El cambio de era

Por José Ernesto Nováez Guerrero

El historiador marxista británico Eric Hobsbawm en su importante obra “Historia del Siglo XX”, sostiene que hay dos siglos XX: el cronológico y el que él denomina como “el siglo XX corto”, que inicia en 1917 y concluye en 1991.

En el análisis de Hobsbawm, el mundo que Occidente y la mayor parte del globoconocían, fue herido de muerte por el estallido de la Primera Guerra Mundial y definitivamente enterrado con el triunfo de la Gran Revolución Socialista de Octubre en el seno del viejo y decadente imperio de los zares.

Octubre marca el nacimiento de una nueva geopolítica, de una nueva configuración internacional, cuyas oleadas se extenderían con fuerza por Europa y todo el mundo colonial y neocolonial. La impronta de ese hecho, que marcó decisivamente el cariz de toda una época histórica, concluyó con la firma, el 25 de diciembre de 1991, de la disolución de la URSS. Había concluido la época del mundo disputado entre potencias con proyectos sociales y políticos antagónicos e iniciaba la era de la hegemonía absoluta norteamericana.

Por supuesto, buscar acontecimientos puntuales que marquen el fin o inicio simbólico de etapas históricas es sumamente atractivo. Fijar el inicio de la decadencia imperial española en el descalabro de la Armada Invencible o el colapso del socialismo este europeo en el derrumbe del Muro de Berlín, ilustra, pero a la vez oculta la complejidad de procesos históricos que se fueron desarrollando en dilatados períodos de tiempo. Oculta la incapacidad de la corona española para adaptar su modelo económico al naciente capitalismo y las graves insuficiencias democráticas, políticas y sociales de numerosos proyectos socialistas en Europa del Este que no supieron encontrar un genuino arraigo popular. Oculta, también, la suma de numerosos errores internos y la forma en que las acciones de sus enemigos contribuyeron, también, a la manera en que evolucionaron estos y otros procesos.

No obstante, lo apuntado, considero sumamente útil la premisa de análisis de Hobsbawm, sobre todo porque invita a pensar los procesos históricos más allá de las cronologías, atendiendo a su evolución,buscando los factores que precipitaron su cambio e intentando definir el momento específico en el cual, siguiendo al maestro Hegel, vemos como una serie de cambios cuantitativos devienen en un cambio cualitativo. Definir esto, desde luego, resulta un ejercicio menos tortuoso para el historiador que para el que intenta un análisis geopolítico de actualidad. El historiador tiene a mano la ventaja de mirar en retrospectiva, ver desenlaces, declaraciones de figuras que fueron protagonistas de los hechos, posibles documentos desclasificados por gobiernos y servicios de inteligencia, testimonios, análisis, etc.

Quien mira el presente desde la inmediatez muchas veces solo tiene, además de su intuición, el escaso y confuso material de lo que ocurre, el pasado reciente, declaraciones fragmentarias y los convenientes silencios de muchos implicados, por razones de seguridad o por razones de complicidad. Todo juicio emitido en esas circunstancias tiene un importante componente de falibilidad, mucho mayor, en cualquier caso, que el juicio emitido con el paso del tiempo y la sedimentación de muchos procesos.

No obstante, existe un amplio consenso entre muchos de los que miran al presente respecto a un hecho clave, que conecta con lo que hemos venido apuntando anteriormente: estamos asistiendo al declive de la hegemonía norteamericana. Esto no implica, necesariamente, el fin de Estados Unidos como gran potencia o el fin del capitalismo como sistema. Sencillamente implica que “el mundo basado en reglas” que configuraron los grandes poderes occidentales luego de la Segunda Guerra Mundial, está en un proceso de reconfiguración, cuyas consecuencias a largo plazo son difícilmente previsibles.

La crisis de hegemonía norteamericana se expresa, en la práctica, de diversas formas, aunque me gustaría recalcar al menos dos elementos relevantes: la pérdida de confianza dentro del propio Estados Unidos en las instituciones que ellos mismos contribuyeron a configurar y, por consiguiente, la retirada o sabotaje al trabajo de muchas de esas instituciones; y el aumento sostenido del recurso a la violencia como principal palanca para lograr sus objetivos geoestratégicos. Ampliemos un poco.

La actual administración y el fenómeno político del trumpismo son la apuesta política de una parte de la sociedad y las élites norteamericanas para dar respuesta a los problemas internos y a la expresión en la arena internacional de la crisis de hegemonía del país. Las propias decisiones económicas del país,incluyendo el abandono del patrón oro y décadas de políticas neoliberales fueron vaciando el tejido industrial del país, aumentando sostenidamente la inflación y el déficit y configurando un modelo financiero dependiente de flujos constantes de dólares, con una grave tendencia a inflar burbujas especulativas que al explotar generan profundas crisis como la del 2008 y con una dependencia crítica al sostenimiento del dólar como moneda de cambio a nivel internacional, apuntalado en buena medida por los petrodólares de los países exportadores del Golfo.

Los resultados concretos de estas dinámicas para la sociedad norteamericana han sido lapérdida de empleos, la precarización de los existentes, la erosión de los salarios reales y el deterioro de numerosos indicadores sociales de salud y educación. Mientras una pequeña élite no ha parado de enriquecerse obscenamente, la otrora numerosa e influyente clase media ha visto cómo la inseguridad y la inestabilidad se abren paso en sus filas, sembrando amargura, descontento e ira. Ni hablar de los grupos históricamente discriminados, cuya situación no pocas veces ha empeorado.

Estos sectores son la base social del trumpismo. Trump gobierna en su nombre, pero en beneficio exclusivo de los superricos y su fortuna personal. Estos sectores que Trump representa se sienten engañados por la institucionalidad existente. Y su recelo contra ella se refleja, en materia internacional, en su recelo contra todo el ordenamiento institucional, jurídico y político que Estados Unidos configuró en beneficio de sus intereses. Las tarifas, una de las herramientas predilectas de Trump, son la manera de devolverle a Estados Unidos “lo que le han robado”. Sin embargo, estas tarifas niegan el espíritu de la Organización Mundial del Comercio, impulsada en su momento por los propios Estados Unidos para impulsar la liberalización del comercio mundial y un sistema de reglas que, en la práctica, le resultaban beneficiosas.

Sobre este trasfondo es que convendría leer muchas de las acciones que la administración está tomando en la arena internacional. Reconstruir la hegemonía de Estados Unidos, está asociado en su programa político con recuperar los niveles de vida de las clases trabajadores. Pero fueron las propias élites norteamericanas y su afán de acumulación quienes erosionaron estos niveles de vida. Para eludir confrontar este hecho, el recurso fácil es la apelación a un tercero que es el responsable de esta crisis. Y en el caso de Trump, ese tercero va siendo una gran mayoría de la humanidad.

Trump y las élites financieras entienden que Estados Unidos está quedando rezagado frente a China. Este país es su principal objetivo. La Doctrina Donroe y su avance violento sobre el hemisferio occidental busca, entre otras razones, asegurar recursos estratégicos frente a China. Recursos que no pocas veces están en manos de gobiernos no precisamente alineados con Washington. La injerencia descarada y la violencia son la manera de garantizar ese realineamiento.

Desconocer el papel de la ONU y numerosas organizaciones multilaterales, crear una Junta de Paz que es casi una ONU alternativa, agredir a Venezuela, Irán y Cuba, estimular el conflicto en torno a Taiwán usando proxys, aumentar sostenidamente el meteórico presupuesto militar del país, son todas acciones que responden a un mismo fenómeno y buscan los mismos objetivos.

Pero la realidad, que es siempre rica y dialéctica, suele jugarles malas pasadas a los imperios. La agresión contra Irán, iniciada el 28 de febrero y concebida como un golpe rápido que descabezaba el liderazgo del país y los ponía indefensos en manos de «Israel» y Estados Unidos, ha acabado siendo un conflicto de dimensiones regionales, con todas las papeletas para extenderse más allá de Asia Occidental. Así como Vietnam marcó el inicio de reconfiguraciones profundas en el país, ¿estaremos asistiendo, en el caso de la guerra contra Irán, a uno de esos acontecimientos que marcan el declive profundo de un imperio?

El imperialismo y el sionismo subestimaron al pueblo iraní y a su voluntad de lucha. Hoy asistimos al desmontaje de toda la infraestructura militar crítica de Estados Unidos en la región y a un alarmante aumento del costo del combustible y el gas, producido por el cierre del Estrecho de Ormuz. La complicidad histórica de los estados árabes del Golfo con Estados Unidos no ha garantizado su seguridad frente a las represalias iraníes. El veloz agotamiento de las municiones anti áreas de producción norteamericana pone a la región bajo significativa tensión, sobre todo porque se están gastando a un ritmo superior a la capacidad de producción de la industria norteamericana. De hecho, ya se han dado reportes de que varios países del área han debido comenzar a racionar a cuáles ataques responden y a cuáles no, además de usar inventarios de municiones más antiguas.

El recurso a la violencia como herramienta para el “ajuste” de gobiernos díscolos y el aseguramiento de intereses geopolíticos se ha topado con un grave obstáculo en Irán. La nación persa, si bien tiene desventajas frente a ejércitos técnicamente superiores como el estadounidense y el sionista, ha desarrollado durante décadas una impresionante industria de producción de drones y misiles con alto desarrollo, bajos costos comparativos de producción y altas capacidades productivas. Y aunque nadie puede anticipar el desenlace, todo parece indicar que se está configurando el peor escenario para Washington y la actual administración: una guerra prolongada contra un enemigo fuerte y decidido.

Volviendo al análisis de Hobsbawm, quizás no sea arriesgado afirmar que estamos asistiendo al fin del “largo siglo estadounidense”. Un siglo que inició en 1918, cuando Estados Unidos emergió como el principal beneficiario de la Primera Guerra Mundial, dado el bajo costo de la guerra y las inmensas ganancias que le trajo; que se consolidó en 1945, cuando Roosevelt, en Yalta, se reunió con los representantes de dos grandes potencias en ruinas, Stalin y Churchill, cuya capacidad de incidencia global se veía limitada en comparación con un Estados Unidos que había entrado tarde a la guerra, cuyas pérdidas habían sido muy limitadas en comparación y en cuyo territorio, si descontamos Pearl Harbor, no había caído ni una bomba; y que llegó al paroxismo luego de 1991, cuando convertido en el único gendarme mundial, se dedicó a bombardear e invadir países, con especial énfasis en la región de Asia Occidental. Ese largo siglo de Pax Americana parece estarse desvaneciendo del mismo modo en el cual se configuró su ascenso: con sangre, fuego y grandes peligros para la humanidad. 

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