La presentación oficial habla de equidad actuarial, sostenibilidad y redistribución. Pero no menciona lo esencial: que cada familia dominicana con dependientes pagará más cada mes, ni reconoce que las ARS no verán reducidas sus ganancias, ni explica por qué no se hicieron públicos los estudios actuariales que justificarían estas decisiones. Y mientras tanto, ningún actor con deber legal de exigir transparencia aparece para decir lo obvio: que económica, política y éticamente, estas decisiones no son neutras.
El silencio más grave es el del CMD. Desde 2003, cuando la Ley 68-03 transformó la antigua AMD en Colegio Médico Dominicano, el gremio dejó de ser un sindicato reivindicativo y pasó a ser, por mandato de ley, un actor estructural del sistema. La ley lo facultó para vigilar, exigir y actuar como veedor social en cada instancia donde se define el financiamiento, la calidad de la atención y el futuro del sistema de salud. Pero durante más de dos décadas el CMD ha preferido refugiarse en la retórica de siempre: salarios, honorarios y reivindicaciones; esenciales, sí, pero insuficientes frente al mandato institucional que la propia ley le asignó.
Hoy, cuando el CNSS ajusta silenciosamente la cápita, cuando se transfieren millones desde el bolsillo de los trabajadores hacia la maquinaria del seguro, cuando el sistema decide sin contrapesos técnicos ni políticos, el CMD vuelve a quedar fuera de la mesa. No por exclusión, sino por renuncia. Renuncia a ejercer el rol que la ley le otorgó: ser el único actor con la autoridad moral, técnica y jurídica para interpelar al SFS desde dentro. En ese sentido, el silencio del CMD no es una omisión: es una forma de complicidad estructural.
Las consecuencias de estas decisiones no recaen sobre abstracciones: recaen sobre hogares reales. Pensemos en la microescena cotidiana: una maestra con dos dependientes adicionales, cuyo salario no se indexa desde hace años. Todos los meses pelea para pagar transporte, comida, el medicamento para su madre diabética y las cuotas del colegio. Ahora deberá asumir los RD$204 adicionales por dependiente, mientras sigue recibiendo un sistema de salud que no mejora en calidad, no fortalece el primer nivel de atención, no hace más accesibles los medicamentos y no amplía los servicios. En otros términos: se le exige más para recibir lo mismo.
Esta microescena revela la esencia del problema: las decisiones financieras del sistema terminan ajustando el metabolismo social de la gente. Menos comida, más trabajo, más angustia, menos medicamentos, menos tiempo. Porque, al final, el financiamiento del SFS no se sostiene ajustando modelos actuariales; se sostiene exprimiendo la vida cotidiana de quienes menos tienen.
Y mientras tanto, la otra gran crisis sigue intacta: la epidemia silenciosa de diabetes. Más del 13 % de la población adulta vive con ella; casi un millón y medio de personas. Cuatro de cada diez ni siquiera están diagnosticadas. Una enfermedad crónica, costosa, implacable. Pero ningún ajuste financiero reciente busca mejorar su manejo, fortalecer el primer nivel de atención o abaratar medicamentos. Se recauda más, pero no se transforma. Se protege la solvencia del sistema, no la salud de la población.
Por eso este artículo no es un llamado emocional, sino una advertencia clara: el proceso judicial no corregirá de raíz el sistema. Acusar gestores sirve para calmar ansiedades, pero no toca la raíz del problema. La crisis de SeNaSa no es un accidente; es el resultado lógico de un modelo donde el riesgo se socializa y la ganancia se privatiza. Y ahora, en nombre de la equidad, se pretende corregir el desbalance pidiendo más sacrificio a quienes ya sostienen el sistema.
Si el CMD quiere recuperar legitimidad, debe abandonar el silencio confortable y ocupar el lugar que su propia ley le asignó: ser el regulador social del sistema, no su espectador. La salud no se transforma en un tribunal; se transforma en la mesa donde se decide el financiamiento, la calidad y la vida. Y esa mesa hoy está ocupada por quienes administran el sistema, no por quienes lo sostienen.