El espejo retrovisor del FMI

Por Daniel Toribio

Leer consecutivamente los informes del personal técnico del Fondo Monetario Internacional (FMI) de 2024 y 2025 sobre la República Dominicana es un ejercicio de sobriedad forzosa. Es el paso de la euforia del “milagro post-pandemia” al reconocimiento de una economía que perdió impulso antes de lo que se admitió públicamente.

El informe de 2024 transmitía un optimismo que hoy luce excesivo, y conviene recordar que fue un año electoral. El FMI proyectaba un crecimiento de 5%, confiado en la inercia pospandemia y en la expectativa de que la Ley de Responsabilidad Fiscal liberaría recursos para fortalecer la inversión pública. Esa narrativa planteaba un Estado que controlaría su gasto corriente para destinar más hacia infraestructura y construcción. En ese momento, la institución describía una economía “blindada” y resistente.

Sin embargo, el documento de noviembre de 2025 opera como un corrector de expectativas. Reconoce que la actividad se desaceleró más temprano y con mayor intensidad de lo previsto, y ubica el crecimiento cercano al 3 %, aun cuando el Banco Central ya volvió a reducirlo a 2.5 %. La cuestión no es el error numérico; es la complacencia con la que se sostuvo la idea de que no había urgencias.

La lectura conjunta de ambos informes revela un patrón histórico que reaparece en silencio: cuando las cuentas fiscales aprietan, la inversión pública se convierte en la variable de ajuste. En 2024 se prometía gastar mejor; en 2025 se evidencia que, ante la caída en las recaudaciones y la desaceleración económica, el freno volvió a caer sobre obras y construcción. El FMI valida la “resiliencia fiscal”, pero sin profundizar en que esa disciplina se logró sacrificando el componente del gasto con mayor impacto en empleo y crecimiento.

Mientras el gasto corriente —nóminas, intereses de deuda y el persistente subsidio eléctrico— se mantiene rígido, la inversión en capital queda atrapada en ciclos de parálisis intermitente. Es una señal conocida: un Estado que gasta mucho, pero construye poco.

El informe también advierte que la economía depende en gran medida de la inversión extranjera directa para cubrir el déficit de cuenta corriente, una dependencia que introduce vulnerabilidades adicionales en un entorno internacional incierto. Incluso el turismo, uno de los motores del rebote pospandemia, muestra señales de moderación; continúa creciendo, pero ya sin el impulso extraordinario de 2022–2023.

La lectura general es clara: el crecimiento del año pasado maquilló debilidades estructurales; el crecimiento bajo las hace visibles. Si 2024 fue el año de la euforia estadística, 2025 es el año del aterrizaje. Un recordatorio de que la economía dominicana avanza, pero con señales que deben observarse sin adornos.

 

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