El lago de Maracaibo, en Venezuela, resiste la contaminación petrolera

El lago de Maracaibo, en el noroeste de Venezuela, cubre más de 13 mil 500 kilómetros cuadrados. Es el más grande de Sudamérica. Durante más de un siglo ha sido, además, un eje de la industria petrolera nacional: torres, tuberías, plataformas junto a las casas palafito. El 15 de septiembre, el enviado de Le Mondeescribió desde Cabimas, Maracaibo y San Francisco sobre la presión que hoy sufre esa agua.

En las orillas, a ratos, se ve el petróleo. En el fondo, los sedimentos guardan mercurio y plomo. A eso se suman las aguas residuales, los residuos y la eutrofización: el lago se satura de nutrientes, el oxígeno baja, la vida se estrecha.

Unos 20 mil pescadores viven de esa superficie. El oficio sigue. Las capturas, no tanto.

De ochocientos kilos a ochenta

En el puerto de El Bajo, en San Francisco, junto a Maracaibo, Le Monde encontró a Yordi Vicuña, de 37 años, remendando redes bajo un techo de palma y zinc.

La noche anterior los muchachos habían sacado 80 kilos de camarón. Cuando él empezó, hace dos décadas, una sola noche daba 700 u 800.

Esa captura alcanza para comer y unos 15 dólares por cabeza, de cinco de la tarde a cinco de la mañana. Señala la orilla y habla de la suciedad del lago. No habla contra el país. Habla de lo que ve.

Durante febrero, Reuters fotografió la misma costa en Cabimas: redes junto a torres, un pescador limpiando crudo del casco, una garza posada en un bote. Hay infraestructura que envejece. Hay quien, aun así, sale a pescar.

Organizaciones ambientalistas locales advierten que las fugas en tramos antiguos de tubería y los restos de hidrocarburos complican las jornadas: dañan redes y embarcaciones. El llamado, en sustancia, es el mismo: reparar, recoger, cuidar.

Producir, sí; modernizar también

Alrededor del lago, en el estado Zulia, viven unos cuatro millones de personas. El agua es trabajo, baño, comida, paisaje. El petróleo, riqueza nacional. Las dos cosas conviven desde hace más de cien años.

Inside Climate News recogió en mayo una preocupación de expertos y activistas: si Venezuela vuelve a *subir la producción, hace falta modernizar tuberías, pozos y plantas. No para frenar al país. Para que el lago no pague el precio de un hierro que ya cumplió su tiempo.

El crudo de aquí es espeso. Cuando se vierte, se hunde y se mezcla con la arena. Limpiarlo no es recoger una mancha: es un trabajo largo, de orilla y de fondo. Vale la pena. Es el mismo lago que sostiene a miles de familias zulianas.

Todavía puede recuperarse

Las organizaciones ambientales no hablan de un final. Hablan de un ecosistema que responde si se le da tregua.

Hace falta reparar las tuberías, detener los derrames, recoger el crudo, mejorar el tratamiento de las aguas residuales y la gestión de residuos. Con eso, dicen, Maracaibo puede volver. No de un día para otro, pero sí, si se insiste.

En Cabimas siguen saliendo al agua. En El Bajo siguen pesando el camarón. El lago más grande de Sudamérica sigue ahí: herido en los bordes, vivo en el centro, patrimonio de Venezuela. Petróleo y pesca pueden compartir esa orilla si la infraestructura se pone al día y el agua se trata como lo que es: un bien común.
AL MAYADEEN

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