Catálisis totalitaria

Frédéric Lordon.

Foto: Terrón de azúcar en llamas, con cenizas como catalizador (Imagen de Robin Muller)

Traductor: Rolando Prats.

Frédéric Lordon analiza la situación en Palestina y cuestiona la reacción en los principales medios de comunicación franceses a la declaraciones de Jean-Luc Mélenchon, líder de La France insoumise, en relación con el ataque de Hamás contra Israel.


En esta entrada de su blog en Le Monde diplomatique, publicada el pasado 15 de octubre de 2023, Frédéric Lordon parte de la reacción en los principales medios de comunicación a declaraciones de Jean-Luc Mélenchon, líder de La France insoumise, en relación con el ataque de Hamás contra Israel el 7 de octubre, para reflexionar sobre lo que denomina «economía general de la violencia» y conceptos como «terrorismo» y «crímenes de guerra», así como sobre las implicaciones políticas y éticas de esa «economía» para el conflicto en Oriente Medio y más allá.


Existe una economía general de la violencia. Ex nihilo nihil: nada viene de la nada. Siempre hay antecedentes. Por desgracia, esa economía se rige por un solo principio: la reciprocidad… negativa. Una vez que la injusticia se ha llevado al límite, una vez que el grupo ha experimentado el asesinato en masa —y, lo que es peor, la invisibilización del asesinato en masa—, ¿cómo no podría emanar de todo ello un odio con sed de venganza? Las justificaciones estratégicas —hacer fracasar la normalización de las relaciones entre árabes e israelíes, reinstaurar en la escena internacional el conflicto palestino-israelí—, si bien reales, se han tropezado, sin embargo, con el hecho de que entre sus recursos figura el combustible de la venganza asesina.

«Terrorismo»:  palabra sin salida

La France insoumise no ha cometido los errores de que se la acusa. Pero ha cometido uno. Y grave. Frente a un acontecimiento de esta índole, no se puede pasar directamente al análisis sin antes expresar al horror, el espanto y la abominación[1]. No basta con pagar la cuota mínima de compasión ni, para salir del apuro guardando las apariencias, con soltar unas cuantas obleas verbales. Incluso si lo que se concede al pueblo palestino no rebasa esa cuota, se imponía esta vez atenerse al deber antes enunciado… y avergonzar a los prescriptores de la compasión asimétrica.

Y, sin embargo, ese error, innegable, se ha aprovechado y se ha desplazado para transformarse —en el debate público— en motivo de emplazamiento y hasta de abjuración, respecto del cual La France Insoumise tiene esta vez toda la razón en no ceder: la cuestión del «terrorismo». ¿Debe ser el «terrorismo» —como afirma Vincent Lemire— «el punto de partida del debate público»? No. Ni siquiera es el punto de llegada: cuando mucho, su callejón sin salida. «Terrorismo» es una palabra sin salida. Es lo que nos recuerda Danièle Obono, y no le falta razón. Incapaz de otra cosa que no sea establecer como única perspectiva la erradicación e impedir cualquier análisis político, «terrorismo» es una categoría que se sitúa al margen de la política, una categoría que te saca de la política. La prueba la da Macron: «unidad de la nación» y derivados, 8 veces en 10 minutos de morondanga. Suspensión de los conflictos, neutralización de los desacuerdos, decreto de unanimidad. Conclusión lógica: las manifestaciones de apoyo al pueblo palestino son manifestaciones de apoyo al terrorismo e incluso manifestaciones terroristas, que es por lo que están prohibidas.

Conceder que se trata de «terrorismo» es negar que lo que ocurre en Israel-Palestina es de carácter político. Y ello en grado sumo. Incluso si esa política adopta la forma de la guerra, continuando así por otros medios, según la fórmula de Clausewitz. El pueblo palestino está en guerra: no se le ha dado mayor margen de maniobra. En su seno se formó una entidad para dirigirla: ¿de dónde pudo haber salido? «Han convertido a Gaza en algo monstruoso» —dice Nadav Lapid. ¿Quiénes son «ellos»?

Sin que sea necesario echar mano a «terrorismo», desafortunadamente bastan «guerra» y «crímenes de guerra» para describir el colmo del horror. También bastan para describir las abominables masacres de civiles. Si para hablar de algo como la guerra —cosa que por principio equivale a matanza— se ha acuñado la categoría de «crímenes de guerra», sin caer en el pleonasmo, es para designar actos que hacen que algo que de por sí es atroz alcance niveles incluso superiores de atrocidad. En cualquier caso, es ese el momento en que una vez más hay que pensar en términos de economía general de la violencia: crímenes que llevan a crímenes, crímenes que precedieron a crímenes. La obstinación con que se quiere hacernos pronunciar la palabra «terrorismo» no satisface más que necesidades pasionales, sin ningún tipo de rigor intelectual.

En realidad, «terrorismo» y «crímenes de guerra» son dos categorías que no dejan de entrecruzarse y que no perfilan ninguna antinomia estable. Hiroshima se ajusta, en sentido estricto, a la definición de terrorismo formulada por las Naciones Unidas: matar a civiles que no son parte directa en las hostilidades con el fin de intimidar a una población u obligar a un gobierno a realizar un determinado acto. ¿Se ha hablado alguna vez de terrorismo en el caso de la bomba de Hiroshima? ¿Y en el de Dresde? Al igual que en Hiroshima: aterrorizar a una población para obtener la capitulación de su gobierno.

Pero para quienes, en la situación actual, han hecho de ello motivo de abjuración, «terrorismo» tiene una virtud insustituible: hacer que la violencia parezca desprovista de todo sentido. Y de causas. Violencia pura, venida de ninguna parte, que en rigor no reclama otra acción que no sea la extirpación, eventualmente en el registro elevado de la cruzada: el choque de civilizaciones, el eje del Bien, sin que haya margen para cuestionamiento alguno. Es cierto que en este caso navegamos por sobre aguas vallsianas[2], en las que comprender y conmoverse entran en contradicción y necesariamente disminuye la sensación de horror, lo que a su vez hace que aumente la complacencia. El imperio de la estupidez, como un derrame de petróleo, jamás deja de expandirse.

La pasión por no comprender

Sobre todo eso: no comprender. Lo cual, por otro lado, exige que se haga un esfuerzo, pues son abrumadoras las pruebas y basta con tener abiertos los ojos… para comprender. Se martiriza a todo un pueblo por medio de una ocupación que dura ya casi 80 años. Se lo encierra, se lo hacina al punto de enloquecerlo, se lo mata de hambre, se lo asesina, y no queda ni una sola voz oficial que diga una palabra al respecto. Así, 200 muertos en diez meses: ni una palabra —entiéndase ni una palabra que se pueda comparar ni remotamente con las palabras que se empeñan a favor de los israelíes. Multitud de testimonios en vídeo de crímenes todavía frescos cometidos por Israel: ni una palabra. Marchas pacíficas de palestinos hacia la frontera, 2018, 200 muertos: ni una palabra. Francotiradores que tiran al blanco apuntando a las rodillas, 42 en una tarde, un montón: pero ni una palabra: sí: «el ejército más moral del mundo». Exsoldados del ejército más moral del mundo que denuncian la repulsión, la crueldad de lo que les hicieron hacer a los palestinos: ni una palabra. A cada una de las abominaciones cometidas por Hamás el 7 de octubre podría oponérsele otras tantas o más cometidas por los militares o los colonos: esas que apenas hacen que se forme una onda en la superficie del agua. Las tragedias israelíes se personifican en desgarradores testimonios, las tragedias palestinas se aglomeran en estadísticas. Hablando de estadísticas: nos gustaría saber qué proporción de los hombres de Hamás que salieron al ataque ese fin de semana habrían cargado en sus brazos los cadáveres de sus seres queridos, los cuerpos desarticulados de bebés, hombres para quienes la vida ya no tiene otro sentido… que no sea la venganza. No se trata de «terrorismo», sino del metal fundido de la venganza vertido en la lucha armada. Eterno motor de la guerra. Y de sus atrocidades.

En cualquier caso, es ese el sentimiento de injusticia que mantiene unido al grupo. Una vida que no vale lo que otra: no puede haber mayor injusticia. Hay que ser demasiado obtuso para no ser capaz de imaginárselo; en el mejor de los casos, ni siquiera por comprensión humana, sino por simple precaución estratégica. Que el martirio colectivo se pueda reducir así a la nada, que se niegue todo valor a la vida de los árabes y que ello pueda continuar indefinidamente, vaya ilusión colonizadora.

Bloque burgués e «importación»

Pero hay algo que resulta todavía más sorprendente: todo el Occidente oficial comulga con esa ilusión. En Francia, a un grado asombroso. Es grande la preocupación por los riesgos de «importación del conflicto». Sin darse cuenta de que el conflicto ya se está importando en una escala masiva. Por supuesto, «importación del conflicto» es una manera apenas velada de decir «árabes», «inmigrantes», «suburbios». Si bien no es ese en absoluto el verdadero canal de importación, que por el contario tenemos delante de nuestros propios ojos, tan ancho como el de Panamá, borboteando como una tubería de presión: el canal de importación del conflicto es el bloque burgués (Amable y Palombarini ©[2]). Todo su aparato —personal político, mediocracia en cuadro apretado y medios de comunicación en «edición especial»— se activó al instante para la importación. ¿Por qué tanta fijación con el terrorismo? Por La France Insoumise, claro está: y dale con lo mismo. Esta vez, sin embargo, con un nuevo punto de vista: el punto de vista de la importación interesada. Cuando afuera el bloque burgués cierra filas con Israel, aprovecha la oportunidad para unirse contra sus enemigos dentro.

En este caso lo que se necesitaría es un análisis de la solidaridad refleja del bloque burgués con «Israel» (en cuanto entidad indiferenciada: población, Estado, gobierno) y de las afinidades por las que esa solidaridad pasa. Afinidades burguesas: el mismo gusto por la democracia adulterada (burguesa), la misma posición estructural de dominio (dominio nacional, dominio regional), las mismas representaciones mediáticas ventajosas, en este caso de Israel como sociedad burguesa (start-ups y fun en Tel Aviv). Todo lleva al bloque burgués a reconocerse espontáneamente en la entidad «Israel» y, por tanto, a abrazar su causa.

Es más: el bloque burgués francés es más israelí que los israelíes: se rehúsa a que se diga «apartheid» aunque lo digan los propios funcionarios israelíes; se rehúsa a que se diga «Estado racista» aunque lo diga una parte de la izquierda israelí, que a veces dice incluso más; se rehúsa a que se hable de la aplastante responsabilidad del Gobierno israelí aunque de ello hable Haaretz; se rehúsa a que se hable de la política cada vez más letal de los gobiernos israelíes, aunque de ello hable una avalancha de altos funcionarios israelíes; se rehúsa a decir que Hamás cometió «crímenes de guerra», aunque lo digan las Naciones Unidas y el derecho internacional. Gideon Levy: «Israel no puede encarcelar a dos millones de palestinos sin pagar un terrible precio.» Daniel Levy, exdiplomático israelí, a una periodista de la BBC que le dice que los israelíes a punto de aniquilar Gaza están «defendiéndose»: «¿Cómo puede decir usted algo así sin pestañear? ¿Decir semejante mentira?» El bloque burgués: «Israel no hace otra cosa que defenderse.» Dice «terror» cuando los rusos cortan el acceso de Ucrania a todo recurso, pero no dice nada cuando Israel corta el acceso de Gaza a todo recurso. El bloque burgués experimenta un rapto de identificación que nada puede desarmar.

Lo experimenta tanto más intensamente cuanto que la lucha contra los enemigos del hermano burgués de fuera y la lucha contra los adversarios del bloque burgués de dentro se refuerzan mutuamente. Es como una gigantesca resonancia inconsciente, que adquiere toda su fuerza en una situación de crisis orgánica en la que el bloque burgués impugnado está dispuesto a todo con tal de mantenerse.

El bloque mira a su alrededor y no ve sino a un solo enemigo de consideración: la France Insoumise. El Partido Socialista, Europa Ecología Los Verdes, el Partido Comunista, a todos los ha neutralizado, no hay de qué preocuparse por ellos. Son gente que no representa ningún peligro y hasta pueden ser preciosos auxiliares. La France Insoumise, no. Se presenta ahora una oportunidad para aniquilarla: sin vacilar ni por un segundo. Al igual que con Corbyn y Sanders, las fabulaciones sobre su antisemitismo ya habían alcanzado velocidad de crucero, pero una oportunidad como ésta no se presenta todos los días. El paso en falso inaugural de La France Insoumise resultó providencial: todo podrá hacerse pasar por esa brecha: mentiras flagrantes, tergiversación descarada de declaraciones, encuestas falsas sobre declaraciones ficticias o sobre la ausencia de declaraciones, acusaciones delirantes. La BBC se abstiene de decir «terrorista», pero la France Insoumise tiene que decirlo. Académicos incuestionables producen análisis en los programas de televisión, pero el mismo análisis hecho por la France Insoumise es motivo de escándalo. La posición de la France Insoumise, en resumidas cuentas, es bien similar a la de las Naciones Unidas, pero se la tilda de antisemita. «¿Qué busca Jean-Luc Mélenchon? ¿Condonar el terrorismo islamista?», se pregunta sutilmente La Nuance.

Cristalización

La violencia del espasmo que sacude la vida política en Francia no tiene otra causa. El acontecimiento ha actuado como un poderoso reactivo que hubiese revelado todas las tendencias actuales del régimen, llevándolas a un punto al que ni siquiera las revueltas de julio les habían hecho alcanzar. El efecto catalizador ha sido abrumador. Crisis tras crisis, la dinámica pre-fascista no deja de adquirir consistencia y profundizarse. Meyer Habib, diputado francés de extrema derecha israelí, lo expresó en estos términos: «Rassemblement National[4] ha entrado en el campo republicano.»

En cada ocasión, la hora de la verdad no deja de tener sus ventajas: ahora sabemos en qué consiste el campo republicano. Es el campo que prohíbe la disensión, que prohíbe la expresión pública, que prohíbe las manifestaciones, que impone la unanimidad o el silencio y que hace que sus matones policiales amenacen a todos aquellos y a todas aquellas que puedan verse tentados a seguir haciendo política en torno a la cuestión israelo-palestina. Es el campo que hace que instituciones universitarias adviertan de la publicación de comunicados por sindicatos estudiantiles, que estaría considerando discretamente la posibilidad de enjuiciar a organizaciones como el Nuevo Partido Anticapitalista o Révolution permanente y que es probable que esté pensando ya secretamente en disolverlas.

De hecho, es mucho más que un espasmo. Por definición, un espasmo acaba por distenderse. En este caso, cristaliza: precipita una fase. Y no cualquier fase, sino la catálisis totalitaria. «Totalitaria» es la categoría que se impone en el caso de toda empresa política destinada a producir unanimidad bajo coacción. La intimidación, el alineamiento a la fuerza, el afán de venganza, la distorsión sistemática y la reducción a monstruosidad de toda opinión divergente son las operaciones de primer orden. Después vienen la prohibición y la penalización. Mostrar apoyo al pueblo palestino se ha convertido en un delito. Desplegar una bandera palestina se castiga con una multa de 135 euros: en vano se le busca algún fundamento jurídico presentable. «Free Palestine» es un graffiti antisemita… según CNews, que se ha convertido en árbitro de los buenos modales en la materia, signo del trastorno de los tiempos, en que la connivencia actual con antisemitas reparte acusaciones de antisemitismo, mientras que la connivencia anterior con los nazis reparte acusaciones de nazismo. Con la aprobación silenciosa del resto del campo político y mediático. En los pasillos de toda la galaxia Bolloré, no paran de desternillarse de risa, mientras que en LREM[5], France Inter y todos los programas como-se-llamen de France 5, se lo toman al pie de la letra. El campo republicano es el campo que suspende la política, las libertades y los derechos fundamentales, el campo unido en el racismo antiárabe y el desprecio por la vida de quienes no son blancos.

El mundo árabe, y no sólo él, no deja de observar todo esto, y todo ello se sigue grabando en la memoria de sus pueblos. Cuando la némesis regrese, porque lo hará, los dirigentes occidentales, atónitos y con los brazos cruzados, seguirán sin comprender nada. Stupid white men. 


*Frédéric Lordon es economista y filósofo francés, Director de investigación del CNRS en el Centre Européende Sociologie et de Science Politique en París, es profesor en la École des Hautes Études en Sciences Sociales y colaborador habitual de Le Monde diplomatique.

Notas del traductor

[1] Referencia a las declaraciones de Jean-Luc Mélenchon, publicadas en la tarde del propio 7 de octubre en su cuenta de X, antes Twitter: «Toda la violencia desatada contra Israel y Gaza demuestra sólo una cosa: la violencia no produce ni se reproduce sino a sí misma. Nos sentimos horrorizados y nuestros pensamientos y nuestra compasión están con todas las angustiadas víctimas de todo esto. Es necesario decretar un alto el fuego. Francia debe esforzarse en lograrlo con toda su fuerza política y diplomática. Los pueblos palestino e israelí deben poder convivir en paz y seguridad. Existe una solución consistente en la creación de dos Estados, de conformidad con las resoluciones de las Naciones Unidas.»

[2] Alusión al ex Ministro del Interior (2012-2014) y ex Primer Ministro de Francia (2014-2016) Manuel Valls, del ala derecha del Partido Socialista.

[3] Véase Bruno Amable y Stefano Palombarini, L’illusion du bloc bourgeoisAlliances sociales et avenir du modèle français, París, Raisons d’agir, 2017.

[4] Partido político francés de extrema derecha, que hasta 2018 se denominara Front National.

[5] Siglas de La République en Marche, partido político de Emmanuel Macron.

Fuente: Jacobin

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