El Contraataque de la Dignidad: Análisis del 3-E como Punto de Inflexión en la Guerra Descolonial.

Por Asdrúbal J. Alamilla G.

Introducción.

El amanecer del 3 de enero de 2026 no llegó con la luzde nuestro sol que nace en el Esequibo, sino con el estruendo de los algoritmos convertidos en armas y el silbido de los misiles que habían perforando la madrugada caraqueña. Desde esta Caracas -que siempre vencerá-, cuna del Bolivarianismo y ahora trinchera epistémica y geopolítica, este análisis se articula no como un ejercicio académico distante, sino como un acto de militancia comunal situada, un gesto de pensamiento comprometido que brota de las cenizas aún calientes de la agresión. Nos situamos deliberadamente en el epicentro de lo que solo puede entenderse como el colapso terminal del orden liberal internacional y el desenmascaramiento brutal de su sustrato colonial permanente.

El ataque multidimensional, vil, unilateral y desigual ejecutado contra la República Bolivariana de Venezuela —una fusión letal de bombardeos de precisión, (que usó 150 aeronaves y dejó, hasta ahora, el saldo de 100 personas asesinadas y un número similar de heridxs) guerra cibernética y algorítmica, epistemicidio científico, daño de infraestructura estratégica y el secuestro de un Jefe de Estado y una Primera Combatiente/Diputada Nacional (que heroicamente pidió a sus captores, mantenerse junto a su compañero)— trasciende cualquiermarco de incidente bilateral. Representa la cristalización violenta y asesina de una crisis civilizatoria de alcance global. Es la respuesta del capitalismo senil y del imperialismo rejuvenecido hoy -en el “Colorario Trump de la Doctrina Monroe”-, ante el desafío persistente de un proyecto soberano que se atreve a reclamar el derecho a existir, a pensar, a sentir, a hacer y a distribuir sus bienes comunes fuera de los mandatos del mercado global. En este escenario, la disputa ya no es meramente política o económica; es una disputa ontológica por el sentido común del mundo, una batalla por definir qué formas de vida son legítimas y qué pueblos tienen derecho a narrar -en primera persona- su propio futuro.

Desde una perspectiva descolonial, antiimperialista, bolivariana y nuestramericana, asumimos el desafío de analizar esta agresión no como víctimas, sino como testigxs activxs y luchadorxs por la interpretación. Rechazamos la objetividad neutral que invisibiliza las relaciones de poder. Nuestro análisis es un artefacto de contra-hegemonía, destinado a desmontar la ingeniería narrativa imperial y a revelar la arquitectura oculta de la dominación en el siglo XXI: una matriz donde se entrelazan la violencia física, la colonización digital, la guerra cognitiva y el saqueo extractivista.

Este texto, por tanto, es más que un informe; es un mapa de la resistencia. Examina cómo el ataque del 3 de enero intentó, y fracasó rotundamente, en la apropiación de un país libre, soberano e independiente por parte de una potencia nuclear guerrerista, mediante la aniquilación simultánea de infraestructura material (el IVIC, la Meseta de Mamo, el aeropuerto privado de Higuerote y la Casa Guipuzcoana del estado La Guaira, las telecomunicaciones, la defensa, entre otras cuestiones detalladas mas adelante), de su cuerpo social (con los ataques asesinos a zonas residenciales, militares, de salud y respuesta humanitaria) y de su símbolo político (con el secuestro de la pareja presidencial). Pero también, y sobre todo, rastrea cómo la respuesta venezolana desde la dignidad cautiva de sus líderes hasta la serena firmeza de sus instituciones encarna la sabiduría ancestral del rescoldo: la capacidad estratégica de proteger el fuego de la soberanía bajo la ceniza de la adversidad, para que pueda renacer con más fuerza.

Convocamos a leer lo que sigue no como la crónica de una derrota, sino como la documentación de un punto de inflexión histórico. El día que el imperio creyó clausurar la Revolución Bolivariana puede ser, en la memoria larga de Nuestramérica, el día en que se prendió la chispa de su giro descolonial definitivo. Este es nuestro testimonio y nuestra trinchera desde el lugar de los acontecimientos en pleno desarrollo”.

I. La Agresión Multidimensional.

La operación ejecutada en las primeras horas del 3 de enero de 2026 no fue un mera operación militar ilegal y violatoria de la Carta de las Naciones Unidas y el Derecho Internacional Público, herido de muerte en este momento. Fue la puesta en práctica de un paradigma de dominación integral diseñado para quebrar, en un solo movimiento sincronizado, los pilares que sostienen la soberanía de un pueblo: su capacidad cognitiva, su conectividad social, su infraestructura vital y su encarnación política. Este ataque constituye la materialización más avanzada de la Doctrina Monroe, actualizada con las herramientas de la guerra híbrida/digital y la lógica del shock económico. Su objetivo último era generar una interrupción catastrófica en el continuum de la vida nacional, creando un vacío de poder, sentido y respuesta que facilitara la imposición de un nuevo orden colonial.

El primer frente de esta ofensiva fue un epistemicidio de precisión. A la 01:57 horas, bombardeos de alta exactitud buscaron borrar del mapa intelectual de la nación al Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (IVIC). El blanco no fue aleatorio. El ataque concentró su furia en el Centro de Matemáticas, núcleo de la modelación algorítmica y la ciencia de datos, y se extendió a los centros de Física, Química, Ecología y la Unidad de Tecnología Nuclear. Esta destrucción no apuntaba solo a edificios, sino a la memoria técnica y científica acumulada, a los servidores que almacenaban investigación crítica, y a la capacidad de formar a lxs profesionales que sostienen la salud pública, la ingeniería nacional, la soberanía petrolera y otras áreas del saber. Fue un intento de asesinar el futuro, de anular la posibilidad de que Venezuela piense, diseñe y resuelva sus problemas con herramientas propias. Era el mensaje colonial más antiguo, reciclado con tecnología de punta: el Sur no debe producir conocimiento; debe consumirlo.

De igual forma, el sabotaje eléctrico. El ataque criminal contra el Sistema Eléctrico Nacional, focalizado en subestaciones clave como Panamericana 69 Kv y Escuela Militar 4.8 kV, y que afectó líneas vitales de distribución, tuvo un doble propósito táctico y psicológico. Primero, privar intencionalmente de un servicio esencial a extensas zonas de la capital —desde urbanizaciones como Santa Mónica y Colinas de Bello Monte(Urbanizaciones de Oposición Política al Chavismo)hasta sectores populares como Vista Alegre y La Mayas— constituye, conforme a los Convenios de Ginebra y su Protocolo Adicional I, un crimen de guerra que buscaba paralizar la vida cotidiana, interrumpir largamente la refrigeración de medicinas y comida, el funcionamiento de hospitales, la comunicación y la movilidad. Nada de esto sucedió.

Y segundo, la oscuridad forzada era la condición de posibilidad material para el secuestro presidencial y la incursión militar que buscaba generar descoordinación, pánico e indefensión, que no logró. ¡Aquí hubo combate!

Paralelamente, se desató un ataque cibernéticoreconocido por la administración Trump en sus declaraciones, un bloqueo electrónico del espectro electromagnético que desorientó nuestros radares (posiblemente de la aeronave de guerra electrónica EA-18G Growler). Simultáneamente, otros vectores de ataque misilístico y digital interrumpieron y neutralizaron sistemas críticos de defensa aérea y comunicación militar como uno de los sistema defensa antiaérea Buk-M2E (misil tierra-aire) ubicados en la cercanía de la población de Higuerote (estado Miranda), dejando al país, en términos operativos de defensa, ciego y paralizado en el momento crucial. Esta institucionalización de la ofensiva cibernética, revela el nacimiento de un colonialismo digital cuya premisa es el derecho del imperio a violar la integridad tecnológica de cualquier Estado que desafíe su hegemonía.

Esta lógica de aislamiento y fragmentación se completó con el ataque físico a la infraestructura de telecomunicaciones en el Cerro El Volcán (estado Miranda). La destrucción de torres y equipos de CONATEL fue un intento deliberado de cercenar las arterias comunicacionales de la nación, de imponer un silencio informativo forzado que aislara a las comunidades, dificultara la organización popular y allanara el camino para la imposición de narrativas únicas. Era la contraparte material de la guerra cognitiva: si no puedes controlar lo que se dice, destruyes los medios para decirlo, fracasaron.

La agresión también apuntó al cuerpo biológico y social de la nación. La destrucción total de 85 contenedores (en el estado La Guaira) con insumos médicos destinados a mas de 16 mil pacientes renales de todo el país, de un hangar de apresto operacional para ayuda y respuestahumanitaria (en Base Aérea La Carlota) y de infraestructura de la Empresa Estatal BOLIPUERTOS (que administra los Puertos del país con sede principal en el estado La Guaira) es un crimen que trasciende lo bélico para adentrarse en lo thanatopolítico: es la deliberada exacerbación del sufrimiento, la negación calculada del auxilio, la instrumentalización del dolor como herramienta de sumisión. Los bombardeos sobre zonas residenciales (Ciudad Tiuna – Caracas; Catia La Mar – La Guaira; Base Aérea La Carlota – Miranda, entre otras), mezclados con los objetivos militares (Fuerte Tiuna – Caracas, la Academia Militar de la Armada Venezolana – La Guaira, entre otras), buscaban borrar la distinción entre frente y retaguardia, sembrando terror y el intento de quebrar la voluntad de resistencia en el espacio más íntimo: los hogares de la familias venezolanas, hoy más unidos que nunca.

La culminación de esta secuencia, y su núcleo simbólico, fue el secuestro del Presidente Constitucional Nicolás Maduro Moros y de la Primera Combatiente y Diputada Nacional a la Asamblea Nacional Cilia Flores. Conceptualizarlo como “arresto” es aceptar el marco jurídico-colonial del agresor y hacerse cómplice de la vulneración de la soberanía territorial de una Nación inocente.

Fue un secuestro político de Estado, una violación flagrante de todas las convenciones de inmunidad soberana, destinado a escenificar el triunfo total del poder imperial. Buscaba exhibir el cuerpo del líder demonizado como trofeo, ejecutar la humillación fundacional que todo colonialismo requiere para afirmarse. Sin embargo, en un giro simbólico-dialéctico, la dignidad inquebrantable y la serenidad de gigante del Presidente Maduro y su compañera de vida Cilia Flores, tanto durante el acto mismo de secuestro como ante la “audiencia de presentación” de cargos inventados en el tribunal colonial en Nueva York, subvirtieron el espectáculo. Su actitud transformó su cautiverio en una cátedra de entereza y el show judicial en un estrado de denuncia, revelando la profunda fragilidad de un poder que solo puede existir mediante la vejación ajena. La primera gran victoria de aquel día, por tanto, no fue militar -por ahora-, sino moral y política de todo un pueblo, y se libró en el terreno de la representación que el imperio creía controlar por completo.

II. La Respuesta Estratégica

Frente a la tormenta de acero, silicio y fuego desatada por el imperialismo, la Revolución Bolivariana no optó por el choque frontal suicida, ni cedió al pánico o la fragmentación. En una demostración de madurez política y sabiduría estratégica que bebe de las fuentes más profundas de la resistencia nuestramericana, en perfecta unidad popular-militar-policial e institucional reorganisu contraofensiva política y diplomática al más alto nivel.

El primer y más poderoso gesto de esta estrategia se materializó en la continuidad del hilo constitucional. En las horas siguientes al secuestro presidencial se activó el decreto por medio del cual se declara Estado de Conmoción Exterior en todo el territorio nacional (que protege al pueblo, su soberanía e instituciones) y se remitido al Poder Judicial, para que a través de su Sala con competencia en la materia, se fijará su vigencia y aplicabilidad Constitucional. Seguidamente, lainstalación ordinaria de la Asamblea Nacional en la fecha prevista por la Carta Magna, y el funcionamiento sostenido de la administración pública, completaron este cuadro de normalidad revolucionaria, desmintiendo cualquier narrativa de colapso o vacío de poder.

Luego, en un acto de solemnidad revolucionaria, la digna y valiente Vicepresidenta Ejecutiva Dra. Delcy Rodríguez Gómez asumió la Presidencia en calidad deEncargada ante la nueva Junta Directiva del Poder Legislativo, rodeada por el cuerpo diplomático y la fuerza moral del pueblo. Este no fue un simple trámite sucesorio; fue la reafirmación performativa del Estado de Derecho bolivariano frente al intento imperial -y el de sus lacayos nacionales- de reeditar un escenario de superioridad dolosa como el vivido durante las Guarimbas.

Mientras el imperio escenificaba la captura del símbolo, Venezuela escenificaba la indestructibilidad de sus instituciones. Esta firmeza institucional fue el sustento que permitió una respuesta técnica y popular de resistencia operativa. Mientras las bombas aún humeaban, equipos de CONATEL y trabajadores del sector eléctrico iniciaron la restauración de las telecomunicaciones y la red eléctrica saboteadas. Esta labor, más allá de su valor práctico, constituyó un acto de soberanía micro-técnica: la reconquista, palmo a palmo, del territorio digital y energético que el ataque misilístico y cibernético buscó ocupar. De manera paralela, la comunidad científica, herida por la destrucción del IVIC pero no derrotada, inició de inmediato los planes de reconstrucción, transformando la indignación en un compromiso renovado con la soberanía cognitiva. De igual forma, se inició la reparación de las viviendas y edificios destruidos en coordinación con el Poder Popular. Incluyendo, el acompañamiento a los familiares de las víctimas, que desde el Ejecutivo se ha instrumentalizado su protección social a través de una Comisión Especial.

En las calles, lejos de las escenas de caos y desesperación que el guion imperial anticipaba, se organizan marchas multitudinarias y vigilias pacíficas exigiendo la liberación del Presidente y la Primera Combatiente/Diputada Nacional en las 24 regiones del país.

Esta capacidad de respuesta coordinada frustró el objetivo central de la guerra cognitiva imperial. Los rumores tóxicos de “traición” o “pacto”, clásicos del manual de contrainsurgencia de la CIA, se estrellaron contra la evidencia tangible de una dirigencia unida y un pueblo movilizado en defensa de su proceso. La narrativa imperial, que requería mostrar un país sumido en el caos y la disputa fratricida, se encontró con la imagen de un pueblo unido en su diversidad y movilizado que, desde su dolor, recomponía sus lazos comunitarios y su voluntad colectiva para defender su Matria-Patria.

En este contexto, la figura del Presidente Maduro, prisonero de guerra, se transfiguró. Dejó de ser solo un rehén para convertirse en el rescoldo simbólico máximo. Su dignidad inquebrantable ante el tribunal de Nueva York operó como un poderoso dispositivo de contra-narrativa global. Cada gesto y de señal de enterezaenviada, desmontaba la caricatura del “dictadornarcotraficante” y exponía la farsa jurídica extraterritorial de sus captores. Su persona se convirtió en el espejo que reflejaba la barbarie del imperio y, al mismo tiempo, en la prueba viviente de que la llama de la soberanía no podía ser extinguida ni con la fuerza más desproporcionada. Así, la estrategia del rescoldo reveló su dualidad: es protección (preservar la estructura institucional y la cohesión social) y es potencia (proyectar una verdad disruptiva al mundo desde el mismo corazón del aparato agencial imperial en decadencia).

Esta sección, por tanto, no narra una simple defensa, sino una recomposición estratégica en tiempo real. Demuestra que la soberanía en el siglo XXI no se defiende únicamente en el espacio aéreo, en el ciberespacio o en la redes sociales, sino en la capacidad de un pueblo y sus instituciones de mantener encendido el sentido común de la resistencia, de proteger el núcleo de su proyecto político bajo agresión, y de preparar, desde esa posición de fuerza moral y organizativa, las condiciones para el renacer inevitable de su llama. Por eso, al Imperio le falta lo que tenemos de sobra, la calle.

III. La Batalla por la Interpretación

La agresión del 3 de enero no solo desencadenó una respuesta institucional-militar; también activó un frente de batalla fundamental y a menudo subestimado: la guerra por la interpretación del mundo. La reacción global, profundamente dicotómica, no fue meramente política, sino epistémica. Puso en evidencia la fractura abismal entre la matriz colonial del saber —que aún sustenta el orden imperial— y la insurgencia interpretativa del Sur Global, que desde la experiencia histórica del despojo diagnostica con crudeza y precisión la naturaleza de los hechos. Esta brecha revela que el evento venezolano es un caso testigo de la geopolítica del conocimiento en el siglo XXI.

Desde los centros de poder del Norte Global —sus grandes medios, think tanks hegemónicos y gran parte de sus gobiernos— se desplegó un arsenal discursivo predecible y funcional al statu quo. Se observó un silencio estratégico, una justificación solapada bajo eufemismos jurídicos (“intervención”, “restauración del orden”) o, en su versión más “crítica”, una condena abstracta y deshistorizada. Esta respuesta, o la falta de una contundente, no es neutral. Es el síntoma de una epistemología colonial que opera mediante la desrealización del Otro. En este marco, la violencia ejercida contra el Sur Global se racionaliza, se patologiza o se invisibiliza, porque el Sur sigue siendo concebido como objeto de intervención, nunca como sujeto pleno de derecho e historia. La supuesta “objetividad” de estas voces es, en realidad, un dispositivo de poder que oculta su propia localización geopolítica, presentando como universal una perspectiva particular y dominante.

Frente a este coro de complicidades y ambigüedades calculadas, se alzó la voz clara, contundente y unánime del Sur Global y de los movimientos antiimperialistas en todo el mundo. Gobiernos, intelectuales orgánicos, organizaciones sociales y pueblos hermanos nombraron la agresión sin atenuantes: secuestro, invasión, crimen de lesa humanidad, barbarie colonial. No hubo necesidad de glosarios diplomáticos. Esta capacidad de nombrar con precisión nace de una epistemología de la resistencia, arraigada en la memoria corporal compartida de la dominación. Es un saber hecho de cicatrices históricas que permite reconocer, en el ataque a Venezuela, el mismo patrón de desprecio, despojo y violencia fundacional que ha estructurado la modernidad/colonialidad durante siglos. Es el conocimiento que produce quien ha vivido en carne propia la lógica del conquistador.

Este choque interpretativo desnuda dos verdades fundamentales para la lucha descolonial contemporánea:

1.-El “orden internacional basado en reglas” es un régimen de verdad imperial. Sus reglas, incluido el derecho internacional que las sustenta, se aplican de forma jerárquica y selectiva. Su función última es legitimar la violencia del centro y deslegitimar la resistencia de la periferia. La agresión a Venezuela y su cobertura mediática demostraron que este orden no puede ofrecer justicia, solo racionalización del poder.

2.-La soberanía cognitiva es el campo de batalla decisivo. La verdadera contrahegemonía ya no se limita a disputar recursos o instituciones, sino a producir y validar marcos interpretativos propios. El Sur Global está llevando a cabo un masivo proceso de desprendimiento epistémico: ya no busca el reconocimiento o la validación de los centros intelectuales del Norte, sino que afirma su derecho a analizar, juzgar y actuar desde sus propias categorías y su propia experiencia histórica.

En este sentido, la resistencia venezolana y la solidaridad internacional que ha galvanizado están contribuyendo a forjar lo que podríamos llamar una comunidad interpretativa transnacional del Sur. Una red que, trascendiendo los estados, genera sus propios canales de verdad, sus propios protocolos de solidaridad y sus propias narrativas insurgentes. Mientras el imperio invierte billones en guerra cognitiva para producir consentimiento, esta comunidad insurgente teje, desde abajo, una contra-narrativa basada en la conciencia y la co-responsabilidad histórica.

Por ello, la defensa de Venezuela es, en esencia, la defensa del derecho del Sur a interpretar su propia realidad. Es un combate por romper el monopolio imperial sobre la definición de lo que es legal, legítimo y hasta real. Cada gesto de dignidad en defensa de nuestro Pueblo, cada informe alternativo, cada expresión de solidaridad en el mundo, es un acto de liberación epistémica. Es afirmar que los pueblos oprimidos no solo luchan por su territorio, sino por la autoridad de narrar su lucha, de nombrar a sus verdugos y de imaginar, desde las cenizas del viejo orden, el horizonte de un mundo donde el conocimiento no sea un instrumento de dominación, sino una herramienta de emancipación pluriversal. Esta es la batalla que, silenciosamente, puede estar decidiendo el futuro de la propia idea de soberanía.

IV. La Disputa por el Futuro

La violencia desatada el 3 de enero, al intentar sepultar el proyecto bolivariano, ha catalizado paradójicamente su trascendencia. Este punto de bifurcación histórica no señala solo una resistencia, sino el agotamiento terminal de un modelo de soberanía —el modelo westfaliano, liberal, patriarcal, discriminatorio y excluyente— que siempre fue violable para el Sur. En su lugar, desde la dignidad del rescoldo, emerge con fuerza la necesidad de forjar un horizonte de soberanía pluriversal. Este nuevo paradigma no se funda en la mera independencia estatal, siempre frágil ante el poderío imperial, sino en una concepción corporal-territorial, comunal y radicalmente interdependiente.

El ataque demostró que la soberanía de la modernidad, encapsulada en las fronteras de un Estado aislado, es insuficiente frente a un enemigo que opera mediante redes globales de coerción económica, dominación tecnológica y guerra cognitiva transnacional. La respuesta efectiva, por tanto, no puede ser el repliegue nacionalista, sino la profundización de una soberanía compartida y en defensa mutua. Esto implica una redefinición geopolítica profunda: la autonomía real se conquista en colectivo. El concepto bolivariano de la Patria Grande deja de ser una aspiración poética para convertirse en una imperiosa necesidad estratégica de supervivencia.

De esta necesidad surgen tres tareas fundacionales, tres pilares para la construcción de una arquitectura de autodefensa integral de los pueblos que planteo:

1. La Soberanía Tecnológica como Imperativo Existencial. La agresión cibernética y la inteligencia artificial desplegadas contra Venezuela han escrito la nueva cartografía del riesgo. La dependencia de plataformas, software, hardware y estándares digitales controlados por el imperio o sus corporaciones es una vulnerabilidad estratégica crítica. La respuesta debe ser la creación de ecosistemas tecnológicos propios y soberanos a partir de leyes que se aprueben a tales fines —desde satélites y redes de comunicación seguras hasta sistemas de inteligencia artificial ética y criptografía cuántica— desarrollados desde y para las necesidades del Sur. Esto no es un lujo de desarrollo, sino la construcción de trincheras digitales para la próxima batalla, que ya está aquí. La reconstrucción mejorada del IVIC, por ejemplo, debe ser el símbolo de este salto: de víctima del epistemicidio a vanguardia de la soberanía científico-técnica nuestramericana.

2. La Descolonización Radical del Derecho y la Gobernanza Global. La farsa jurídica del “juicio” contra el Presidente Maduro en Nueva York y la complicidad de organismos multilaterales evidencian que el derecho internacional hegemónico es un campo de batalla, no un refugio. La tarea no es solo denunciar su hipocresía, sino construir con urgencia marcos jurisdiccionales y tribunales de opinión alternativos y populares, basados en los principios del derecho de los pueblos, la autodeterminación y la justicia restaurativa. Se trata de crear instituciones paralelas de legitimidad —desde sistemas de arbitraje económico regional hasta cortes éticas de derechos humanos— que desmantele el monopolio imperial de nombrar lo legal y lo ilegítimo.

3. La Solidaridad como Frente Operativo de Retaguardia Global. La solidaridad con Venezuela no puede limitarse a declaraciones o al turismo político. Debe materializarse en una red activa de protección y contraataque en todos los frentes. Esto implica:

*Frente Económico: Acelerar mecanismos de comercio en monedas locales, sistemas de pagos radicalmente alternativos al SWIFT y fondos de contingencia para resistir el impacto de Medidas Coercitivas Unilaterales (MCU) y agresiones armadas, asumidos desde la institucionalidad de los BRICS, el ALBA, la SEAN, entre otras.

*Frente Comunicacional: Crear una gran red mediática y de verificación de datos del Sur, capaz de romper el cerco informativo y contrarrestar en tiempo real las campañas de desinformación, fortaleciendo, aún más, la colectivización y democratización de la comunicación y la infraestructura a tales fines existente.

*Frente Político-Diplomático: Establecer protocolos de acción rápida y defensa colectiva. Que esta cobarde agresión active medidas coordinadas de presión política, jurídica y económica contra el agresor en el contexto de nuestra Diplomacia Bolivariana de Paz diversificada (nuestra arma secreta) y en el relacionamiento geopolítico con los pueblos del mundo.

En este horizonte, la soberanía deja de ser un atributo estático de un Estado para convertirse en un proceso dinámico de cuidado y defensa del cuerpo-territorio-pueblo, ejercido desde la colectividad en resistencia. Es la soberanía del cimarronaje, que se ejerce en la fuga creativa, en la construcción del Cumbe Comunal, en la preservación de la semilla bajo tierra. La Revolución Bolivariana, al resistir, ha dejado al descubierto las costuras del orden mundial y ha ofrecido al Sur Global una lección dolorosa pero invaluable: o nos unimos en un nuevo contrato civilizatorio de defensa común de la vida, la dignidad y los bienes comunes, o seremos aniquilados de manera fragmentaria por la máquina de muerte colonial, ahora recargada con algoritmos y bombas de precisión. El futuro, por tanto, no es una línea que se espera, sino una trinchera que se construye, ladrillo a ladrillo, desde el rescoldo ardiente de cada resistencia.

V. Conclusión: Hacia una Ética Política de la Re-Existencia de la Dignidad.

El 3 de enero de 2026 quedará inscrito en la memoria larga de Nuestramérica no como la fecha de una derrota, sino como el parteaguas en que la barbarie imperial, al mostrarse en su desnudez más cruda, perdió definitivamente la batalla por el sentido. La agresión multidimensional —que fusionó el bombardeo, el epistemicidio, la guerra cibernética algorítmica, el secuestro de Estado y el terror contra la población civil— no logró su objetivo último: extinguir la llama del proyecto bolivariano. Por el contrario, al forzar al pueblo venezolano y a sus instituciones a activar la sabiduría estratégica del rescoldo, el imperio desencadenó un proceso de radicalización política y concienciación geopolítica de alcance continental.

Este evento ha redefinido para nuestra época los contornos de la soberanía, la resistencia y la solidaridad. Ya no se trata de conceptos abstractos de tratados internacionales, sino de prácticas encarnadas de re-existencia. La soberanía se revela como el fuego guardado bajo la ceniza de la adversidad, custodiado por la dignidad inquebrantable de un presidente secuestrado, por la serenidad constitucional de una presidenta encargada con guaramos, por el trabajo tenaz de científicxs y técnicxs que reconstruyen lo destruido, y por la calma militante de un pueblo en las calles. Es una soberanía corporal, territorial y comunal, que se ejerce en el acto colectivo de proteger la vida, el conocimiento y el derecho a un destino propio, incluso —y sobre todo— en las condiciones más hostiles.

La lección estratégica es clara y debe resonar en cada rincón de la Patria Grande: la autodefensa aislada es una ilusión en la era de la guerra híbrida y de inteligencia artificial militar global. El contraataque eficaz al colonialismo del siglo XXI exige la construcción urgente de una nueva arquitectura de defensa común, pluriversal y multidimensional. Esta arquitectura debe fundarse en la soberanía tecnológica compartida, en la descolonización radical del derecho y la gobernanza global, y en la transformación de la solidaridad internacional en un frente operativo de retaguardia permanente. Venezuela ha sido el laboratorio donde el imperio probó sus métodos más avanzados; la respuesta de los pueblos debe ser convertir a Nuestramérica en el laboratorio donde se forjen las herramientas definitivas para neutralizarlos.

Por ello, este análisis concluye no con un lamento, sino con una convocatoria a la acción social,  política e intelectual organizada. El amanecer que siguió a la noche del 3 de enero no fue un regalo, sino una conquista. Es el fruto del soplido colectivo que aviva cada rescoldo protegido: el de los pueblos originarios defendiendo sus territorios, el de las comunidades afrodescendientes reafirmando su legado de cimarronaje, el de lxs trabajadorxs organizados en sus centros de trabajo, el de lxs científicxs desarrollando tecnologías para la vida. La ética política de la re-existencia que emerge de esta experiencia es antagónica a la lógica thanatopolítica del imperio: se funda en el cuidado, en la memoria larga, en la construcción de comunes y en la defensa intransigente de la dignidad.

El futuro, por tanto, ya no es un horizonte lejano. Está aquí, forjándose en la resistencia cotidiana de la Venezuela Bolivariana y Chavista, en la solidaridad activa de los pueblos hermanos, en la decisión de no claudicar ni ante las bombas más inteligentes ni ante las mentiras más sofisticadas. La victoria no se mide por la posesión inmediata de un territorio, sino por la capacidad inquebrantable de preservar el sentido, el proyecto y la esperanza de los pueblos libres. Esa capacidad, demostrada con elocuencia silenciosa bajo el fuego enemigo, es la prueba de que la llama de la soberanía nuestramericana, lejos de apagarse, se prepara para arder con una luz nueva, descolonizada y definitivamente libre. ¡Que nadie se equivoque!

¡Con Chávez, Maduro y Cilia en el corazón, con la fuerza de nuestrxs mártires y guiados con el fuego sagrado que nunca se apaga, la Patria Grande se levanta!
¡Delcy, Avanza! ¡El Pueblo te acompaña!

¡Unidad, Lucha, Batalla y Victoria!
¡Nosotrxs, Venceremos!

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