El doble rasero del nacionalismo dominicano
Por Ramón Morel
Patriotas de conveniencia y silencios que entregan la soberanía
En República Dominicana, el nacionalismo se ha convertido en una moneda con dos caras: una que se exhibe en plazas públicas cuando se habla de Haití y otra que se esconde bajo la mesa cuando el tema es Estados Unidos. El discurso beligerante que algunos sectores alimentan con fervor casi religioso se desinfla como globo barato cuando el poder que toca la puerta no es el vecino pobre, sino la superpotencia del norte.
El reciente episodio en el que el gobierno dominicano autorizó a los Estados Unidos a utilizar la Base Aérea de San Isidro y el Aeropuerto Internacional de Las Américas para operaciones logísticas, sin debate público, sin Congreso, sin transparencia y sin pudor, ha sido una radiografía perfecta de este doble rasero. El país fue testigo de una entrega soberana ejecutada con la elegancia de un allanamiento silencioso. Pero lo más revelador no fue la decisión del gobierno: fue el silencio de quienes se autoproclaman guardianes de la patria.
La Antigua Orden: Nacionalistas con brújula averiada
Lo que aquí llamamos “La Antigua Orden”, ese sector conservador, tradicionalista, que desde hace algún tiempo capitaliza el discurso nacionalista, ha quedado desenmascarado. Su nacionalismo, al parecer, tiene la misma precisión que un radar dañado: detecta peligros únicamente cuando vienen de la parte oeste de la isla, pero queda mágicamente ciego cuando se trata del tío Sam.
Ante cualquier asunto relacionado con Haití, la Antigua Orden reacciona con una teatralidad que raya en lo melodramático:
– “La nación está en peligro”,
– “La frontera está amenazada”,
– “Nos quieren invadir”,
– “Defendamos la patria”.
Pero cuando el gobierno dominicano autoriza el uso extendido de infraestructura estratégica a fuerzas militares extranjeras, ahí la cosa cambia. No hay conferencias de prensa, no hay advertencias de traición, no hay advertencias apocalípticas. Solo silencio. Un silencio ruidoso, sospechoso y profundamente revelador.
Es como si la soberanía valiera menos cuando quien la toca tiene un pasaporte azul con águila estampada.
La Fuerza Nacional Progresista: Patriotería selectiva
La Fuerza Nacional Progresista (FNP), heredera del nacionalismo conservador más estridente, ha construido su identidad sobre la idea de que son los últimos centinelas de la nación. Sin embargo, su patriotismo también parece poseer un interruptor automático: se enciende con furia cuando se trata de Haití, pero se apaga cuando la discusión involucra a Estados Unidos.
Han gritado durante años que defienden la independencia nacional, que protegen los símbolos patrios, que no permitirán la injerencia extranjera. Pero frente a la reciente entrega de capacidades estratégicas del país, su reacción ha sido la de un gato viendo llover.
Ni un comunicado, ni una protesta, ni siquiera una advertencia simbólica.
La FNP demuestra así que su nacionalismo no es principios, sino conveniencia. No es doctrina, sino retórica. No es defensa de la patria, sino defensa de una narrativa política rentable: la del miedo al haitiano, nunca la del poder real que puede comprometer la autonomía nacional.
La Oposición: Entre el silencio y la comodidad
Si el silencio de los nacionalistas es vergonzoso, el de la oposición es políticamente imperdonable.
Esta era la oportunidad perfecta para establecer una línea clara frente al entreguismo del gobierno actual, para defender el equilibrio institucional y para reclamar el rol del Congreso en cualquier decisión que involucre presencia militar extranjera. Pero la oposición, en vez de asumir el papel histórico que le correspondía, prefirió el cálculo cómodo: quedarse callada, no incomodar, no arriesgar.
Su silencio dice mucho: o no entienden la gravedad del asunto, o simplemente no quieren pelear una batalla que consideran “incómoda” frente al poder estadounidense.
En ambos casos, el país pierde.
El nacionalismo como producto de temporada
Lo que este episodio ha dejado al descubierto es que en República Dominicana hay un nacionalismo que funciona como mercancía política: se activa cuando es útil para ganar seguidores, dividir opiniones o movilizar emociones. Y, como todo producto comercial, viene con etiqueta: “Úsese solo cuando el enemigo sea Haití”.
Cuando se trata del gobierno dominicano actuando con docilidad ante Washington, ese mismo nacionalismo desaparece. La indignación se evapora. La valentía se contrae. Y el concepto de “patria” se convierte en una palabra vacía que los sectores nacionalistas usan como instrumento, no como convicción.
Una verdad incómoda
La verdad es esta:
El mayor peligro para la soberanía dominicana no está en los campos haitianos, está en el Palacio Nacional cuando un gobierno decide actuar sin controles institucionales, sin transparencia y sin respeto a la Constitución.
Y el segundo mayor peligro es la cobardía selectiva de quienes dicen defender la nación, pero solo la defienden cuando el adversario es débil.
Nunca cuando el adversario es poderoso.
Nunca cuando el adversario tiene intereses.
Nunca cuando el adversario puede tomar represalias.
Ese nacionalismo no sirve.
Ese nacionalismo no protege.
Ese nacionalismo es una farsa.
