La bandera que se come
Por Manuel Martínez.
El arroz, la dignidad y la soberanía de un pueblo
Gobernar es anticipar. Lo demás es administrar el desastre con cara de sorpresa.
Como comunicador visual, hay una particularidad de nuestra bandera que siempre me ha llamado la atención: una cruz blanca atraviesa el paño y, en el centro del escudo, aparece una Biblia abierta. Nuestra identidad nacional está representada mediante una composición de símbolos históricos y religiosos que nos distingue como pueblo.
Esa imagen me lleva a otra que no aparece en ningún escudo, pero que se repite cada día en millones de hogares: un plato de arroz blanco, acompañado de habichuelas y, cuando alcanza el presupuesto, de carne. Si la bandera representa al país, la mesa nos revela cómo vive su gente. El arroz es, en ese sentido, la bandera que se come.
En la cultura dominicana, el arroz es mucho más que un alimento. Forma parte de nuestras costumbres, de los recuerdos de infancia y de esa sensación de que una comida está incompleta si no hay arroz en el plato. Su presencia es tan habitual que pocas veces nos detenemos a pensar en lo que representa.
Basta observar el arroz blanco con huevo. Es una combinación popular que no pertenece exclusivamente a la pobreza. Hay quienes la eligen por necesidad y quienes la disfrutan simplemente porque les gusta. Yo mismo puedo sentarme a disfrutar un plato de arroz blanco con huevo revuelto, acompañado de un jugo de melón, por puro gusto. No necesito estar pasando dificultades económicas para disfrutarlo.
Pero existe una diferencia que no debemos ignorar: lo que para una persona es una preferencia, para otra puede ser la única comida disponible. El arroz aporta principalmente energía; el huevo añade proteínas de buena calidad y otros nutrientes. Juntos permiten resolver una comida relativamente económica, aunque no sustituyen por sí solos una alimentación variada. Para muchas familias, esa combinación representa una solución concreta cuando el dinero no alcanza.
Por eso, hablar del arroz es hablar también de la economía doméstica, de la nutrición y de la dignidad. Cuando sube su precio o peligra su disponibilidad, el efecto no se limita al mercado. Llega directamente a la mesa de quienes deben estirar cada peso para alimentar a sus familias.
Sin embargo, mientras el arroz ocupa un lugar central en nuestra alimentación, la producción nacional enfrenta dificultades para colocar sus cosechas. En septiembre de 2025, la Fuerza del Pueblo denunció que los muelles estaban abarrotados de arroz importado, que algunos productores debían regresar a sus fincas con los camiones cargados y que otras cosechas se perdían por falta de capacidad de recepción y almacenamiento.
La imagen es elocuente: arroz extranjero acumulado mientras el productor dominicano tiene dificultades para colocar el suyo. ¿De qué sirve sembrar, invertir y cosechar si no existen condiciones para recibir y comercializar la producción? No basta con producir alimentos; también hay que garantizar que puedan llegar al mercado y que el trabajo del agricultor sea económicamente viable.
Aquí aparece otra pregunta fundamental: ¿cómo puede competir nuestro productor arrocero en condiciones de igualdad con una potencia como Estados Unidos, que dispone de mayores recursos financieros, tecnología y capacidad productiva? El comercio internacional puede abrir oportunidades, pero no elimina las desigualdades entre quienes participan en él. Abrir un mercado no significa, por sí solo, crear una competencia equilibrada.
No se trata de rechazar todo lo que venga de fuera ni de convertir la producción nacional en un asunto de nostalgia. Se trata de comprender que depender cada vez más de alimentos producidos fuera de nuestras fronteras puede comprometer nuestra capacidad de responder cuando cambian los precios, las condiciones comerciales o la disponibilidad internacional. Lo barato de hoy podría convertirse en la vulnerabilidad de mañana.
La responsabilidad del Estado consiste precisamente en anticipar esos riesgos: fortalecer la productividad, garantizar almacenamiento, organizar las importaciones según las necesidades reales del mercado y respaldar a quienes producen en nuestro territorio. Una economía pequeña necesita comerciar, pero también defender su capacidad de producir los alimentos fundamentales de su población.
El arroz dominicano no merece atención solamente porque forma parte de nuestra tradición. La merece porque detrás de cada cosecha hay trabajo, familias, conocimiento y comunidades que dependen de esa actividad. Abandonar esa capacidad sin evaluar las consecuencias sería confundir la facilidad de importar con la seguridad de estar abastecidos.
Vuelvo entonces a la imagen de nuestra bandera. En su centro, la Biblia abierta; en su composición, la cruz blanca que une los cuarteles. Y en el centro de nuestra mesa, ese arroz blanco alrededor del cual organizamos buena parte de nuestra alimentación. Son símbolos diferentes, pero ambos nos invitan a pensar en nuestra identidad y en aquello que no deberíamos dar por garantizado.
Porque un país no demuestra su soberanía únicamente cuando iza su bandera. También la demuestra cuando puede alimentar a su gente, proteger el trabajo de sus productores y evitar que una necesidad tan elemental quede a merced de decisiones que no controla.
La bandera nos representa. La mesa nos retrata. Y el arroz que llega a ella nos recuerda que la dignidad nacional también se defiende en lo cotidiano.
Manuel Martínez
Profesor Universitario
Magíster en Comunicación Visual
