Avanza derrame petrolero y amenaza tesoro marino de Brasil
Las manchas negras aparecieron sin avisar a finales de agosto de 2019. El crudo se adhirió a las raíces de los manglares, cubrió los caparazones de las tortugas y se mezcló con la arena de las playas del noreste de Brasil.
Aquel derrame, cuyo origen jamás se confirmó de forma oficial, se convirtió en un presagio. El entonces presidente Jair Bolsonaro señaló primero a un petrolero venezolano y después a Greenpeace, pero las corrientes marinas ya extendían el vertido por nueve estados.
Esa herida abierta en la memoria colectiva es el punto de partida para entender la alarma actual frente al empuje de la frontera petrolera en el Atlántico.
Con aquella catástrofe aún sin cicatrizar, el gobierno brasileño concedió a principios de este año las primeras licencias de exploración en dos décadas frente a la costa noreste. La decisión política encendió todas las alertas de la comunidad científica.
Un equipo de ecólogo del Instituto Chico Mendes para la Conservación de la Biodiversidad, publicó una investigación que busca predecir la magnitud y la ruta de un posible derrame futuro.
La conclusión principal es contundente: las autoridades subestiman los riesgos ambientales porque trabajan con mapas de hábitats desactualizados y analizan cada bloque de exploración de forma aislada, sin considerar el impacto acumulativo sobre todo el ecosistema marino.
El espejismo del control en alta mar
La lógica administrativa que fracciona el océano en pequeños bloques petroleros es, según los autores del estudio, el primer gran fallo de seguridad.
Los científicos insisten en que la mayoría de las licencias solo evalúan la actividad en una ubicación específica y pierden la visión de conjunto. Para corregir ese enfoque miope, los investigadores combinaron modelos oceánicos avanzados con cartografías actualizadas de hábitats sensibles.
El resultado de ese cruce de datos sitúa a las praderas marinas y a los arrecifes de aguas profundas de la Cuenca Potiguar, frente a Rio Grande do Norte, como las zonas más expuestas a la contaminación en un escenario de accidente.
Esa región submarina pertenece al llamado Margen Ecuatorial, una plataforma que se estira desde Amapá hasta Rio Grande do Norte y que Petrobras describe como “una nueva frontera en alta mar”.
La petrolera estatal defiende su historial de más de setecientos pozos perforados sin incidentes ambientales graves en medio siglo de actividad.
Sin embargo, los analistas del Departamento de Medio Ambiente de Brasil ya describieron el riesgo de un vertido en esta zona profunda como “sin precedentes”.
En una nota técnica de 2025, los funcionarios alertaron sobre la combinación letal de fuertes vientos, corrientes impredecibles y la complejidad de operar en aguas tan profundas.
La propia compañía estatal experimentó un sobresalto reciente que alimenta las dudas sobre su control operativo. En enero de 2026, Petrobras se vio obligada a suspender las perforaciones en la Cuenca Foz do Amazonas tras confirmar una fuga de fluido de perforación sintético.
Apenas un mes después, el organismo ambiental impuso una multa de 2,5 millones de reales por aquel incidente. Aunque la empresa insiste en la seguridad de sus procesos, la imagen de una fuga en plena fase exploratoria provocó un temblor político y reavivó el debate sobre la velocidad con la que el Estado está empujando esta frontera petrolera.
El coral invisible que pocos protegen
Para entender qué está realmente en juego bajo la superficie del mar, el equipo de expertos tuvo que reconstruir el mapa de la vida sumergida. El hallazgo fue desconcertante: muchos de los registros oficiales subestimaban la extensión de los corales formadores de arrecifes en hasta 550 kilómetros.
El llamado Arrecife Amazónico, descrito formalmente por la ciencia en 2016, es una maraña de corales mesofóticos que funciona como un engranaje vital para la biodiversidad de todo el Mar Caribe.
A ese tesoro ecológico se suman las praderas de pastos marinos y los manglares costeros, que actúan como criadero de casi quinientas especies del fondo marino y refugio de manatíes híbridos y tortugas.
La presión política para acelerar la explotación choca de frente con la fragilidad de estos ecosistemas. El presidente Luiz Inacio Lula da Silva abrió 19 bloques adicionales en abril, sumando más piezas a un tablero de alto riesgo.
El gobierno aspira a aumentar la producción de petróleo un 20 por ciento para 2030 y Petrobras calcula que el Margen Ecuatorial guarda 10 mil millones de barriles. Con semejante botín energético en el horizonte, los científicos temen que el principio de precaución quede sepultado bajo toneladas de interés económico.
Los científicos lo expresan con una imagen sencilla: cada licencia parece un pequeño paso en medio de la nada, pero una vez abierta la puerta, será muy difícil justificar por qué no se explotan todas las áreas adyacentes.
Esta investigación no se limita a señalar el peligro, sino que propone una hoja de ruta preventiva. La idea central es priorizar la preparación para emergencias en las regiones con alta probabilidad de vertido y, al mismo tiempo, ampliar las Áreas Marinas Protegidasen los espacios de menor riesgo relativo pero alto valor para la conservación.
Por otra parte, la existencia de una red de reservas marinas más robusta obligaría a los reguladores a analizar con mayor detenimiento las consecuencias ambientales de cada nuevo permiso. Por eso los expertos admiten que la planificación de estas áreas avanza con lentitud, pero precisamente por eso la consideran una tarea urgente.
AL MAYADEEN.
