Evolución de la guerra en Oriente Medio
Por Manolo Pichardo
El conflicto bélico que se escenifica en Oriente Medio tiene varias lecturas, y una de ellas, a mi juicio la más importante, está relacionada con la fragilidad económica y estructural de los Estados Unidos. No solo se trata del enriquecimiento de uranio con fines militares. Este relato, impuesto en los medios de comunicación, precedido de una campaña de demonización de la teocracia iraní, gobernada desde una visión minoritaria del islam -la chií- se construyó -y difundió con éxito- con la finalidad de justificar cualquier acción que se colocara más allá de las sanciones occidentales que se han venido acumulando desde que en 1979 el Ayatolá Ruhollah Jomeini encabezó la Revolución Islámica que puso fin a la impopular dictadura del Sah (rey) Mohammed Reza Pahleví.
Pero para comprender el escenario actual, es necesario referir que el Sah y su monarquía no fueron el producto de un proceso derivado de contradicciones en las fuerzas sociales y económicas internas. Su ascenso fue diseñado por Gran Bretaña y la URSS en 1941, y consolidación inició con el golpe de Estado orquestado por la CIA y el MI6 británico contra el nacionalista primer ministro Mohammad Mosaddegh, quien estatizó la industria petrolera iraní, que estaba bajo control absoluto de la Anglo-Iranian Oil Company (AIOC), que pagaba regalías mínimas al gobierno iraní.
Estos acontecimientos se producían en el marco de un escenario global que se reconfiguraba, en el que el imperio británico comenzaba a mostrar signos de decadencia y Estados Unidos emergía como el imperio más poderoso jamás visto en la historia. Su participación en la Segunda Guerra Mundial, sin que su territorio fuera impactado ni por una pistola calibre 22, además de convertirse en el suplidor de armas, pertrechos e insumos militares de toda suerte, impulsó su industria. Algunos analistas afirman que el conflicto bélico a escala planetaria permitió al país norteamericano transformar su economía de depresión en el “Arsenal de la Democracia”. Esa fortaleza le permitió imponer los términos del nuevo orden mundial: una arquitectura global diseñada para afianzar el poder de la potencia que emergía sin rival que desafiara la hegemonía que comenzaba a construirse.
La Conferencia de Bretton Woods en 1944 creó el FMI y el BM y, como si fuera poco -no sin la objeción británica- se “acordó” un sistema de tipos de cambio fijos pero ajustables, basado en el patrón dólar-oro, en el que el dólar estadounidense se convertía en la moneda de reserva fijada en 35 dólares por onza de oro. A partir de entonces, el sistema financiero internacional estaba en manos de Estados Unidos. Sin embargo, dos acontecimientos comenzaron a minar aquel esquema de dominio financiero: la guerra de Vietnam y las políticas de deslocalización de las empresas. Los gastos para financiar el conflicto armado en el país asiático condujeron al gobierno de EE. UU. a emitir más billetes que el oro en reserva, lo que generó cierto pánico en algunos países que enviaron sus barcos a cambiar el papel por el metal dorado.
Era evidente que las reservas de oro estaban por debajo de los dólares emitidos, por lo que, si el pánico se apoderaba del sistema financiero, el gobierno estadounidense sería impactado por la desconfianza en su moneda. Ante la potencial crisis, el presidente Richard Nixon sorprendía al mundo anunciando que el patrón dólar-oro llegaba a su fin. Pero ¿qué hacer entonces para mantener el control financiero, para que el dólar estadounidense continuara como moneda de reserva y, en consecuencia, como la dominante en el comercio mundial? Aquí entonces llega el acuerdo entre Arabia Saudita y Estados Unidos: vender el petróleo saudí solo en dólares estadounidenses a cambio de protección militar estadounidense a la “petromonarquía” frente a sus enemigos. ¡Aquí nace el petrodólar! El mayor productor del “oro negro”, bajo este acuerdo, puso a salvo la economía de EE. UU., pues la base productiva y de movilidad del mundo, sobre todo en ese momento en que las alternativas energéticas, como el carbón, no representaban en términos de volumen de comercialización una competencia significativa, obligaba a los países a tener dólares estadounidenses para hacer las transacciones petroleras y, por contagio o practicidad, todas las transacciones comerciales.
La deslocalización de las empresas, por su parte, como producto de las políticas neoliberales impulsadas por el presidente Ronald Reagan, desindustrializó a los Estados Unidos. Sus gobiernos, sin importar que fueran republicanos o demócratas, apostaron a la financiarización de la economía y venta de productos tecnológicos. En consecuencia, el poderoso país industrial surgido de la Segunda Guerra Mundial se transformó en uno de servicios -80 por ciento-. Este esquema, con el dólar como pilar, comenzó a financiar el consumo y con ello su deuda ha alcanzaba los 38 billones de dólares, lo que representa un 125% del PIB.
Esta realidad ha ido generando una creciente desconfianza en el dólar que alcanzó su punto máximo con las sanciones a Rusia como consecuencia de la guerra en Ucrania. La retención de 300 mil millones de dólares de las reservas del coloso euroasiático envió un mensaje demoledor contra el dólar y el sistema financiero dominado por Occidente: si se politiza el sistema financiero internacional, nadie está a salvo ante cualquier desencuentro con EE.UU. China y otros países, incluso aliados de los estadounidenses, comenzaron a salir de los bonos del tesoro y a diversificar sus reservas. Muchos bancos centrales decidieron apostar al oro e incluso al franco suizo; y, lo que es más relevante, muchos países, entre ellos los BRICS -de los que es parte Irán-, comenzaron a cancelar sus transacciones comerciales en sus propias monedas con un dominio indiscutible del yuan.
Si el dólar deja de ser la moneda de reserva e intercambio comercial, afectaría la economía de Estados Unidos que se sustenta, básicamente, en esa moneda. De ahí la guerra contra el país persa, que es la guerra contra el yuan, contra el proyecto de la Franja y la Ruta, una restauración de la Ruta de la Seda que revoluciona los mercados y el comercio mundial poniendo en manos de países emergentes la iniciativa en la estrategia de desarrollo global. Por ello, la guerra no es solo un enfrentamiento entre EE. UU., Israel e Irán, los actores visibles; los dos primeros poseedores de bombas nucleares, uno con 5,042 ojivas que ya usó contra Japón -en donde murieron más de 200 mil personas con una cantidad mayor de heridos-, y el otro con 90 ojivas.
Entretanto, el enfrentamiento, con el cierre del estrecho de Ormuz, por donde transita el 20% del petróleo del mundo, el bombardeo que ha afectado refinerías y depósitos de petróleo en Irán, un complejo en Israel, Arabia Saudita, Catar y Kuwait, está teniendo impacto en el precio de los hidrocarburos, los alimentos -por escasez de fertilizantes y retraso en la cadena de suministro- y la producción de microprocesadores que afecta a la industria electrónica, automotriz y de la salud. Según algunos analistas, e incluso la propia Christine Lagarde, presidenta del BCE, los daños causados hasta ahora ya proyectan un cuadro futuro de desaceleración económica. “Los inversores están siendo demasiado optimistas”, advierte la funcionaria europea, pues esperar una normalización rápida del suministro energético no parece encajar en la lógica de los acontecimientos.

