Individualismo y gregarismo

Por Armando Almánzar-Botello

«¡Este perverso y neoliberal Gobierno ha secuestrado y privatizado la felicidad!» Armando Almánzar-Botello

«El gran capital postindustrial, financiero y pseudofilantrópico, a través de la llamada biopolítica edulcorada como “psicopolítica digital”, propaganda y spot publicitario, continúa produciendo endeudamiento, construyendo modelos de vida y falsas jerarquías, produciendo muertes y golpes de Estado bajo inéditas modalidades. Sus dispositivos reales funcionan de un modo proliferente, flexible, maquínico, fluido, en apariencia libertario, pero nunca trazan las líneas de fuga que conducen al campo de inmanencia que impide la desintegración o segmentarización gregario-individualista de lo social. El capitalismo promueve, más bien, la fragmentación homogeneizante, la dispersión sin retorno que imposibilita el real advenimiento de nuevas modalidades de vínculo ecológico e interhumano, de solidaridad con el otro y con lo otro, de “cum” pluridimensional, de “nosotros político” en capacidad de enfrentar la mera y triste “cohabitación” por pseudodiferenciación, por desdiferenciación y homologación, capaz de subvertir y superar las nuevas formas de autoexplotación y la persistente y perversa explotación clásica, tradicional.» Armando Almánzar-Botello

A Franz Kafka, in memoriam
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El individualismo y el narcisismo, en la postmodernidad capitalista, son simples máscaras del más radical gregarismo interaccionista que homogeneiza el goce a escala planetaria y crea un escenario pseudosocial, espectacular, virtualizado, donde se pierden la verdadera problematicidad de lo real, el vínculo efectivo con el otro y la polivalencia del sujeto en su relación crítica con lo social.

Existe una falsa “solidaridad de talk show” que constituye una de las formas perversas extremas que reviste el narcisismo defensivo propuesto por el sistema capitalista.

En nuestros días, en este “imperio criminal de la banalidad”, cualquiera es una celebridad por unos minutos. Andy Warhol tenía razón en esto. El individualismo es el complemento perfecto del gregarismo. Anverso y reverso de la misma estructura. Lo “privado” está secuestrado por el gran capital.

Otra cosa es el “secreto” del sujeto efectivamente pensante y crítico en su relación profunda con lo sociopolítico y con el deseo, no con el mero placer de captura de los bienes, de la mercancía y de la mascarada del goce en una vida concebida como simple spot publicitario…

En esta última, la llamada “solidaridad” resulta ser más bien, paradójicamente, un trivial sonsonete autista.

La paradoja de una cierta inaceptable postmodernidad es que pretende “hacer vínculo” de la “ruptura de los vínculos”. Ella constituye un campo de fuerzas donde el factor vinculante por excelencia intenta ser, de forma perversa, el mercado entrópico capitalista como instancia promotora de un egotismo agiotista cuyo inhumano postulado básico es el “saber gozar-saber hurtar-saber vivir-saber comprar”… ¡sin apercibirse de la verdad sufriente del otro!

¿Resulta posible para la subjetividad erosionada del hombre postmoderno, víctima esquizo de la pseudosocialidad virtual, del excesivo relacionismo electrónico-mediático, espectral y conmutativo, redefinir y habitar su cuerpo más allá de los estereotipos gregarios dominantes?

¿Podrá asumir ese individuo adocenado su desamparo ontológico (Hilflosigkeit), su soledad radical de sujeto frente a “lo real de la muerte” sin necesidad de refugiarse de forma defensiva en una subespecie de narcisismo protésico hipertrofiado?

¿Podrá transmutarse la subjetividad desfalleciente del liberalismo individualista clásico en genuina y gozosa solidaridad intensiva, en auténtico lazo social, y dejar de percibir como salvación las fortalezas espectaculares del shopping-mall y de las iglesias, la apropiación y el consumo bulímicos de bienes, servicios y banales recetas espirituales de autoayuda?

Son muchas las coartadas que de una manera compulsiva promueve hoy el mercado en su voluntad de omnipresencia pseudoprotectora frente a la consciencia de la finitud, la problematicidad del goce, la desolación y el vacío nihilista.

Pero como ya lo indicaba el economista David Schweickart en varias de sus obras, existe la posibilidad de orientar el mercado más allá del capitalismo homogeneizante, deculturador, antiecológico, no sostenible y destructivo de la genuina solidaridad. ¡He aquí la gran apuesta política!

Pensamos —a propósito del extraño «genio de lo común» cuyo sutil paradigma lo encarna un Franz Kafka, y a contracorriente de los actuales spots publicitarios—, que nos resulta posible constituirnos en “sujetos únicos en proceso” —complejos, plurales, múltiples, contradictorios, irreductibles, distintos pero solidarios con la diferencia propia y de los demás—, sin apelar a la mediocre presunción del adocenamiento, sin recurrir a la estrategia perversa de abandonar cierta relación comprometida y crítica con lo político y con el lazo social, sin recluirnos en los rituales monoideístas insulsos que nos defienden del significante de la falta en el Otro y nos impiden vincularnos, de modo auténtico, con la multiplicidad compleja y heterogénea de los otros…

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Sábado, 16 de junio de 2012

© Armando Almánzar-Botello
Santo Domingo, República Dominicana. Reservados todos los derechos de autor.
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NIETZSCHE, ESCRITURA, DANZA, OBRA Y NIHILISMO Tipos diversos de nihilismo: negativo, reactivo, pasivo, realizado, activo-destructivo y consumado (Fragmento)

Por Armando Almánzar-Botello

«Referidos a Zarathustra, la risa, el juego, la danza, son los poderes afirmativos de la transmutación: la danza transmuta lo pesado en ligero; la risa los sufrimientos en alegría; el juego de lanzar (los dados), lo bajo en lo alto. Pero referidos a Dionysos, la risa, la danza, el juego, son los poderes afirmativos de reflexión y de desarrollo. La danza afirma el devenir y el ser del devenir; la risa, las carcajadas, afirman lo múltiple y lo uno de lo múltiple [univocidad del ser]; el juego afirma el azar y la necesidad del azar.» Gilles Deleuze
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El nihilista-víctima padece la pulsión de muerte; muere sin obra, en un anonimato de primer grado.

Ese “nihilismo realizado”, plenitud de una mala negatividad, es esencialmente incomunicable.

No es lo mismo dicho nihilismo padecido-realizado que el “nihilismo consumado” de Friedrich Nietzsche, como denomina Gilles Deleuze al punto de transmutación de la subjetividad nihilista-destructiva en potencia de afirmación selectiva.

El discurso nihilista-pasivo absoluto, como nihilismo simplemente realizado, es desconocido, imposible, inefable. Del mismo modo en que —como nos testimonian los pensadores Primo Levi y Giorgio Agamben— el testigo integral del horror no puede hablar para dar testimonio, porque sencillamente ha sucumbido de un modo radical en el fragor absorto de la catástrofe.

El opaco y mudo nihilismo pasivo, radical y extremo, a comprender como nihilismo “realizado” en la genealogía nietzscheana, viene a ser desplazado, en el devenir de las fuerzas, por el nihilismo destructivo-activo (el león, en De las tres metamorfosis nietzscheanas del espíritu: camello, león, niño que juega). El león, como símbolo del nihilismo activo-dedtructivo, se vuelve contra los nihilismos negativos, reactivos y pasivos. Llevado hasta sus consecuencias últimas, dicho nihilismo activo-destructivo puede representar, como hemos ya significado, el punto aleatorio que vendría a transmutar la subjetividad nihilista-destructiva en pura potencia de afirmación selectiva y transfiguración

Toda auténtica escritura se mide con la ausencia, con lo imposible, con el vacío del nihilismo realizado pero que no alcanza su consumación. Dicha escritura se plantea entonces como exploración asintótica de la muerte, del vacío y del horror.

He aquí el problema activo: decir la imposibilidad de decir. Caída intensiva en la escritura.

Pretendemos entonces —utilizando un recurso distinto al convencional— cribar, cernir la dimensión problemática, ambigua y mixta de la pulsión de muerte.

En su crítica al monologismo del poder y a los nuevos discursos del amo, Julia Kristeva nos recuerda lúcidamente que:

“Hacer pasar la pulsión de muerte al discurso, es la más sólida barrera simbólica contra el retorno de los fascismos”.

La pulsión de muerte sería equivalente, en cierto modo, a la inestabilidad y al caos que vienen a desplazar los límites téticos de la estabilidad homeostática o inercial de lo simbólico, y a erosionar el contrato social entendido como dominio clausurado y avasallante erigido sobre una sistémica contraviolencia o guerra preventiva.

Jacques Derrida, quien teoriza una figura bifronte a la que denomina “la vida la muerte”, observa que los dos primeros conceptos —inestabilidad y caos— representan lo mejor y lo peor, simultáneamente. Lo peor, porque sin estabilidad —macro y/o micro— no hay vida social. Lo mejor, porque inestabilidad y caos permiten la permanente renovación política del contrato social. Esa es también, a nuestro entender, la dimensión aporética de la pulsión de muerte…»

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Noviembre del 2010

© Armando Almánzar-Botello: Fragmento de “La pulsión de muerte no es solo muerte: ¿Es ‘la vida la muerte’?”, 11 noviembre del 2010

Ver: Blog Cazador de Agua y Blog Otros Textos Mutantes.
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LA PULSIÓN DE MUERTE NO ES SOLO MUERTE, ES “LA VIDA LA MUERTE”

«Contra una lectura-interpretación unidimensional de la pulsión de muerte, banal y reduccionista, ofrecida desde hace largos años por los psicoanalistas estadounidenses —Erich Fromm a la cabeza del denominado revisionismo neofreudiano edulcorante—, se levantaron, en sus respectivos momentos, Theodor Adorno y Herbert Marcuse, potentes filósofos de la Escuela de Frankfurt.» Armando Almánzar-Botello

Por ARMANDO ALMÁNZAR-BOTELLO

A Fidel Munnigh, pensador auténtico
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Además de lo que hemos escrito recientemente con el propósito de “conversar” —con muy contados y especiales amigos de la “parroquia” intelectual vernácula— en torno al problema de las relaciones entre principio de nirvana y pulsión de muerte, insistimos con estas breves notas para legitimar quizá un poco más nuestra idea de que no se prosiga concibiendo tal pulsión en su modalidad conceptual meramente termodinámica clásica, es decir, como simple pulsión de (auto)destrucción, entropía y retorno a lo inanimado. Lo reiteramos: no solo así debemos y podemos teorizarla.

La pulsión de muerte, como decíamos que la concibe el psicoanalista y pensador francés Jacques Lacan —principalmente en su Seminario VII, que lleva por título La ética del psicoanálisis—, es también gasto, tensión, esfuerzo, goce de la diferencia e hiperestesia, no simple abocamiento a estados letárgicos, nirvánicos, entrópicos o comatosos.

La pulsión de muerte es un intento de empezar de nuevo después de transgredir ciertos límites. En este sentido es que Lacan reinterpreta el “más allá del principio de placer” de Freud. Concebida de este modo, la pulsión de muerte se constituye en la instancia “creacionista” y creativista que posibilita todo proceso de subjetivación-desubjetivación y abre la posibilidad de transformar, críticamente, la pretensión autárquica de las hegemonías vigentes.

Pasa con ella algo parecido a lo que sucede con el concepto de “lo intensivo” en Kant (ver su Crítica de la razón pura). El grado mayor o menor de concentración de una sensación en un instante es su intensidad. Aquí se llega a la conclusión de que la intensidad se mide en su relación con el cero (0), ya sea que disminuya o aumente el potencial.

La caída (pulsión de muerte) sería el devenir activo de las fuerzas. Gilles Deleuze nos aclara: no hay que concebir la caída en términos puramente termodinámicos clásicos, entrópicos, reductivos. Deleuze diferencia la caída física, espacial, termodinámica, de la caída intensiva kantiana. Esta caída no se produce necesariamente hacia abajo. No es de modo obligatorio “miserabilista”. Puede ser una caída “hacia arriba”, en el ascenso hacia niveles superiores de fuerza.

¡Caer hacia arriba! “Sólo en la caída se cumplen las presencias”, nos dice un poeta.

Esto así, porque todo incremento de fuerza, de tensión, se experimenta fenomenológicamente como una caída (Kant, Lacan, Deleuze). La caída y la pulsión de muerte son el devenir activo de las fuerzas y las pulsiones.

Consideramos que la pulsión de muerte no se encuentra en limpia oposición a una pulsión de vida (que no existe como tal), sino que ella misma, como pulsión de muerte y “abyección sublimada, pero sin consagración” (J. Kristeva), propone y crea su “propia” neoterritorialidad.

Sin que haya una simple coincidentia oppositorum, aquí Eros copula con Tánatos pues, en ausencia de este último —con su potencial de desintegración reorganizadora— no hay posibilidad de renacimiento simbólico para las estructuras psíquicas y sociales. La relación de vendaje entre lo erótico y lo tanático estaría definida por una cópula disyuntiva inclusiva.

Como bien señala Deleuze, lo que importa es el “diagrama de fuerzas” en el que se traza la línea de fuga. Determinar si esta se constituye, por un lado, en “pura línea fría de abolición y muerte” (por ejemplo, la trayectoria de un avión que se estrella contra las Torres Gemelas; el recorrido de una bomba que cae sobre la ciudad de Bagdad; los alimentos envenenados que van a los labios de niños inocentes), o, por el contrario, si se perfila como línea mutante, metamórfica, de polivocidad y vendaje entre energía libre de los procesos primarios del inconsciente y energía ligada de los procesos secundarios del sistema preconsciente-consciente.

Ejemplos de esta línea de fuga en su modalidad creativa los tendríamos en el acto de escritura en sentido fuerte, en la creación artística en general, en el encuentro entre los que se aman, en el compromiso político con la justicia y las reivindicaciones sociales con miras a construir espacios para lo que Derrida concibe y denomina como “democracia que vendrá”.

Podemos decirlo de otro modo más directamente ligado con la filosofía. En lo que Jean-Paul Sartre denomina (ver su obra Crítica de la razón dialéctica) totalización/destotalización/retotalización, la destotalización no es una destrucción en bruto, ni un simple afloramiento de la “negatividad pura hegeliana”, sino una negación parcial que permite una subsiguiente retotalización.

Eso lo comprendieron muy bien “sujetos-rizomáticos” (Guattari) de la estrategia creativa “aéreo-subterránea” como Kafka, Joyce, Proust, Mann, Beckett, Cioran, Bacon (el pintor), para citar “antojadizamente” siete figuras emblemáticas de la modernidad que se tomaron el trabajo de “decir”, activamente y a través de su precisa, parsimoniosa y filigraneada escritura, “el vaciamiento catastrófico de la significación”.

Por este motivo, esos siete artistas-pensadores no deben ser considerados representantes del nihilismo occidental. Ni reactivo ni pasivo. La “forma estallada” y el fragmento como vías o medios de dación semiótica de estructura utilizados por estos creadores en la generación de sus obras, no son, como bien señaló Umberto Eco, meros reflejos de una simple ausencia de forma ni de una torpe caída inercial en la “empiria accidental” de una pulsión de muerte, entendida esta como agujero negro que se traga a la escritura.

Esa “forma estallada” no es un ruido blanco padecido como “asignificante” o insignificante, sino el “accidente elevado a la dignidad de acontecimiento”, la obra perfilando el vacío de la Cosa (das Ding: Freud), el proceso del síntoma físico, que opera en la “profundidad de los cuerpos” (Deleuze), “contraefectuándose” en sinthome estético-incorporal (Lacan).

Exploración, experimentación e interpenetración compleja de sentido y sinsentido, de forma y no-forma. He aquí lo informal, o, más bien, aquello que Lyotard, luchando contra la absolutización de la clausura representativa, ilustrativa, figurativa, ilusionista y mimética denomina “lo figural”. Transfiguración de la pulsión de muerte en acto de creación.

El nihilista-víctima padece la pulsión de muerte; muere sin obra (aunque publique), en un anonimato de primer grado. Ese “nihilismo realizado”, plenitud de una mala negatividad, es esencialmente incomunicable.

No es lo mismo dicho nihilismo padecido-realizado que el “nihilismo consumado” de Nietzsche, como denomina Gilles Deleuze al punto de transmutación de la subjetividad en “potencia de afirmación selectiva”.

El discurso nihilista-pasivo absoluto es desconocido, imposible, inefable. Del mismo modo en que —como nos testimonian Primo Levi, Jorge Semprún y Giorgio Agamben— el testigo integral del horror no puede hablar para dar testimonio, porque sencillamente ha sucumbido, de un modo radical, en el fragor absorto de la catástrofe.

Pero toda auténtica escritura se mide con esta ausencia, con esta imposibilidad y este vacío. Ella se plantea la exploración asintótica de la muerte, el vacío y el horror. He aquí el problema activo de decir la imposibilidad de decir. Caída intensiva en la escritura.

Pretendemos entonces —utilizando un recurso distinto al convencional— cribar, cernir la dimensión problemática, ambigua y mixta de la pulsión de muerte.

En su crítica al monologismo del poder y a los nuevos discursos del amo, Julia Kristeva nos recuerda lúcidamente: “Hacer pasar la pulsión de muerte al discurso, es la más sólida barrera simbólica contra el retorno de los fascismos”.

La pulsión de muerte sería equivalente, en cierto modo, a la inestabilidad y el caos frente a la estabilidad homeostática del poder avasallante y su guerra preventiva.

Jacques Derrida, quien teoriza una figura bifronte a la que denomina “la vida la muerte”, observa que los dos primeros conceptos —inestabilidad y caos— representan lo mejor y lo peor, simultáneamente. Lo peor, porque sin estabilidad —macro y micro— no hay vida social. Lo mejor, porque inestabilidad y caos permiten la permanente renovación política del contrato social. Esa es también, a nuestro entender, la dimensión aporética de la pulsión de muerte…

La pulsión de muerte freudo-lacaniana no es entonces un simple valor nihilista. Pulsión de muerte no es mera pulsión nihilista de (auto)destrucción, aunque eventualmente pueda encarnar este aspecto.

Contra una lectura-interpretación unidimensional de la pulsión de muerte, banal y reduccionista, ofrecida desde hace largos años por los psicoanalistas estadounidenses —Erich Fromm a la cabeza del denominado revisionismo neofreudiano edulcorante—, se levantaron, en sus respectivos momentos, Theodor Adorno y Herbert Marcuse, potentes filósofos de la Escuela de Frankfurt.

Para bien y para mal, la pulsión de muerte sigue viva, actuando en los seres humanos…

En el resto descubrimos el reto: abocarnos solidariamente al ejercicio de una práctica creativa, ética, política, transformativa; potenciar la capacidad de transmutar y renovar, desestructurar y reestructurar —de un modo permanente, crítico, múltiple— nuestro estatuto de sujetos vinculados, problemáticamente, por el discurso y por lo social.

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11 de noviembre del 2010

Blog Cazador de Agua
Jueves, 11 de noviembre del 2010

© Armando Almánzar Botello. Santo Domingo, República Dominicana.

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