como a todos los dominicanos, el pequeño acerbo de mis ideales y el agradecimiento por la educación recibida que hizo de mi pasaje por el mundo la más interesante aventura y el más delicado de los bellos jardines.
»Dejo en especial mis ilusiones de soñador despierto y el testimonio de mis convicciones, a la juventud eterna, de hoy y de siempre que fue y será juzgada ilusa, atolondrada o loca por tratar de vivir según el patrón de perfección compuesto por sus ideales.
»Mi corazón lo dejo al pueblo —a sus estratos más bajos—, a aquellos que sintieron el látigo del sol y la miseria y llevaron a cabo la cosecha para darme la oportunidad de estudiar. Para ellos querría haber vivido yo, porque yo creo que más fácil es morir por la Patria que vivir para ella. Las circunstancias y mi temperamento apresurado han querido evitarlo, porque uno no puede muchas veces ayudar a los demás como mejor sería.
»Quizás mi corazón crezca de nuevo como una humilde florecilla que la moza del campo use en su cabeza para una tarde de domingo, puede ser que el breve tiempo de su vida y la gracia que despliegue aquella florecita pague un poco a aquellos que involuntariamente lastimé con mis muchos errores.
»Como un pequeño recordatorio pido a alguna alma generosa que mis cartas y el Manuscrito se publiquen con el título de “AL BORDE DE UNA VIDA AGRESTE”. Un testimonio perenne de mi desco de con-tribuir con mi ladrillo a esta Babel digna y orgullosa que la Humanidad construye.
»Allegándose a lo quasi-prosaico, dejo mis pocos libros en Nueva York
y en casa para que integren la futura biblioteca pública “Mejía-Ricart” que se instituya en honor a mi padre con los libros que todos manden para mantenerla siempre en aumento.
»Mis dos pares de yugos de oro, recuerdo de los que nos antecedieron en el nombre, dejo a mis hermanos Marcio y Tirso; y al mayor de los dos el reloj de oro de nuestro bisabuelo Papá Tomás. Quepa lo mismo a mis otros manuscritos. ¡Mis ideales queden ya perpetuados en los suyos!
»A Magda Eleonora dejo mi bosque pictórico “Wreck”, por representar la “eterna” esclavitud femenina a su ciclo biológico, porque en ella sigue la senda de nuestra amante madre y su ejemplo de limpio y digno individualismo femenino y feminista.
»Del resto dispondrá a su mejor juicio mi tío Dr. Publio Mejía Ricart a quien instituyo mi albacea testamentario como representante de mis padres y hermanos.
»Mis recuerdos, cartas y escritos volverán a Santo Domingo a su tiempo. De mis otros objetos se dejará mi cámara fotográfica para mi querida Ilse, en Colonia, Alemania, y mi radio-fonógrafo y discos para mi querida Christine de Edinburgo, Escocia.
»Si en el futuro me cupiere una teórica vocación hereditaria, quisiera que aquellos de mis hermanos que me sobrevivan instituyan un fondo que invertido, permita a 5 6 10 estudiantes dominicanos estudiar en Europa y gozar de los beneficios que yo disfruté».
Algunas semanas después de escribir su «Testamento emocional», Mejía Ricart dedicó una emotiva carta de despedida a su prometida Christin Malcon donde le anuncia su decisión de unirse al movimiento insurreccional, a sabiendas de que no tenía probabilidades de triunfar:
«Debo ser sincero contigo y debo confesarte que voy a tratar de lograr que la expedición sea todo un éxito, pienso aportar todo lo que pueda con ese fin, pero te mentiría si no te dijera que no creo que tengamos más de un 10% de posibilidades de éxito y menos aún las de salir con vida, según lucen las cosas ahora. Trataremos de lograr mayores posibilidades de éxito, si fuere posible y evitar derramamientos de sangre innecesarios y el fracaso militar de la expedición…
»Esta carta, en lo futuro, cuando hayan pasado los años, tu podrías enviarla a mi madre como testimonio de mis convicciones…
Te guardo en mis pensamientos…
»Octavio Augusto» (1)
***
El cuarto documento de despedida que se conserva de los expedicionarios de junio de 1959 es de uno de los más de treinta miembros del PSP que participaron en la expedición: Julio Raúl Durán. La breve carta de despedida de Julio Raúl Durán no se parece a ninguna de las anteriores. La escribió en enero de 1959 y fue enviada con su amigo Tulio H. Arvelo a Candita Silva para que ésta a su vez se la hiciera llegar a doña Milita, su madre, pero las cosas resultaron de otra manera.
Es el escrito de un militante convencido de «la grandeza de (sus) ideales y propósitos». Su nombre lo escuché, lo conocí, se me hizo familiar en boca de compañeros del PSP como Tulio H. Arvelo y Justino José del Orbe, que lo pronunciaban siempre con admiración, con respeto y cariño. Lo conocí a través de su hija, la profesora Carmen Duran y de su abuela Milita, una mujer excepcional con la que tuve el placer de conversar en algunas ocasiones. Un personaje fuera de serie.
De igual manera, las palabras de Julio Raúl Durán me transmiten la idea de un ser excepcional:
«Carta de Julio Raúl Durán a su madre, Milita García vda. Durán
»(Manuscrita).
«Querida Candita. El portador es un buen amigo mío, te entregará $50.00, un reloj, una pluma y un retrato, para que se lo envíes a mamá con una persona que consideres que sin falta se los entregará. Es lo único valioso que tengo y deseo que le llegue seguro, por si algún percance me sucede.
»No tengo que decirte lo feliz que me siento al pensar que por fin voy a volver a mi patria querida y añorada, y que si tengo que descansar sea en su seno, y que esto lo hago en nombre de mi partido y de la grandeza de nuestros ideales y propósitos.
»Te doy pues todas la gracias por tus atenciones, por lo cual te considero como mi misma madre.
»Julio Raúl».(2)
La carta se la entregaría tres años después su mencionado amigo Tulio a su madre.
La repatriación armada (25)
(Historia criminal del trujillato[197])
Notas:
(1)Anselmo Brache Batista, «Constanza, Maimón y Estero Hondo: Testimonios e investigación sobre los acontecimientos», pp. 346,349
(2 Op. Cit., p. 345
