La amenaza invisible del ozono golpea a cuatro de cada 10 personas

El ozono troposférico dejó de ser un problema menor para convertirse en una amenaza sanitaria de alcance global.

Un informe publicado por el Servicio de Vigilancia Atmosférica de Copernicus desvela que casi cuatro de cada 10 personas en el mundo respiraron aire con concentraciones peligrosas de este contaminante entre enero y agosto de 2026.

La cifra supera con creces las estimaciones de años anteriores y confirma una tendencia que los expertos califican de preocupante.

Este contaminante surge de una reacción química que pocos conocen. Los óxidos de nitrógeno y los compuestos orgánicos volátiles, liberados por el transporte, la industria y los disolventes domésticos, se combinan bajo la luz solar y las altas temperaturas para formar ozono a nivel del suelo.

A diferencia del ozono estratosférico que protege la Tierra de la radiación ultravioleta, el ozono troposférico actúa como un gas irritante que daña los pulmones y reduce el rendimiento de los cultivos.

Un contaminante secundario que cruza fronteras

 

La naturaleza de este gas complica cualquier solución local. El humo de los incendios forestales, las partículas de polvo del Sahara y las emisiones industriales viajan miles de kilómetros y afectan a comunidades muy alejadas de su origen.

Especialistas insisten en que la calidad del aire de una ciudad depende también de lo que ocurre en regiones remotas, un hecho que dificulta las políticas de mitigación basadas únicamente en emisiones locales.

Asia encabeza la lista de regiones más castigadas. Un 60 por ciento de la población asiática soportó niveles extremadamente altos de ozono durante los primeros ocho meses del año, una cifra que asciende al 90 por ciento si se suman las exposiciones calificadas como deficientes o muy deficientes.

La combinación de contaminación industrial, tráfico intenso y fuentes naturales de precursores explica este resultado, según los datos recopilados por satélites y redes terrestres.

Europa no escapa a esta realidad. La mitad de los europeos respiró aire con concentraciones inadecuadas de ozono, un porcentaje que refleja el impacto de las repetidas olas de calor registradas durante el verano.

A pesar de los avances logrados en las últimas décadas para reducir otros contaminantes atmosféricos, el ozono persiste como un desafío complejo porque su formación depende de la temperatura y la radiación solar, factores que escapan al control directo de las autoridades.

El calor extremo como detonante

Las temperaturas récord de 2026 crearon las condiciones perfectas para la generación de ozono. Los expertos describen un fenómeno que denominan penalización climática: el cambio climático eleva las temperaturas, acelera las reacciones químicas en la atmósfera y multiplica la formación de este contaminante. 

Este círculo vicioso explica por qué las olas de calor se traducen de forma casi inmediata en episodios de contaminación por ozono.

América del Norte también sufrió las consecuencias de esta dinámica. Más de dos tercios de la población del continente estuvo expuesta a niveles de ozono calificados como malos, muy malos o extremadamente malos.

Los incendios forestales de Canadá y el oeste de Estados Unidos liberaron enormes cantidades de precursores que, combinados con las altas temperaturas, dispararon las concentraciones de este gas en amplias zonas del territorio norteamericano.

Datos aportados por Copernicus revelan contrastes regionales notables. Oceanía figura como la región más limpia en cuanto a contaminación por ozono, mientras que Sudamérica registró niveles especialmente bajos: un 81 por ciento de su población respiró aire con concentraciones buenas o aceptables.

África, por su parte, mantuvo al 56  por ciento de sus habitantes por debajo del umbral considerado seguro.

Los efectos sobre la salud humana preocupan cada vez más a la comunidad científica. El ozono irrita las vías respiratorias, agrava el asma, incrementa las hospitalizaciones por enfermedad pulmonar obstructiva crónica y reduce la función pulmonar, especialmente en niños y personas mayores.

Investigasores advierten que la exposición prolongada a este contaminante aumenta el riesgo de infecciones respiratorias y puede disminuir el peso al nacer en recién nacidos.

El impacto sobre la agricultura añade una dimensión económica al problema. Estudios recientes estiman pérdidas de rendimiento de entre el siete y el 26 por ciento en cultivos esenciales como el trigo, el arroz, el maíz y la soja debido a la exposición al ozono troposférico. 

Estas mermas comprometen la seguridad alimentaria de regiones densamente pobladas y generan presiones adicionales sobre los sistemas de producción agrícola.

Solo un cinco por ciento de la población mundial respiró aire con niveles de ozono considerados buenos según las directrices de la Organización Mundial de la Salud.

Esta cifra evidencia la magnitud de un problema que afecta a miles de millones de personas y que, a diferencia de otros contaminantes, no muestra señales claras de mejora a escala global.
AL MAYADEEN.

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