En busca de los padres perdidos
Por Nicolás Bera
De la miseria a la epigenética del abandono
Hoja a hoja, cae hasta su vejez
Cambia de color y renace.
Árbol genealógico, Las Áñez
El quince de diciembre del año pasado, celebrando el cumpleaños de un amigo en Bonao —o mejor dicho, en la fiesta sorpresa no deseada de mi amigo (fiesta que, como caída de un día en el mundo, aceptaría, ya que su madre insistiría en llegar a su tugurio esa misma tarde: [«rápido, mi’jo»])—, me quedé pensando en algo, una pregunta, la cual le haría al día siguiente: «¿Dónde están los padres de tu familia?».
A lo que este respondería:
No… tú sabe’ cómo e’.
Seis años antes de ese diciembre, conocí a mi amigo en la comunidad donde vivo, su comunidad. Él participaba en una certificación de barranquismo que nosotros coordinábamos. Cuatro años después de ese primer encuentro, a través de otra certificación, esta vez impartida por nosotros, mi amigo me conectaba con una comunitaria para la gestión de las comidas. Hoy, esa comunitaria es mi amiga. Tiene dos hijas adolescentes. Una hermana, con un hijo pequeño. Ambas viven con su madre y las tres son mis amigas. Pero aquí tampoco hay padres.
Una tarde de este año, bajando la carretera que lleva adonde vivo, conocí, le llamaremos en esta ocasión, a Alba. Andaba un poco desahuciada, esa fue la impresión que me generó su susto, («¡Ay, me asustaste!»), que me generó su risa vasta y desaliviada, hasta su reflexión en tono grave: «Me quieren quitar a la niña».
Esa tarde subía la carretera a pie, venía hablando sola y no tardó en responder mis preguntas para saber que ella me había visto, y que es familia de otros amigos que trabajan en la comunidad. Tiene un hijo preadolescente y a la niña. Su familia quiere que firme un papel que no sabe leer. Su familia, como grado interior que da a las esquinas, le quiere quitar a su niña. Desahuciada o no, en su imaginación no cabe más que la amenaza: la amenazan ella y su familia.
La miseria, distinta de la pobreza —recordaría Marmeládov en Crimen y castigo—, va un paso al frente, sobre todo cuando es elegida. Confundir nuestra miseria moral con resentimiento (o envidia) de los demás es común. A estas alturas, el miedo y el estupor que genera la providencia también son conocidos cuando, observando el seno familiar dominicano, pensamos lo mismo:
«El que tiene oídos para oír, oiga.» (Mateo 13:9)
El artista urbano dominicano, Avelino Junior Figueroa Rodríguez, conocido como el Lápiz Conciente, en su canción Mentiras del sistema, señala algo parecido al espacio por donde penetra la pregunta que, con acierto científico, muchos de nosotros estamos haciendo:
¿Dónde están los padres dominicanos?
Proceso evolutivo, mentira del sistema,
te quieren enfermo, (…)
Esto no es genético, es epigenético.
Tanto engaño, bro, resulta patético.
Por supuesto, lo patético sería, en todo caso, tener oídos y no escuchar; tener ojos y no observar, porque de querer escuchar u observar, llegaríamos al final de la historia: una niña, sin padre, le reclama a su madre que, aunque presente, yace sedada frente a la pantalla de un celular:
¡Mírame, yo soy tu hija! ¡Habla conmigo, no con ese celular!
Habernos alfabetizado y olvidar el alfabeto. Las manos, las piernas, el buen sentido; ahora los dedos, también los golpes. La lectura incomprensiva, ahora la no-lectura. Dialogar con hombres y mujeres jóvenes en República Dominicana casi siempre es dialogar con adolescentes. ¿Dónde prosigue el sentido del ser en cuanto que cosa, cuando la cosa mismaparece atrapada en el tiempo?
¿Cuántas madres, producto de frustraciones sociales típicas de la lucha de clases, terminarán golpeando a sus hijos por incapacidad? ¿ Cuántos hombres preferirán el suicidio antes que cumplir la meta inalcanzable de aquello que llama a la realidad en los otros?
Cómo le diré al alba que no se quite la vida. Cómo le responderé, sin padre, sin ánima, que vale la alegría vivir.
¿Cómo?

