José Luis González y la literatura puertorriqueña

Por Miguel Ángel Fornerín.

Además de ser autor y testigo en el escenario de la literatura de Puerto Rico, José Luis González fue un estudioso de la literatura del país, su primer historiador desde la perspectiva sociológica, como lo muestra su libro “Literatura y sociedad en Puerto Rico, de los cronistas de Indias a la generación del 98”, publicado en México por Fondo de Cultura Económica en 1976. Esta que fue su investigación doctoral lo convierte en un experto en la sociedad puertorriqueña del pasado. Y un opinante fundamentado de la sociedad puertorriqueña contemporánea (“Nueva visita al cuarto piso”, 1986).

Sus opiniones sobre la generación que le correspondió son muy pertinentes para conocer un momento de ruptura y de innovación referente a la literatura anterior. La generación, el grupo o la promoción de escritores de la postguerra viene a ser un parteaguas con relación a la literatura del pasado. Y desde mi perspectiva, la verdadera fundación de la literatura actual está centrada en la narrativa. Porque la poesía tiene otra historia. La literatura puertorriqueña viene a existir como un corpus memorable en la pluma de los jóvenes escritores del 1920. Es con la “Revista Índice de la Cultura” que comienza a realizarse una arqueología de la literatura del país, con el propósito de fundamentar la individualidad social y política de la isla.

Podríamos decir que antes que Antonio S. Pedreira comenzará a poner en primer plano a los escritores del pasado, estos existen como átomos de una masa, pero no como un corpus que pudiera ser estudiado en su conjunto. La suma de los anclajes literarios en “Índice” muestra, ya para las voces más informadas, la existencia de una tradición literaria que se acerca a los cien años. Vuelve aquí la metáfora de la nave al garete, en el piélago que “bala” (Palés); la isla, tiene ya los lazos que la unen a la tierra. La literatura deviene un sustento de la identidad. Y este es un elemento fundamental en “Insularismo” (1934) de Pedreira.

Los antecedentes de la Generación de José Luis son sin dudas portentosos. Pensemos en Alejandro Tapia y Manuel Zeno Gandía, en Enrique A. Laguerre y en Emilio S. Belaval. Sin embargo, no existía una conciencia sostenida en la existencia de una literatura y del papel que esta debe jugar en la construcción de la sociedad puertorriqueña. De ahí que debemos ver acontecimientos como los trabajos de Pedreira en “Índice”, la fundación del Departamento de Estudios Hispánicos de la UPR en Río Piedra y la aparición de “Historia de la Literatura Puertorriqueña” de Rosa Nieves (1963), como exorcismo de ese pasado literario que ya quedaba constituido, archivado e inventariado.

En “El país de cuatro pisos”, y específicamente en el ensayo “Sobre la literatura puertorriqueña de los cincuenta” (139). muestra este aserto: la literatura puertorriqueña, aquella que es hoy clave de la definición de lo puertorriqueño, es la literatura contemporánea. Claro está que debemos analizar a González por su ideología. La literatura anterior fue la de la clase gobernante que creó su superestructura en la llamada cultura nacional. Lo que él postula es otra cosa. Es una literatura consciente de lo puertorriqueño. Que tiene en René Marqués (para José Luis) y en González para Marqués a sus principales creadores y, en cierto sentido, fundadores.

No es solo la promoción de escritores de posguerra en su búsqueda de cambios, innovaciones y tendencia… sino que su mirada social y su concepción política la hacen observar y simbolizar una sociedad en movimiento, dentro de una nivelación de la escritura realizada en Hispanoamérica. Creo que es importante este eje para definir la literatura puertorriqueña actual. Cierto es que los contextos ciudad, campo, emigración y guerra son fundamentales para ver el accionar literario de Puerto Rico. Y que la mirada a una sociedad cambiante con los antecedentes de Zeno Gandía (“La charca” y “Redentores”), impulsa una conciencia puertorriqueña en los escritores de tal manera que no se concibe ser escritor puertorriqueño sin aceptar las ideas descolonizadoras.

En el orden temático, tan reiterado en una metafísica del análisis literario que separa forma y contenido y en el terreno de una estilística que veía morir, la generación de José Luis González puso énfasis en el campo, como sus predecesores, pero muy pronto pasó a configurar el traslado a la ciudad y en esta el destino de las clases subalternas. Así como la miró Julia de Burgos en “Bajo el Puente Martín Peña”, o en la poesía del primer Luis Palés Matos. Los cuentos de del autor de “En el fondo del caño hay un negrito” recorren cual el pionero esta andadura. Así también su obra “Balada de otro tiempo”, como “La Carreta” (1953) de René Marqués son ejemplos de esos cambios.

El Puerto Rico suburbano muestra las tensiones entre campo y ciudad. Queda el arrabal de la Perla en “La Carreta” como cronotopo de esta coyuntura histórica. Y en “El fondo del caño hay un negrito”, muestra no solo el arrabal, sino que González introduce la negritud en la narrativa, como Luis Palés Matos lo hizo en la poesía, mientras que Francisco Arriví pone en tensión el prejuicio racial en “Vejigantes” (1958), como Tapia lo hiciera el espacio de La Habana, en “La cuarterona” (1866). El cambio de “la altura” a “la bajura”, con el desarrollo de la industria azucarera en “La llamarada” (1930) de Laguerre lo simboliza González en “Balada de otro tiempo”. Mientras que la migración aparece “En Nueva York y otras desgracias” (1973). El texto más emblemático que aborda es espacio es “Spik” (1973) de Pedro Juan Soto…

En el anclaje de esta generación en Hispanoamérica, no es menos. Los autores del 50 fueron lectores de la literatura estadounidense. Los puertorriqueños la leen también y muchos directamente. De ahí que no estuvieran lejos de aquellos que propiciaron el Boom latinoamericano. La tradición estadounidense se encuentra en la narrativa de González como en el teatro de René Marqués. La escritura del Boom es poderosa en “Figuraciones en el mes de marzo” (1972), de Emili Díaz Varcárcel y en “El francotirador” (1973) de Pedro Juan Soto. De ahí que esta generación de escritores tiene profundas raíces en la literatura puertorriqueña, y se entronca en la literatura hispanoamericana.

La idea de José Luis González de que estaban haciendo una literatura distinta. No solo es cierta desde el giro que dio al lenguaje jíbaro, sino también en la búsqueda de una expresión lingüística propia (“Conversación”, 1976). Como discípulos de la Generación del 1930, los del cincuenta están limitando la literatura anterior. Cabe significar que esta generación se encuentra bajo el magisterio de Concha Meléndez y Margot Arce de Vázquez. Ya en la década del 1950, y bajo la dirección de don Federico de Onís, Río Piedras está interesada en la obra de Julia de Burgos, en la narrativa de Collado Martell y en la poesía de Luis Palés Matos.

En síntesis, la generación de 1950 o la promoción de la posguerra deja en la literatura puertorriqueña un registro que toca la literatura hispanoamericana, la conciencia del escritor puertorriqueño visita los contextos, campo, arrabal, ciudad, Nueva York… y funda la literatura sobre la diáspora; a lo que ay que agregar el giro el lenguaje literario y el fundar la literatura contemporánea sobre la ciudad. Encabalgando el treinta, profundiza una identidad político-social que continúa en la generación del setenta. Estos cambios tienen mucho que ver con la escritura de José Luis González y con los aportes del ‘ausubado’ puertorriqueñismo de René Marqués.

 

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