La nalgofilia de un Presidente
El elogio del trasero de Nicki Minaj por el presidente de los Estados Unidos
Por Fidel Soto.
Donald Trump tomó el micrófono. Todos esperaban un discurso en apoyo de Mike Rogers, candidato republicano al Senado por Michigan. Pero, de pronto, el presidente se apartó del propósito político del acto para expresar su admiración por el trasero de Nicki Minaj:
«Por cierto, antes he visto un trasero increíblemente bonito: el de Nicki Minaj. Es difícil no fijarse. Levántate. Es difícil no fijarse».
Así, el presidente convirtió una parte de la anatomía de la artista en protagonista de un acto de campaña electoral. No se trata, sin embargo, de un episodio aislado. Trump ya había hecho comentarios semejantes sobre el físico de otros hombres, lo que ha dado lugar a una curiosa recurrencia en sus intervenciones públicas: la admiración presidencial por los traseros ajenos.
He aquí algunos ejemplos de ese consuetudinario elogio anatómico:
– Jon Husted: senador republicano por Ohio y antiguo jugador de fútbol americano universitario. Trump relató que había examinado su cuerpo al conocer sus antecedentes deportivos y destacó expresamente su trasero, al que describió como una gran masa muscular. Sus comentarios provocaron críticas y obligaron al presidente a dedicar parte de otra intervención a justificarlos como una broma relacionada con la fortaleza física del senador.
– Jaxson Dart: mariscal de campo de los New York Giants. En mayo de 2026, Trump elogió su constitución atlética y, al referirse a sus piernas, afirmó que parecían «troncos de árbol». Aunque este comentario se produjo en un contexto de discusión sobre la participación de mujeres transgénero en el deporte femenino, volvió a poner el físico masculino en el centro de su discurso.
La reiteración de estos episodios es lo que alimenta el título de este artículo: la nalgofilia de un presidente. Una denominación satírica para señalar una conducta que, por su insistencia y por el escenario en que se manifiesta, merece ser examinada públicamente.
Que un presidente se dedique a exaltar de manera tan explícita determinadas partes del cuerpo puede resultar grotesco e incómodo. Una cosa es la atracción personal, que pertenece al ámbito privado, y otra muy distinta es convertirla en motivo recurrente de exhibición ante una audiencia convocada para escuchar propuestas políticas. La investidura presidencial exige prudencia, respeto y sentido de la responsabilidad pública, sin que ello suponga imponerle a nadie una determinada preferencia personal.
Y hay otro aspecto que no debe perderse de vista: Trump no es un ciudadano cualquiera que conversa despreocupadamente entre amigos. Es el presidente de la principal potencia mundial y, cuando habla en un acto electoral, cada palabra forma parte de una actuación pública. El micrófono presidencial no debería servir para convertir el cuerpo de una mujer o de un hombre en objeto de comentarios que desplacen los asuntos que realmente afectan a la ciudadanía.
Tampoco puede ignorarse que su trayectoria pública ha estado marcada por controversias y acusaciones de conducta sexual indebida, que deben examinarse atendiendo a sus respectivos antecedentes y resultados judiciales, sin confundir acusaciones con hechos probados. Precisamente por eso, sus expresiones sobre el cuerpo ajeno adquieren una dimensión pública que va más allá de la broma ocasional.
Trump podrá alegar que habla en tono humorístico, que admira la fortaleza física o que sus palabras no tienen mayor trascendencia. Pero la repetición de una conducta permite cuestionar su pertinencia, sobre todo cuando se produce en actos políticos cuyo propósito debería ser discutir los problemas del país y las propuestas de quienes aspiran a representarlo.
La dignidad de la figura presidencial no depende de que su ocupante renuncie a sus gustos personales, sino de que sepa distinguir entre lo privado y lo público, entre la broma y la responsabilidad, entre la libertad de expresión y el respeto que merece la persona convertida en objeto de sus comentarios.
Una presidencia no se rebaja solamente cuando incumple sus grandes responsabilidades; también se desfigura cuando el micrófono destinado a hablar de los problemas de una nación termina ocupado por la contemplación y el elogio de los traseros.
