El análisis no es opinión

Por Luis Fidel Escalante.

Hay una confusión frecuente que conviene despejar, creer que analizar es emitir un juicio sobre lo que parece. Pero el análisis, en sentido riguroso, no parte de lo que parece ni de lo que sentimos, sino de hechos verificables y de relaciones concretas.

Marx lo dejó claro en El Capital, la realidad social se presenta invertida. En la superficie, las relaciones aparecen como un intercambio libre y equivalente, en la esencia. Esa apariencia no es un error de quien mira, es una apariencia objetiva, producida por el propio funcionamiento del sistema. Por eso, quedarse en lo que se ve a primera vista no es analizar, es repetir la superficie.

Lenin sacó la consecuencia práctica, «el alma viva del marxismo es el análisis concreto de la situación concreta». No el análisis de las impresiones, no el análisis de las intenciones declaradas, no el análisis de lo que quisiéramos que fuera. Análisis concreto significa qué hechos pueden probarse, qué fuerzas reales están en juego, qué intereses concretos se expresan en cada posición.

Cuando ese rigor falta, ocurre algo previsible, todo se vuelve hipótesis, y toda hipótesis se vuelve igualmente válida. Si no hay pruebas, si no hay verificación, si no hay confrontación con los hechos, entonces mi suposición y la tuya tienen el mismo peso. Y eso no es pluralidad de análisis, es ausencia de análisis.

En ese terreno, la discusión se vuelve estéril. Cada quien defiende su opinión con la misma fuerza con que otro defiende la contraria, porque ninguna se apoya en nada más sólido que la convicción personal. Eso no es debate político, es intercambio de opiniones subjetivas.

Fidel lo advirtió a su manera, no se puede actuar por impulso, por ardor, por fervor. El impulso puede ser sincero y aun así equivocado. Y Martí fue más lejos, «el que nada quiere para sí, dirá la verdad siempre». Es decir, la verdad no se alcanza por intensidad emocional, sino por desinterés y por rigor.

Bolívar, en medio de la guerra, no se contentaba con sospechas, señalaba hechos, identificaba responsables, nombraba conductas. No decía «me parece que hay traidores»; decía dónde, quiénes y cómo estaban debilitando la causa.

Mientras no haya pruebas concretas, lo que hay no es análisis, sino opinión. Y una opinión sin pruebas no puede pretender el mismo estatus que un análisis fundado. Confundir ambas cosas no es un error menor, es abrir la puerta a que cualquier hipótesis, por subjetiva que sea, se presente como verdad. Y en política eso no ayuda a comprender, ayuda a confundir.

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