Acuerdos de París cumplen una década marcada por la geopolítica

Los Acuerdos de París alcanzan su décimo aniversario en un momento de contradicciones profundas.

Por esa razón, la COP31 en Antalya representa una prueba decisiva para convertir los compromisos de los convenios en medidas verificables antes de que la ventana para limitar el calentamiento a 1,5 °C se cierre por completo.

El tratado que nació en 2015 como el mayor consenso diplomático frente a la crisis climática llega a esta fecha con una brecha que no deja de ensancharse entre las metas declaradas y las políticas realmente aplicadas.

La comunidad científica y los organismos multilaterales coinciden en una lectura incómoda: la arquitectura legal del acuerdo funciona, pero la voluntad política que lo sostiene se deterió de forma acelerada.

Geopolítica y combustibles fósiles

 

Ese deterioro tiene causas identificables. Los combustibles fósiles, que debían quedar progresivamente arrinconados, recuperaron un protagonismo inesperado bajo el argumento de la autonomía estratégica.

La crisis generada en el estrecho de Ormuz por la agresión de Estados Unidos a Irán agravó el desplazamiento de los buques por esa vía marítima, por la cual circula cerca de la quinta parte del petróleo y el gas licuado del mundo, y empujaron los precios del crudo a niveles que no se veían hace años.

La inseguridad energética refuerza la dependencia de los combustibles fósiles y, al mismo tiempo, encarece la transición hacia fuentes limpias.

El panorama se complicó mucho más porque gobiernos de derecha en potencias clave cuestionaron abiertamente la arquitectura de los Acuerdos de París.

La retirada de Estados Unidos del tratado durante la primera administración de Donald Trump marcó un precedente que otros líderes replicaron.

Un especialista vinculado a las negociaciones climáticas describe el cambio con precisión: los países que antes facilitaban consensos ahora se alinean con los intereses petroleros para condicionar cualquier mención a la salida de los combustibles fósiles.

Una arquitectura sin sanciones

Los Acuerdos de París establecen obligaciones de transparencia y procedimientos de revisión, pero no contemplan sanciones directas para quienes incumplen sus metas numéricas.

La pregunta que se impone una década después es si esa fórmula sigue siendo suficiente frente a la magnitud del desafío.

El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente calculó que, para mantener viva la posibilidad de regresar a 1,5 °C a finales de siglo, las emisiones globales deben reducirse un 18 por ciento para 2030, un 45 por ciento para 2035 y un 69 por ciento para 2040, tomando como referencia los niveles de 2025.

Dichas cifras implican una reducción media anual de casi el seis por ciento durante la próxima década, un ritmo que ninguna economía industrializada alcanzó de forma sostenida.

Aun así, existen señales que impiden calificar la década como una pérdida total. La inversión global en energía limpia se multiplicó por diez desde la firma del acuerdo y supera ampliamente la destinada a combustibles fósiles.

Por otra parte, la energía renovable superó al carbón como principal fuente de electricidad en el mundo, y el transporte se descarboniza a un ritmo que pocos anticiparon en 2015.

La COP31 reunirá a los países signatarios entre el nueve y el 20 de noviembre bajo una presidencia compartida entre Turquía, que ejerce como anfitriona, y Australia, que asume la conducción de las negociaciones.
AL MAYADEEN.

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