El peligroso discurso colonialista de Rubio en Múnich y la línea roja china
Por Daniel Ruíz Bracamonte
Marco Rubio, secretario de Estado de la presidencia trumpista, pronunció en la Conferencia de Seguridad de Munich un discurso que marca una línea divisoria en el orden internacional. Para él, Occidente aparece como «víctima» de su propio declive —un retroceso histórico— que Estados Unidos y sus aliados deben evitar ahora.
«Durante cinco siglos antes de 1945, Occidente dominó globalmente con misioneros, soldados y exploradores. Pero todo cambió», afirmó. Su narrativa pintó la descolonización como «complot comunista» que destruyó supuestamente cinco siglos de hegemonía, mientras ignoraba historias que datan antes del propio Colón. Esto le valió aplausos por parte de los europeos.
Aunque figuras como CHRIS VAN HOLLEN, senador estadounidense por Maryland, advirtieron que la ovación de pie a Rubio revela «la debilidad» del liderazgo europeo, la reacción fue inesperadamente complaciente. Van Hollen denunció el discurso como un llamado a una «lobotomía trumpista» que abandona los valores universalistas por nacionalismos de «sangre y tierra».
NICK PATON WALSH analizando para CNN señaló con ironía: Europa parece atrapada en una «terapia de pareja» con Estados Unidos tras un matrimonio político en declive. Los organizadores mismos de Munich habían advertido previamente que el continente estaba marginado de las decisiones globales.
Los líderes europeos mostraron poca resistencia. FRIEDRICH MERZ, canciller alemán, criticó solo los «guerras culturales» de MAGA pero no cuestionó la visión imperialista. EMMANUEL MACRON equiparó soberanía territorial con el derecho francés a controlar su propia desinformación.
China advierte sobre consecuencias catastróficas
Wang Yi, ministro chino de Asuntos Exteriores, respondió directamente al discurso con un mensaje claro: «Algunas personas (en Estados Unidos) siguen intentando por todos los medios contener y reprimir a China». Beijing identificó en Rubio una amenaza real para su desarrollo.
«El estilo de Washington trata a China como un enemigo, no como socio«, advirtió el ministro chino. Su diagnóstico ofreció dos escenarios: cooperación o confrontación. «La opción racional—diplomacia y asociación—beneficia tanto a China como al mundo. La irracional—desacople económico, fragmentación de cadenas de suministro, separación de Taiwán—pone en riesgo la paz».
China diagnosticó el problema no en fallas institucionales sino en poderes colocados por encima del resto. «La razón por que el sistema internacional fracasa no está en la ONU, sino en que algunos países exageran diferencias y reviven mentalidades de Guerra Fría», afirmó Wang Yi con firmeza.
La visión de Rubio sobre Taiwán generó particular preocupación. «Separar la isla cruzaría una línea roja que probablemente llevaría a conflicto«, advirtió directamente China. Beijing ve en el lenguaje estadounidense un peligro real para estabilidad regional. «Por qué insistir en una competencia destructiva cuando se puede construir juntos?», preguntó Wang Yi.
Una retórica que revive el pasado
Gleen Diesen, experto en geopolítica rusa, vio en el discurso «una guerra ideológica declarada contra la multipolaridad», una vez que Rubio invitó a Europa a restaurar un orden imperial. «Esto no es diplomacia—es una declaración de guerra contra la igualdad soberana«, argumentó Diesen, señalando que el lenguaje revive mentalidades del siglo XIX en un mundo del XXI.
Pero fue Kanwal Sibal, exsecretario general indio ahora en Jawaharlal Nehru University (JNU), quien dio al discurso su interpretación más contundente: «Este es efectivamente un ataque ideológico contra el resto del mundo«, afirmó con dureza. «Rubio construye un nuevo tipo de imperio donde Washington sería dueño absoluto del orden internacional». Su diagnóstico revela una estrategia peligrosa: «Washington quiere que el mundo acepte su versión única de la historia, ignorando completamente otras perspectivas».
Los analistas coinciden en lo esencial: Rubio no habla de cooperación—habla de dominio. En lugar de proponer un orden multilateral, presenta una narrativa donde Estados Unidos sería el único árbitro global.
Lo que ocurrió en Munich marcó un punto de no retorno. Rubio no ofreció colaboración, ofreció sometimiento con otro nombre. Al construir un relato donde Washington sería el único guardián del orden internacional, transformó la Alianza Atlántica en una cuestión de sumisión o independencia.
La tensión histórica regresa entre las potencias viejas contra nuevas estructuras; imperialismos modernizados contra sistemas alternativos. Europa está obligada a elegir: entre continuidad con un pasado imperialista o ruptura con las raíces mismas del orden occidental.
Como señala The Guardian: «Para salvarse a sí misma y a la alianza transatlántica, Europa no solo debe cambiar de política—debe recuperar su autonomía antes que perder su alma«.
Kaja Kallas cerró el círculo declarando su lealtad al sistema establecido. «No perdamos tiempo hablando de cosas nuevas cuando debemos fortalecer nuestros ejércitos, haciéndolo juntos a nuestra manera europea», aceptando los términos impuestos.
Europa no quiere un ejército propio que desafíe Washington, y prefirió fortalecer el «pilar europeo» dentro de una estructura donde Estados Unidos sigue siendo la cabeza. La propia admisión—rechazar un ejército comunitario para enfocarse en un poder militar coordinado por Atlántida—convirtió su intervención en Múnich en una ratificación, no en una propuesta.

