El relato del lector: Mi hermana, la campaña y yo

Por Miriam Vega Cruz

Finalizaba el año 1960 y yo recién había cumplido 12 años. Eran tiempos en los que no había escuelas, ni Partido, ni profesores guías, ni profesores organizados. La misión de convencer a mis padres para que me dejaran participar fue muy compleja y completamente individual.

En mi caso, después de que mi mamá dejara ir a mi hermana —por ser dirigente de la AJR y, por esa razón, debía dar el ejemplo— aunque solo era un año y un poquito mayor que yo, llegó mi turno. Yo insistí con mucho esfuerzo y bajo ciertas condiciones (que debíamos ir juntas y que teníamos que pedir que nos mandaran para Cruces, donde teníamos parientes lejanos), nos autorizaron a las dos a participar.

La partida para Varadero, donde recibiríamos la preparación política y metodológica para cumplir con éxito la misión, fue otra odisea. Nosotras vivíamos en el Vedado pero estudiábamos en Marianao, y esperábamos la llamada como nos habían indicado, pero ese aviso nunca llegó. Mi hermana y yo volvimos locas a mi mamá para que fuera a Ciudad Libertad a averiguar. Un día se decidió y llegó con la noticia de que ese mismo día debíamos presentarnos en Ciudad Libertad para irnos con el grupo que salía esa tarde. Eran estudiantes de Luyanó que, por supuesto, no conocíamos, pero el deseo de alfabetizar fue mucho mayor que el hecho de ir con desconocidos. Hubo dudas, opiniones, pero nos presentamos y nos fuimos.

Así comenzó para nosotras la etapa de preparación en Varadero. Mi hermana y yo éramos de una familia muy humilde. Habíamos ido una vez a esa playa en un camión que salió de mi barrio; imaginen lo que significó estar alojadas en una bellísima casa de Kawama, Kawama D-7, de dos plantas y frente al mar. Era como un sueño. Recuerdo que por las tardes, después de terminar las clases, me sentaba en la terraza de la casa a contemplar el mar.

Durante esa estancia en Varadero ocurrió un hecho interesante y cómico. Un día repartieron los uniformes y nos dijeron que esa noche nos distribuirían para los lugares donde alfabetizaríamos. Mi hermana no alcanzó botas, pues todas eran pequeñas, pero yo estaba completa y podía ser ubicada. Me recuerdo llorando por toda la casa con mis botas en la mano, buscando a quién dárselas para poder esperarla e irnos juntas. Finalmente, la jefa del campamento entendió y nos fuimos juntas dos días después.

La ubicación era para Camagüey. Decidimos entonces que para allá nos iríamos y después le explicaríamos a mi mamá por qué no habíamos ido para Cruces. Ganábamos así en independencia y conciencia, y decidimos enfrentar el reto pensando que al menos habíamos complacido a mami al estar juntas.

La Campaña sirvió para fortalecer la relación con mi hermana, que, a pesar de ser solo un año mayor que yo, se convirtió en mi madre. En los viajes de ida y regreso ella no podía dormir, pues yo lo hacía en sus piernas. Los brigadistas lavábamos la ropa en una batea de madera, para lo cual cargábamos el agua de un pozo, y yo siempre le pedía que me la lavara porque tenía las manos muy pequeñas. Planchábamos la ropa con una plancha de hierro que calentábamos con carbón, y yo no podía planchar porque temía quemarme. Mi abuela nos escribía una carta diariamente y yo nunca le contestaba; esa era tarea de la hermana mayor, decía.

El pasado 15 de septiembre cumplí 63 años. Soy abuela, igual que mi hermana, y ese día, en un arranque de nostalgia, le hablaba de todo lo que ella había significado para mí y le recordaba aquellos viajes de Varadero a Camagüey y de Camagüey a La Habana, en un tren cañero, en los que ella no había podido dormir.

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